Academia Greymoor · Capítulo 16

El sereno Quinlan

1017 palabras · 4 min

Supe en el instante en que desperté que no estaba en mi habitación.

Para empezar, el aire olía fresco. Limpio. Como el sol cayendo con fuerza sobre lirios frescos y el aroma embriagador de algo masculino y nítido. Como notas de perfume. Definitivamente no a detergente para ropa.

Y entonces llegaron las voces.

—¿No se te ocurrió ningún otro lugar adonde traerla más que aquí? —prácticamente gruñó una voz conocida, y las paredes y el glamoroso candelabro vibraron por la fuerza.

—Fingir que un problema no existe no va a hacer que desaparezca, Mercer. Cuanto antes le digamos la verdad, mejor. Si yo no hubiera intervenido, la habría consumido. Todos sabemos que de eso no se vuelve —dijo el más tranquilo. Su voz era monótona. Era él quien me había ordenado dormir.

Me latía la cabeza de una forma horrible, y mis pestañas se abrieron con un aleteo.

Me recibió la vista de una cascada.

Todos mis pensamientos quedaron olvidados; cada preocupación, cada dolor se desenrolló fuera de mi cuerpo mientras miraba por la ventana que iba del techo al suelo, con los labios entreabiertos de asombro.

Nunca había visto nada tan hermoso. Ni siquiera sabía que Ashbourne tenía cascadas. La luz del sol se reflejaba en el agua y la hacía destellar mientras caía, y caía, hasta el enorme lago de abajo.

¿Dónde estaba?

Aparté la mirada el tiempo suficiente para echar un vistazo a mi alrededor. Estaba en la habitación más grande que había visto en mi vida. Todo pisos de roble francés claro y paredes de un greige profundo y apagado. Una pared entera era un librero. Arquitectura. Filosofía. Literatura. También había trofeos. Demasiados para contarlos.

Los cuadros colgados aquí y allá eran antigüedades. La alfombra era antigua. El espejo ovalado era antiguo. La cómoda era antigua. La cama era la pieza más grande de la habitación, lo bastante grande para que cupieran veinte personas, y las sábanas de seda negra se sentían tan perversamente suaves contra mi piel que quería volver a hundirme en ellas y dormir. Y dormir.

Todo era tan abrumador que cuando bajé la vista a mis uñas despintadas, a mi ropa, quedó más claro que el agua que yo no pertenecía a este lugar.

Fuera cual fuera este lugar.

El sonido de la discusión afuera se había apagado y, justo cuando me quitaba las mantas de encima de las piernas, giró la perilla de la puerta.

—Despertaste.

La luz del sol le dio en la cara al rubio y lo sentí como un puñetazo en el estómago. Era tan guapo que apostaba a que las mujeres se le babeaban encima todo el tiempo. Su lugar estaba en la portada de una revista de anuncios de ropa interior.

Demonios, si anunciara sartenes para omelets, yo gastaría todos mis ahorros en comprarlas.

Era unos cinco centímetros más alto que el príncipe Soren y tenía unos ojos azul hielo que parecían imperturbables, como si nada pudiera sacudirlos. —Soy Quinlan. Pero puedes llamarme Quinn.

—Quinn —repetí, incapaz de apartar los ojos de él.

Su reacción al oír su nombre en mis labios fue extraña. Sus pestañas aletearon de forma rara y pareció… estremecerse.

Probablemente estaba pensando demasiado las cosas. —¿Dónde estoy? ¿Qué pasó?

Se quedó junto a la puerta. Quizá para darme espacio, no estaba del todo segura. Pero no avanzó ni un solo centímetro. —Hubo una pelea. Perdiste el control. Estás en nuestra casa privada en Cresthill.

La pelea me volvió en pequeños fragmentos, aunque todo estaba borroso bajo esa neblina roja. Así que me concentré en lo único en lo que podía pensar sin que me doliera la cabeza.

—¿Cresthill? —repetí.

Cresthill era lo que su nombre daba a entender. Estaba situada en la cima de las colinas onduladas de Ashbourne, hogar exclusivo de los más ricos de la ciudad. Había oído que era propiedad de la realeza en su totalidad, pero la verdad no creía que existiera de verdad. Hasta ahora.

Comparado con mi diminuto cuarto en la manada, que no era ni de lejos tan grande como el baño de Quinlan, era seguro decir que no podía concebir que existiera porque vivíamos en mundos aparte.

Noté entonces que el sol se estaba poniendo. —¿Cuánto tiempo estuve dormida?

—Nueve horas —dijo Quinlan—. Son las seis de la tarde.

Abrí los ojos de par en par. Me había perdido el turno de la tarde en mi otro trabajo…

Los acontecimientos de todo el día se me vinieron encima, con fuerza. Me habían expulsado. Estaba… acabada. Mi vida había terminado. No me quedaba nada que esperar. Todo por lo que me había partido el culo trabajando se había ido. Iba a ser sirvienta para siempre.

Me ardieron los ojos con lágrimas que debería haber derramado hacía mucho. Estaba cansada. Tan malditamente cansada de todo. Me mordí el labio inferior para ocultar el temblor.

—Se presentó una solicitud oficial ante la oficina de la Directora —dijo Quinlan, como si pudiera leerme el pensamiento—. Hasta que concluyan las investigaciones, puedes continuar en Greymoor como desees.

Me quedé helada. —¿Q-qué? —Mi cara amenazó con desmoronarse en más llanto—. ¿Cómo? La Directora dijo…

—Los Black construyeron la Academia y la mantienen financiada —declaró sin que se le alterara la expresión—. Atlas no puede rechazar una orden directa de nuestra parte.

Me quedé mirándolo unos segundos, intentando asimilarlo. —T-tú… Me ayudaste.

Quinlan simplemente se dio la vuelta. —Tienes sangre en la ropa, señorita Adams. Puedes asearte. Haré que te suban ropa limpia. Y te reunirás con nosotros abajo para cenar. Tenemos mucho de qué hablar antes de tu inevitable regreso a casa.

—¿Nosotros? —pregunté. Me pasé la lengua por los labios, con la mente dándome vueltas—. Gracias. O sea, agradezco lo que hiciste por mí, pero no creo poder aceptarlo del todo sin saber por qué. Los licántropos no ayudan sin esperar algo a cambio.

Ladeó la cabeza, y la luz del sol se le enredó en el cabello rubio y lo volvió dorado. —Eso es cierto. —Luego se dio la vuelta y se fue.


Estaba entrando en pánico.

Por muchísimas razones.

¿Qué podían querer de mí?

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