Academia Greymoor · Capítulo 265

Sueño febril III

1173 palabras · 5 min

Maisie

Jadeé; el dolor me desgarró el pecho.

La sonrisa de Quinlan se desvaneció.

La habitación parpadeó, como la superficie de un espejismo. Todo se desdibujó en los bordes. La luz del sol se oscureció, y todo se sintió frío, tan frío.

Tenía los dedos envueltos en hielo y, durante un instante demencial, Quinlan y Jericho no estaban conmigo. Estaban afuera de una especie de capullo hecho de hielo, golpeándolo una y otra vez, mientras cada abolladura que le hacían volvía a repararse con más cristales de hielo.

—¿May?

Parpadeé y Quinlan me estaba sosteniendo la cara.

Me quedé mirándolo. Todo había vuelto a la normalidad. El frío había desaparecido y podía sentir la caricia suave y reconfortante de los rayos del sol que entraban por las ventanas.

Algo andaba mal.

La idea apenas se había asentado cuando Soren entró a grandes zancadas por las enormes puertas dobles.

Llevaba un portabebés sujeto a su pecho ancho. Una niñita de cabello oscuro dormía contra él, con su mejilla diminuta apretada contra su corazón y un puño regordete aferrado a la tela de su saco oficial.

Soren tenía una mano grande extendida de forma protectora sobre la espalda de la niña, como si el movimiento pudiera despertarla. Y con la otra sostenía cabeza abajo, de un tobillo, a un niño rubio que berreaba.

—¿Hay alguna razón por la que cargas a mi hijo como si fuera un pollo muerto? —musitó Quinlan.

—Mordió al consejero Brooke.

—Entonces el viejo pedorro algo habrá hecho —estaba diciendo Quinn mientras todo se desvanecía a mi alrededor, mientras yo lo observaba como si lo estuviera viviendo desde otro cuerpo.

Soren y Quinlan se enfrascaron en una discusión sobre moral. Soren no quería que les enseñáramos a nuestros hijos que la violencia siempre era la respuesta. Quinlan pensaba que Soren era un puto aburrido. Mercer estaba del lado de Quinlan. De todos modos, el consejero Brooke nunca le había caído bien. Jericho suspiró con exasperación.

Se me escapó un sollozo.

El silencio cayó en la habitación mientras todos los ojos se volvían hacia mí, y luego volvieron a estar todos a mi alrededor, con el rostro marcado por la preocupación mientras intentaban averiguar qué me pasaba.

—No lo sé —logré decir, ahogada.

Se me escapó otro sollozo y me cubrí la cara, riendo sin remedio entre las lágrimas.

—No sé por qué estoy llorando. Es que… Todos ustedes me hacen tan malditamente feliz.

Me puse roja. Todavía no había aprendido a expresar mis emociones del todo en voz alta. Seguía sintiéndome como una virgen tímida cerca de ellos, y eso explicaba sus expresiones de asombro.

—S-son las hormonas, creo. M-me voy a meter a la ducha —tartamudeé, y salí disparada hacia el baño sin mirar atrás.

La puerta se cerró detrás de mí y no importaba cuántas veces me secara las lágrimas, no dejaban de caer. Me dolía muchísimo el pecho, y no sabía por qué.

Llamaron a la puerta y la voz de Quinlan se coló adentro.

—¿Puedo pasar, chérie?

Sorbí por la nariz.

—Vas a mojar tu traje elegante.

Entró de todos modos y solté un chillido cuando me levantó en brazos y me llevó directo a la ducha. Me dejó de pie dentro de la ducha y jadeé cuando el agua me golpeó la piel.

—¿Qué estás haciendo? —dije, con la voz entrecortada, distraída por su torso desnudo y reluciente.

—¿Duchándome contigo? —dijo, impasible—. Suele ayudar con las hormonas.

No mentía. Las lágrimas habían dejado de correr y ahora tenía la boca seca de sed. Era la necesidad constante de estar cerca del padre de mi bebé apoderándose de mis sentidos.

Pero negué con la cabeza.

—Ni de broma. No me he recuperado de la última vez que hiciste eso. Como puedes ver. —Me señalé el vientre.

Me empujó contra la pared, me agarró por debajo de las rodillas antes de que pudiera protestar y me rodeó la cintura con mis piernas.

—La saco antes, lo prometo —dijo, besándome el cuello.

—Eso mismo dijiste la última vez —gemí, pero crucé los tobillos detrás de su espalda.

Se había comprobado que era tan fértil que no importaba si ya estaba embarazada. Podía volver a quedar embarazada. Había pasado la última vez con los cuatrillizos.

—Está bien —dijo—. ¿Solo la puntita, entonces?

Solté un quejido cuando meció las caderas contra mí, le hundí los dedos en el cabello y atraje sus labios a los míos. Me besó con fuerza, separándose solo para jadear contra mi boca:

—Te amo, carajo, Maisie.

Y cuando me penetró, de hecho, no fue solo la puntita.

No es que me importara.


La música empezó cuando las puertas del Gran Salón se abrieron.

Los nervios me estallaron en el estómago, pero me mantuve con los hombros hacia atrás, la barbilla en alto y la espalda recta. Había ensayado el discurso tantas veces que había empezado a soñar con él.

Mi cabello volvía a ser castaño. Largo y brillante, apartado de la cara en un peinado elegante y regio. La túnica ceremonial rojo sangre fluía a mi alrededor mientras entraba en la luz y, durante un momento, simplemente me quedé ahí.

Al final del camino, me esperaba mi futuro. Soren. Mercer. Jericho. Quinlan.

Mis cuatro compañeros, vestidos con sus mejores galas, de pie ante el estrado con sonrisas amplias y radiantes, como si no hubiera ningún otro lugar en el mundo donde prefirieran estar.

Esperándome, con nuestros hijos.

La sacerdotisa en el centro del estrado era la misma que había oficiado nuestra boda, y sostenía un cojín negro con la corona de rubí sobre él.

Más allá de ellos estaba mi pueblo. Mi pueblo.

Regina saludaba con tanto entusiasmo que casi me reí. Jenny estaba a su lado, sonriendo con la misma intensidad. Juliette rodeaba la cintura de Lyon con el brazo y, cuando él me miró, sus ojos cafés brillaron mientras me guiñaba un ojo.

Todavía caminaba con bastón. Pero estaba vivo. Estaba sonriendo.

Hacía un año, no sabía si alguna vez despertaría del coma. Ahora estaba aquí para verme convertirme en Reina.

Se me cerró la garganta y se me humedecieron los ojos. Había pasado tanto tiempo de mi vida sobreviviendo que nunca había aprendido de verdad a soñar.

No como se debía. Había soñado con ser amada, quizá. Con estar a salvo. Con encontrar un lugar al que perteneciera. Un hogar.

¿Pero esto?

Una familia. Hijos. Cuatro hombres que morirían por mí. Amigos. Un reino. Tenía un futuro.

Nunca me había atrevido a desear tanto, nunca me había atrevido siquiera a soñarlo.

La acólita se aclaró la garganta detrás de mí.

—Tenemos que comenzar la ceremonia, Alteza.

Asentí.

El corazón me latía con tanta fuerza que lo sentía en todas partes.

Era el momento. Por una vez en mi vida, no estaba huyendo de algo. Estaba caminando hacia ello.

Hacia mi futuro. Hacia todo lo que nunca me había permitido siquiera soñar que podría ser mío.

Les sonreí a mi familia.

Luego di el primer paso.

Y el suelo bajo mis pies se derrumbó.

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