Academia Greymoor · Capítulo 10
Esto no puede terminar bien
La evaluación de transformación fue brutal.
Nos llamaban al frente en grupos de veinte. Uno por uno, los alumnos se convertían en sus lobos como si fuera lo más natural del mundo. Porque para ellos lo era. Los Alfas y los Betas eran los más rápidos. Un Alfa de nuestra manada vecina, la Manada Red Wolf, que estaba delante de mí, cayó al suelo convertido en una forma enorme, casi tan alta como yo, en menos de seis segundos. Una Beta lo hizo en ocho segundos.
Me quedé en mi grupo, inquieta, mientras llamaban un nombre tras otro. Busqué a mi loba, que empujaba inútilmente contra la superficie dentro de mí, como si hoy eso pudiera marcar alguna diferencia.
No la marcó.
Llamaron a mi grupo. Regina estuvo impecable: se transformó en una linda loba roja. La de Jenny era blanca. Las dos terminaron en menos de diez segundos.
—Maisie Adams.
El salón quedó en silencio mientras me paraba en el centro y buscaba con manos temblorosas mis botones. Todos los ojos del salón estaban puestos en mí. Unos doscientos veinte. Intenté no derrumbarme bajo ese peso, con el sudor brotándome en la frente mientras le suplicaba a mi loba.
Por favor. Aunque sea solo un momento.
Pero no pasó nada. Ni siquiera asomó un rastro de pelaje.
Entonces empezaron los susurros. «No puede transformarse». «¿Qué hace aquí siquiera?». «Ni siquiera merece que la llamen Omega». «No pertenece a este lugar». «Con razón la rechazaron». «¿Cómo entró a la Academia en primer lugar?».
—Al final de la fila, señorita Adams. No nos haga perder más tiempo si no tiene nada que ofrecer —dijo el instructor Warren, irritado.
La pareja de Cole era Derek Holt, heredero Alfa de la Manada Red Wolf. No tuvo que transformarse. La pelea terminó antes de siquiera empezar.
Cole no peleaba para entrenar. Peleaba como si tuviera enfrente a un enemigo e intentara matarlo. Dejó a Derek con el labio partido en tres lugares, un ojo completamente cerrado por la hinchazón, la nariz rota, el brazo roto, las costillas rotas.
Y lo hizo todo en un minuto.
—Qué imbécil —susurró Jenny—. La instrucción era derribarlo con éxito. Derek no va a poder caminar con esa pierna en días.
Cole salió del ring dando saltitos. Estaba sin camisa, con el torso reluciente de sudor y sangre, y hasta a mí me costaba admitirlo, pero era un cuerpo hermosamente marcado. Se pasó una mano por el cabello y recorrió el salón con la mirada.
Sus ojos encontraron los míos de inmediato.
Me guiñó un ojo y sacó la lengua para lamerse los caninos de forma sugerente.
Obviamente, a mi loba eso le pareció atractivo, porque el pecho se me apretó de deseo al instante. Puse cara de asco.
—Qué asco.
No se me escapó que todas las chicas del salón lo miraban con esa expresión perdida y anhelante. Y aunque yo no quería tener nada que ver con él, eso no impidió que mi loba ronroneara de celos y de instinto territorial.
Sabía la Diosa que mi loba necesitaba ayuda profesional.
El resto del ejercicio avanzó rápido.
Con cada pareja que llamaban, el corazón se me apretaba un poco más. Regina se enfrentó a Claire y salió limpiamente victoriosa, con Nick gritando de orgullo. A Jenny le dieron una patada giratoria en la sien en los primeros diez segundos y cayó como un saco de harina. Cole observó todo desde un lado con los gruesos brazos cruzados, y cada vez que su mirada volvía a posarse en mí, la sentía como una mano en la nuca.
Lana se reía de algo que había dicho Claire, pero yo podía sentir sus ojos taladrándome.
El ambiente se volvía más tenso a cada segundo; la expectativa y el peligro flotaban en el aire.
—Maisie Adams. Lana Braxton. Adelante.
Se me secaron los labios. El camino hasta el centro del salón se me hizo larguísimo. La emoción bullía entre mis compañeros, con apuestas volando sobre cuánto iba a durar.
Diez segundos era la apuesta más alta.
Lana se estiró frente a mí, con las manos en alto sobre la cabeza, el cuerpo flexible y elegante. Separó las piernas en una postura firme y ladeó la cabeza hacia mí.
—Vamos, May. Te la voy a dejar fácil. —Su labial color cereza estaba intacto. Su cabello, impecable—. Sé lo mucho que significan estas calificaciones para ti. Ya reprobaste la primera prueba. Te voy a dejar ganar esta, para que conserves tu linda beca, si te mantienes lejos de Cole.
Dudé.
Quería decirle que no quería a Cole. Quería decirle que el vínculo no era algo que yo hubiera elegido, que lo desharía en un abrir y cerrar de ojos si pudiera, y que no quería ganar esto si significaba ser deshonesta.
Pero esa vacilación me costó cara.
Lana se lanzó contra mí sin aviso.
Y me dio un revés.
El chasquido resonó en el salón.
Golpeé el suelo antes de darme cuenta de que estaba cayendo. El sabor de la sangre me inundó la boca al instante. Me quedé sentada en el suelo de piedra durante un segundo aturdido, parpadeando, con los oídos zumbándome, y levanté la vista hacia mi hermana gemela.
Apenas logré ponerme de pie antes de que me agarrara de la cola de caballo.
Su agarre era una prensa. Me la jaló hacia un lado, me barrió las piernas en un solo movimiento limpio y me derribó boca abajo sobre el suelo de piedra, con la rodilla en mi espalda y los labios pegados a mi oído.
—¿Qué se sintió seducir a mi novio, zorra? ¿Te gustó la atención que te dio? ¿Valió la pena traicionarme por eso?
—Lana, yo no…
—No tienes idea —susurró— de cuánto te odio.
Me estrelló la cara contra el suelo.
El mundo se volvió blanco.
—De cuánto quiero borrarte cualquier parecido que tengamos. —Con la mano libre me apretó más el cabello—. ¿Crees que te va a seguir mirando si ya no eres bonita?
Mi cuerpo actuó por instinto y le lancé un codazo hacia atrás que le dio de lleno en las costillas. Soltó un gruñido y aflojó el agarre durante medio segundo.
Fue suficiente.
Me solté a trompicones y puse distancia entre nosotras, con el pecho agitado y la sangre corriéndome libremente del labio, de la nariz y de encima del ojo. La multitud estaba electrizada. Salvaje. Coreaban su nombre, alimentando su rabia y su sed de sangre.
Lana sacudió la mano.
Y entonces se abalanzó.
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