Academia Greymoor · Capítulo 9
No se permiten cambios
Desperté de golpe con un jadeo.
Durante un largo segundo me quedé ahí acostada, mirando el techo, con el pecho agitado, esperando a que mi cerebro me dijera dónde estaba. La luz de la mañana entraba con fuerza por la ventanita. Mi alarma chillaba. Todo era dolorosa, desconcertantemente normal.
Mi habitación.
Estaba en mi habitación.
Me incorporé despacio y recorrí el cuarto con la mirada. Mi escritorio. Mi espejo. Mi ridícula colección de libros de segunda mano apilados en el rincón. Todo exactamente donde lo había dejado, como si lo de anoche simplemente no hubiera pasado.
Me miré. Llevaba puesta mi única pijama con estampado de patitos. Aparté las mantas con las que alguien me había arropado y me quedé sentada, mirándome el pie durante un largo momento sin entender nada.
No tenía ninguna herida. No había ni un solo corte ni un moretón.
Clavé los ojos muy abiertos en el espejo. El rímel se me había secado en surcos por ambas mejillas. Todavía tenía el peinado de anoche, medio deshecho alrededor de la cara. Las uñas seguían con el ridículo brillo rosa de Jenny, ya descascarado en los bordes. Me llevé los dedos a la nariz y olí tierra. Hojas húmedas.
Había sido real.
Me presioné la frente con la base de la mano e intenté ordenarlo todo. Estábamos en la fiesta. Me topé con Cole. Le di un puñetazo. Corrí al bosque y me cazaron como a una presa. Me mordieron. No estaba loca. Era tan vívido que todavía sentía la garganta en carne viva de tanto gritar y el dolor fantasma en un pie que no tenía nada.
Te toqué. Tú la llevas.
Me estremecí con tanta fuerza que me castañetearon los dientes.
No tenía absolutamente ningún recuerdo de lo que pasó entre que me desmayé y que desperté esta mañana.
Mi puerta se abrió de golpe y el grito ahogado del ama de llaves interrumpió mis pensamientos.
—¡Maisie! —Su voz sonó con severa alarma—. ¿Qué te dije sobre el lodo en la casa?
Seguí su mirada hasta el suelo.
Había huellas enlodadas que iban desde la ventana, cruzaban las tablas del piso y llegaban hasta mi baño. Huellas pequeñas. Mis huellas.
Me quedé mirándolas un largo rato.
¿Qué demonios me pasó anoche?
En algún momento entre meterme a la regadera y salir de ella, me atacó una vez más ese dolor profundo e insidioso bajo las costillas que me recordaba que Cole Hayes seguía existiendo y que en ese momento estaba haciendo algo en lo que no quería pensar con alguien a quien no quería imaginar.
¿Quién tenía sexo a las seis de la mañana en un día de clases?
Estaba de pésimo humor, furiosa y con una resaca terrible. Ni siquiera presentarme en la escuela con mi recién adquirida «apariencia» podía quitarme el instinto asesino de los ojos.
—¿No te diste cuenta? —Regina ya se estaba metiendo a contoneos en su uniforme de Combate, con las cejas levantadas, demasiado despierta para esa hora—. Se pasó media noche mirándote el trasero como si quisiera comérselo.
—Sí, bueno, eso no va a pasar —dije secamente.
Jenny era otra historia. Se movía a media velocidad, con los ojos entrecerrados; chocó contra la puerta del baño y luego le dio unas palmaditas como disculpándose.
—¿Sigues borracha? —le pregunté.
—Estoy bien —le dijo a la puerta.
—Jenny.
—Se peleó con Lana después de que desapareciste —dijo, dándose la vuelta con cuidado—. Por cierto, ¿adónde te fuiste? Te busqué por todas partes. Me hiciste abandonar toda mi noche con Justin y su… —hizo una pausa, como buscando la palabra—… todo.
—¿Quién es Justin? —pregunté, desviando el tema, porque no estaba del todo segura de dónde había estado anoche y solo pensarlo me empeoraba el dolor de cabeza.
—Un chico de último año con el que casi se acuesta —aportó Regina, atándose los cordones.
—Estaba tan bueno —gimoteó Jenny con pesar, pasándose el uniforme por la cabeza y atorándose el brazo de inmediato—. Las cosas que le habría hecho a ese hombre, Maisie. Las cosas.
Salimos de los baños y entramos al salón de entrenamiento, que ya estaba repleto de alumnos de primer año dando vueltas en distintos estados de ansiedad y emoción. A los de último año era fácil reconocerlos, no solo porque eran mayores, sino porque llevaban los conjuntos deportivos grises que preferían los instructores.
Los nervios me apretaron el estómago. En el bachillerato había podido evitar Combate y Defensa porque no era obligatoria, pero en Greymoor no era el caso. La mayoría de las veces, Combate implicaba mucho contacto físico, y aprender a pelear en nuestra forma transformada era prácticamente innegociable.
Yo no podía transformarme. Esto estaba a punto de convertirse en un desastre. Otro ritual de humillación.
El sonido de un silbato perforó el aire con brusquedad y la voz grave del instructor Warren retumbó por el salón:
—¡Diez filas! ¡Veinte en cada una! ¡Ya!
Nos apresuramos a formar las filas, medio chocando y pisándonos unos a otros. Para cuando terminamos de formarlas, había dos alumnos de último año asignados a cada fila.
El instructor Warren nos observaba con los gruesos brazos cruzados sobre el pecho.
—Bienvenidos al Entrenamiento de Combate y Defensa de Greymoor. Para los que son nuevos, soy Warren y supervisaré su entrenamiento durante el próximo año. La evaluación inicial de sus habilidades se hará en dos partes. Primero, transformación completa y de regreso. Los vamos a cronometrar. —Caminó frente a nosotros, mirándonos por encima de la nariz—. Segundo, un ejercicio de combate cronometrado. Diez filas. Harán pareja con quien tengan a su izquierda y sí, también los vamos a cronometrar.
Miré a mi izquierda y me quedé helada.
Lana estaba a mi izquierda, con los ojos ardiendo de rabia, y supe que iba a salir de ahí con más moretones de los que ya adornaban mi estómago.
Lana podía parecer una princesa, pero había una razón por la que nadie se metía con ella.
—Podría cambiarme de lugar contigo —ofreció Regina detrás de mí, pero en cuanto lo dijo, el instructor Warren soltó:
—No se permiten cambios.
Apreté el puño.
—Se otorgarán puntos por esta evaluación y se registrarán al final del año, así que procuren dar lo mejor de sí —añadió—. Los de cuarto año serán sus instructores directos en esta clase. No solo son los mejores de sus generaciones, sino de todo el país. Los van a entrenar hasta ponerlos en forma y les enseñarán todo lo que saben. Sepan que esta es una oportunidad que no volverán a encontrarse jamás. Ellos elegirán a cuáles de ustedes van a instruir, según lo que vean. Cada grupo de diez se asigna a un instructor. —A los de cuarto año les dijo—: Van a estar pegados todo el año, así que elijan bien.
El chico al frente de nuestra fila levantó la mano.
—Pero solo hay diecinueve de cuarto año.
Warren miró hacia atrás.
—¿Dónde está Soren? —les preguntó con cansancio a los de cuarto año.
Agucé el oído al escuchar eso. ¿Soren?
Al parecer, no fui la única que lo oyó. Unos susurros emocionados empezaron a extenderse por el salón. Que te entrenara un licántropo, o tener cualquier tipo de acceso a ellos, era como ganarse la maldita lotería.
Ni hablar del príncipe Soren.
Se rumoraba que era el mejor en transformarse y el luchador más fuerte, superado solo por la Reina. Que él te eligiera era como si te eligiera la Reina Licántropa.
Eso elevó lo que estaba en juego a una altura repentina y todos estaban cuchicheando.
Yo no. Ni siquiera tenía oportunidad con el resto de los de último año. Y tampoco estaba muy segura de querer como entrenador a un pervertido que espiaba bajo las faldas.
La hermana mayor de Cole, Adriana, dio un paso al frente.
—Él… eh… dijo que le avisara que no le interesaba.
El instructor Warren se puso rojo.
—¿Y los demás?
—La misma respuesta.
El instructor Warren gruñó, murmuró entre dientes algo que bien podría haber sido un insulto y sopló el silbato con violencia.
—Comiencen.
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