Academia Greymoor · Capítulo 105
Términos y condiciones II
Soren
Habían pasado dos semanas desde que exigió el divorcio. Dos semanas desde que me estampó de un puñetazo contra la pared y se fue hecha una furia. Dos semanas desde que la mujer con la que llevaba años obsesionado se marchó como si yo fuera una molestia que pudiera resolver con papeleo.
No es que no me lo mereciera, pero eso no aliviaba el ardor.
Sabíamos dónde estaba. Por supuesto que lo sabíamos. Conocer el paradero de tu esposa en todo momento no era acoso.
Era seguridad.
Al menos, esa era la justificación que nos dábamos unos a otros. Cada mañana recibíamos novedades. Dónde había dormido. Adónde había ido. Con quién había hablado. Qué abogados había contactado. Ante qué jueces había presentado peticiones. Cuántas veces había intentado impugnar la validez del contrato. Cuántas veces había fracasado.
Era fascinante.
Ver a Maisie Adams intentar escapar del contrato era como ver a un huracán intentar atravesar una montaña a puñetazos. Imperturbable. Decidida. Completamente reacia a aceptar la realidad.
Y extrañamente hermosa.
Lo había previsto. Las personas más fáciles de leer no eran las que afirmaban ser un libro abierto. Siempre estaba en los ojos. Los ojos de Maisie eran como una ventana a su alma, y la última vez que la vi, su alma me había hablado.
Decía: Vete a la mierda, Soren Black.
Verán, cualquier otra persona habría mirado la liquidación y habría dejado de pelear. Cualquier otra persona habría visto la asignación mensual a la que tenía derecho como nuestra y habría aceptado la realidad.
Cualquier otra persona se habría dado cuenta de que pasar un año casada con cuatro príncipes obscenamente ricos antes de marcharse asquerosamente rica era, objetivamente hablando, un trato fantástico.
Maisie no.
Maisie miró el contrato y vio cadenas. Miró el dinero y vio un soborno. Lo llamaría un insulto. Una bofetada en la cara. Puede que incluso lo llamara una trampa para mantenerla atada a nosotros. Yo lo llamaba ganar tiempo.
Tiempo para dejar que su rabia se apagara. Tiempo para averiguar cómo arreglarlo. Tiempo para meternos tan hondo bajo su piel y en su corazón que marcharse ya no fuera una opción.
Porque sabíamos que su primer pensamiento lúcido sería marcharse.
Fue una jugada de cobarde, pero, en serio, era difícil intentar explicarle a alguien por qué habías tomado todas las decisiones equivocadas por todas las razones correctas.
El argumento más popular sería: Tenía que haber otra manera.
Salvo dejarla en esa manada para que sufriera el resto de su vida y posiblemente terminara siendo la amantecita de Cole Hayes, no la había.
Había repasado las alternativas mil veces. ¿Quizá, si simplemente me hubiera acercado a ella y hubiera tenido esa conversación, las cosas habrían ido mejor?
Hola, Maisie.
Me llamo Soren Black.
Puede que no me conozcas, pero yo conozco cada pequeño detalle sobre ti. De qué lado de la cama te levantas cada mañana. Cómo se te ve el cabello al despertar. A qué huele tu piel antes y después de ducharte. Tu talla de ropa interior. Siempre pensé que te verías bien de rojo. Sé que prefieres el café dulce y cremoso. También sé que te encantan los panqueques pasados de cocción porque te encantan los bordes crujientes. Sé cuántas lamidas te toma terminarte una paleta. Tres. Porque prefieres romper y masticar el caramelo...
Pero vamos demasiado rápido.
Volvamos a las presentaciones.
Me llamo Soren Black. Tu padre me salvó la vida. Pero tu madre la destruyó mucho antes de ese día. Pasé años odiándote por crímenes que no cometiste porque cada vez que te miraba, veía a tu madre. Algunos días, todavía la veo.
Pero no puedo dejar de pensar en ti.
Pienso en matarte tanto como pienso en tomarte de la mano. Últimamente he pensado más en lo segundo que en lo primero.
Pienso en besarte.
Una cantidad vergonzosa.
Eso me pone irritable. Puede que lo hayas notado.
Contrario a lo que crees, sí tengo sentimientos. Simplemente los manejo como me enseñaron que es la forma más segura de manejar los sentimientos en mi vida, la vida misma.
Mal. Con niveles alarmantes de manipulación. Échale la culpa a mi tía. Le encanta jugar con las cosas que me importan.
Hablando de manipulación.
Probablemente debería mencionar que borramos tus recuerdos.
En retrospectiva, esta conversación debería haber ocurrido antes. Soy la razón por la que pasaste los últimos cinco años restregando meados y mierda de esos asientos de inodoro, despellejándote los dedos en los suelos de la manada y matándote a trabajar.
Eso suena terrible cuando lo digo en voz alta. Te aseguro que, de algún modo, en mi cabeza sonaba mejor.
Además, hay una probabilidad razonable de que mueras. Siento que debería haber empezado por ahí. Después de meses esperando a que te dieras cuenta de lo que me habías hecho y de cómo mi licántropo también te había reclamado en silencio, verte en el bosque en la fiesta de bienvenida, oliendo al maldito Hayes, tocada por él, besada por él, volvió loco a mi licántropo.
Él decidió que había llegado el momento. Y que tú estabas lista. Y ninguno de los dos tuvimos voz en el asunto. Si soy sincero, yo tampoco me resistí. No quise hacerlo.
Ah, y la buena noticia es que hay bastantes probabilidades de que tu bestia prevalezca y vivas. Normalmente las probabilidades son muy escasas, pero todavía no lo sabes: los Hunt no son un linaje real cualquiera. Son el primer linaje real que existió. El más antiguo. El más fuerte.
¿El lado bueno? Si haces la transición, puede que seas la licántropa más fuerte con vida. ¿El otro lado? Estarás atada a mí y a mis hermanos para siempre, lo quieras o no. Siempre nos desearás. Siempre querrás abrirte de piernas para nosotros. Si te sirve de consuelo, nosotros siempre sentiremos lo mismo por ti.
Lo cual es una suerte. Creo.
¿Te gustaría cenar conmigo? ¿O prefieres golpearme con una silla?
Nunca había presenciado a lobos ni a humanos confesarse amor, ni había participado jamás en algo semejante, pero hasta yo sabía que eso era desquiciado y perturbador en muchísimos niveles.
Así que hice lo que habría hecho cualquier licántropo macho cuerdo. Eliminar las opciones que no me beneficiaban y crear una ilusión de alternativas, cuando en realidad solo era yo presionándole los botones para que hiciera lo que yo quería.
Porque la alternativa era perderla. Y odiaba más la alternativa. No mentí cuando le dije que me importaba más su seguridad que el odio que me tenía. Solo omití que también me importaba más que fuera mía que el hecho de que odiara ser mía.
La línea entre el odio y el deseo era muy, muy delgada. Le daba más picante a las cosas, si me lo preguntan.
No me miren así. Soy un bastardo y lo sé.
No pasas años en la corte siendo un príncipe en constante peligro de que lo maten sin aprender a manipular las situaciones a tu favor.
Admiraba su empeño, intentando sin descanso encontrar la forma de esquivarnos. Sonreía cada vez que me notificaban, y esperaba con ganas cualquier nuevo ángulo que intentara cada día. Esperaba con ganas las novedades.
Porque todas eran pedazos de ella. Y yo había pasado demasiados años sobreviviendo a base de pedazos, de vislumbres de ella, y, afortunadamente, sabía dónde terminaría esto.
Tarde o temprano se detendría.
Tarde o temprano se daría cuenta de que no había forma de esquivarlo. Tarde o temprano volvería a casa. Los abogados se cansarían de toparse con callejones sin salida.
¿Acaso no lo sabía? Los licántropos hacían las leyes. No había salida. Nos habíamos asegurado de ello. Teníamos a todos los jueces de la ciudad en el bolsillo. Y si decidía huir, la encontraríamos. No había continente al que pudiera huir donde no la encontráramos.
Al final, se conformaría con negociar. Al final, su rabia amainaría. Al final, volvería a casa y la tendríamos de nuevo entre nuestros brazos.
Y sí regresó.
Pero debería haber sabido que Maisie no se tumbaba a aguantar lo que le arrojaras. Lo atrapaba. Le daba vueltas. Y cuando no encontraba una solución, lo rompía.
Maisie Adams regresó al cabo de dos semanas con un equipo de abogados, un corte de cabello nuevo y actitud.
Y supe que habíamos creado una especie de monstruo cuando entró.
Maisie Adams iba de cuero negro.
Me había citado el Consejo de la Reina muchas veces en mi vida, despedazado por sus lenguas afiladas y chismosas y reducido al nivel de un incompetente. Me había citado mi tía, poniéndome de rodillas ante ella mientras esperaba su juicio.
Pero, de algún modo, esas reuniones parecían insignificantes al lado de esta en particular.
La tensión en la sala era lo bastante afilada como para cortar vidrio.
Y, joder, no oía ni una puta palabra de lo que sus abogados nos estaban diciendo. Alguna tontería sobre enmiendas a ciertas cláusulas y negociaciones de otras.
Había repasado en mi cabeza varias veces cómo iría esta reunión. Hasta había fantaseado con ella. Tendría una rabia enorme en los ojos. Nos insultaría a gritos. Nos gruñiría, nos enseñaría los dientes, diría cosas que me darían ganas de callarla a besos.
Ninguna de mis fantasías la incluía luciendo... así.
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