Academia Greymoor · Capítulo 104
Cláusula de liquidación II
Maisie
Jenny asintió, dándole la razón, con las mejillas encendidas de rabia.
—No puedo creer que todo esto estuviera pasando y nosotras sin saberlo.
—Tampoco es que pudieran hacer nada al respecto —murmuré, dejándome caer de espaldas sobre el colchón y tapándome la cara con una almohada para esconder las lágrimas.
—No te sorprendas si mañana encuentras la puta esquela de la princesa Tessa pegada por toda la escuela —dijo Regina—. ¡No puedo creer que casi te hiciera pasar por eso! Si Soren no te hubiera agarrado, te habrían...
La palabra resonó en silencio en el aire. Me habrían violado. Varias veces. Y no habría tenido ni una sola opción al respecto, porque me habrían tenido drogada todo el tiempo.
Casi sentí una punzada de gratitud hacia los licántropos. Luego recordé que nunca habría estado en esa situación, para empezar, si simplemente me hubieran dejado en paz, carajo. Pero incluso ese pensamiento ponía en perspectiva la imprimación, y no quería ni pensar en ello.
Regina se recostó en la cama y me rodeó con los brazos, atrayendo mi cara contra su pecho.
—Lo siento muchísimo, no estuvimos ahí, May. Ahora mismo iría en camino a cometer cuatro asesinatos, pero no quiero que te mueras con ellos. Lo siento muchísimo.
Sorbí por la nariz, asintiendo.
—Me estás aplastando con las tetas. Y apestas a sexo.
En respuesta, me agarró del cuello y me asfixió con su escote hasta que empecé a ahogarme, a reír y a llorar al mismo tiempo.
Y luego Jenny también estaba llorando, y no me había dado cuenta de cuánto las extrañaba hasta ese momento.
—¿Así que te estás acostando con Tucker Reeves? —la acusé.
—En realidad, se está acostando con todo el equipo de hockey —soltó Jenny—. Y con el de futbol. Quizá también podrías añadir a toda la clase de cuarto año a la lista. Nick cortó con ella. Está intentando ponerlo celoso. También está intentando arruinar el matrimonio arreglado que el Beta Braxton ya casi tiene cerrado...
—¡¿El matrimonio va a pasar?! —repetí—. ¿Cuánto tiempo estuve fuera?
—Casi tres semanas —dijo Jenny—. Regina se niega a admitir que está entrando en pánico y que además tiene el corazón roto. Atrapó a Nick besándose con Claire en el baño...
—Cállate, Jenny —gruñó Regina—. Decir yo y «corazón roto» en la misma frase es como decir que la Diosa Luna está pasando una crisis de la mediana edad. Ya se me pasará.
—¿Antes o después de que te pegues alguna ETS? —soltó Jenny con total seriedad.
Regina le lanzó una mirada de reojo.
—No me identifico. Genes de lobo y todo eso. Podría acostarme con todo Ashbourne y lo único que pescaría sería el autobús al pueblo siguiente, lleno de hombres a los que todavía no he aterrorizado.
—O un bebé —dije—. Regina...
—No me sermonees, May. Voy a estar bien. —Había algo hostil en su voz y traté de no estremecerme. Pero debió de notarlo, porque dijo—: De verdad no quiero hablar de eso.
Lo respeté, pero mi preocupación no hizo más que crecer. La forma que tenía Regina de desestresarse era hablar. Si no estaba hablando, entonces de verdad le estaba doliendo.
Su mano rozó la superficie de los papeles húmedos sobre la cama y cambió de tema.
—¿Esto es? ¿El ridículo contrato?
Asentí.
—Lo voy a hacer pedazos —dijo Jenny, enderezándose.
—Es una copia —suspiré, cerrando los ojos. Me dolían muchísimo de tanto llorar—. Esperaba que pudieran ayudarme a conseguir un abogado. Debería tener derechos. Debería haber leyes contra cosas así, ¿no?
Oí el suspiro de Jenny.
—Le preguntaré a Lyon. Ha estado ilocalizable desde la boda, pero seguro que estará encantado de ayudar.
Me invadió una oleada de culpa. Hacía muchísimo que no pensaba en Lyon. Ni en lo que pasó entre nosotros. Sentía que mi vida simplemente se había ido al infierno a partir de esa conversación. Me pregunté si me odiaba aunque fuera un poco.
—Son un montón de firmas, May —dijo Jenny, y me sonrojé cuando añadió—: ¿Qué tan caliente estabas? ¡Podrías haber firmado la entrega de tu vida entera!
Bueno. Menos mal que no lo hice.
Y entonces empezaron a reírse.
—Esto es jodidamente ridículo —aulló Regina—. ¿Qué demonios son estas cláusulas? ¿No tienes permitido insultar ni difamar a tus maridos en público? Definitivamente tienes que divorciarte de esos bastardos...
Dejó de hablar tan de golpe que el impacto del silencio llenó la habitación.
Las expresiones de ambas habían cambiado por completo. Tenían los ojos muy abiertos, clavados en una página a mitad del contrato.
—¿Qué? —pregunté—. ¿Qué pasa?
Regina soltó un suspiro de incredulidad.
—¿Leíste la cláusula de liquidación?
—¿La qué?
Regina me puso el contrato en las manos de un empujón, mientras Jenny se bajaba de la cama para agarrar su laptop. El papel estaba húmedo, pero las letras me saltaron a la vista con descaro.
Fruncí el ceño. Parpadeé con fuerza. Eso... no podía estar bien. Volví a leerlo. Se me quedó la mente en blanco. La respiración se me debilitó. El cuerpo se me puso rígido y la cara, caliente.
—Esto... esto no es...
Regina me lo quitó y releyó las palabras que yo me esforzaba tanto por asimilar.
—«Tras la disolución del matrimonio una vez transcurrido el periodo mínimo, la parte femenina tendrá derecho al cincuenta por ciento del patrimonio conyugal combinado».
Los ojos de Regina saltaron a los míos.
—Son cuatro. ¡Te están ofreciendo el doscientos por ciento! Tienes que decirme qué hiciste tan bien en la cama, porque esto es diabólico.
—Eso es... —No tenía palabras.
Jenny tecleaba con furia.
—¿Qué estás haciendo? —La miré con curiosidad; Regina ya se cernía sobre ella.
—Investigando —murmuró Jenny. Y al segundo siguiente, las dos gritaron—: ¡Ay, Dios mío! ¡AY, DIOS MÍO!
Jenny se acercó corriendo. Regina giró la pantalla.
—¡MIRA!
No hacía falta. Los números me saltaban a la cara. Jenny había buscado el patrimonio neto de Soren. Estaba casada con un multimillonario. Varias veces multimillonario.
O sea, sospechaba que lo eran, considerando que eran de la realeza, pero las cifras eran irreales. Se me ocurrió que era la primera vez que investigaba a los licántropos.
Regina hizo clic en otra página. Y las dos volvieron a gritar.
—Jericho también lo es.
Otro clic. Sip. Mercer también.
Clic. Sentí que me desmayaba. Quinlan, también.
—¿Por qué Quinlan es el más rico? —preguntó Jenny, haciendo clic en otra cosa, y entonces las tres ahogamos una exclamación a la vez.
Clubes nocturnos. Resorts de lujo. Bienes raíces. Participaciones internacionales. Propiedades en seis países. Lo que destacaba, sin embargo, era que Quinlan al parecer era dueño de varios clubes exclusivos en Francia. Había rumores de que eran clubes BDSM.
La cabeza empezó a darme vueltas y aparté la laptop de mi vista.
—Esto no cambia nada...
—Maisie —empezó Regina, pero reconocí ese tono. Era su tono conspirador. El que usaba cuando estaba a punto de convencerme de hacer algo absolutamente estúpido.
—No —dije.
—Maisie. —Esta vez fue Jenny—. ¿Entiendes cuánto dinero es esto? No tendrías que preocuparte por ser pobre en toda tu vida. Podrías comprarte una isla. ¡Podrías comprarte el maldito Marte!
—No quiero su dinero. Prefiero comer polvo.
Regina me agarró de los hombros y me obligó a mirarla a los ojos.
—¿No quieres su dinero? ¿Perdiste la cabeza?
Fruncí el ceño.
—No. Solo que no quiero nada que me ate a ellos...
—¡Ya te han quitado suficiente! —me gritó—. ¿Crees que no contaron con que intentarías pelear esto? Usa esa linda cabecita, May. Son de la realeza. Son la máxima autoridad. Se asegurarán de que no ganes.
Sus ojos eran sinceros mientras buscaban los míos.
—Te mintieron. Te atraparon. Te obligaron a firmar este contrato con ellos. Te han follado de mil maneras hasta sabe la Diosa dónde. Y no te van a dejar ir. ¿Por qué demonios tendrías que ser tú la única que no se beneficie de este arreglo?
Jenny se unió a nosotras.
—Yo digo que te quedes con su dinero. Con todo.
—Y quítales la paz de paso —añadió Regina, con los ojos furiosos—. Y la cordura, también. Considéralo una compensación por el daño emocional que te han hecho pasar. Si van a obligarte a este matrimonio con ellos, más vale que le saques el máximo provecho. Felicidades, May.
Separé los labios.
—¿Felicidades por qué?
Una sonrisa salvaje se le extendió por la cara.
—Estás a punto de convertirte en la exesposa más cara de la historia.
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