Academia Greymoor · Capítulo 123

Dulces sueños III

1437 palabras · 6 min

Maisie

Quinlan salió de mi boca con un chasquido húmedo, y yo boqueé en busca de aire, con los muslos temblando en el suelo mientras caía de la cima, con el interior todavía palpitando descontrolado alrededor de mis dedos.

Me colocó el cabello detrás de la oreja.

—Jer tiene algo para ti —dijo en voz baja.

Y me rodeó. Sus dedos se sentían de maravilla en mi cabello, masajeándome el cuero cabelludo con suavidad un segundo y jalando con firmeza hacia atrás al siguiente, de modo que lo único que podía ver era a Jericho alzándose sobre mí.

Jericho ladeó la cabeza y sus ojos ámbar me recorrieron la cara. Y los pechos. Incluso aquí, su mirada se sentía como una caricia, tan real que me hizo contraerme de nuevo por completo.

Mis dedos empezaron a moverse otra vez y se me escapó un gemido de la garganta cuando dio un paso adelante, hasta quedar a unos centímetros de mis labios. La lengua se me asomó fuera de la boca.

—Por favor.

Sus caricias se volvieron un poco descontroladas y pareció tomar una decisión, porque unos chorros tibios de semen me salpicaron la mejilla y me escurrieron por la barbilla hasta los pechos.

Cerré los ojos, pero Jericho soltó un gruñido inhumano.

—Ojos abiertos, malyshka. Quiero que recuerdes que suplicaste por esto.

Era como pintar un lienzo con múltiples pinceladas. Sabía que decía mucho de mí como persona soñar con que me salpicaran la cara, los pechos y los muslos. Aun así, eso no impidió que mi segundo orgasmo me golpeara como un maremoto, con el cuerpo sacudiéndose por las réplicas de un placer tan intenso que casi era dolor.

Y entonces...

Desperté jadeando, con el corazón martilleándome contra las costillas. El sol de la mañana se filtraba desde algún lado y, durante los primeros segundos, me quedé mirando, desorientada por lo que me rodeaba.

Avión. Francia. Jet privado. Cierto.

Bajé la mirada a mi cuerpo ardiendo de fiebre y empapado en sudor. Todavía llevaba puesta mi camiseta enorme. Los shorts se me habían subido por los muslos, empapados y pegados a mí.

El alivio me golpeó con fuerza. Solo había sido un sueño.

La puerta del dormitorio se abrió de par en par y Quinlan entró paseándose como si fuera un maldito anuncio de Ralph Lauren. Al verlo tan arreglado, con una camisa de playa blanca y holgada, unos shorts blancos a juego y una gorra rosa pálido puesta al revés sobre su cabeza rubia, casi me reí hasta quedarme ronca preguntándome por qué demonios había pensado que había sido algo más que un sueño.

¿Cómo alguien con esa cara de inocente podía haberme destrozado la garganta anoche?

Los labios de Quinlan se curvaron en una pequeña sonrisa. Se veía dolorosamente guapo esta mañana.

—¿Dulces sueños? —preguntó.

—Más bien una pesadilla —le solté. Tenía la voz destrozada. Qué raro. Seguro era de gritar dormida—. Pesadillas.

Resopló y se metió las manos en los bolsillos.

—Ah, no lo dudo. —Se acercó arrastrando los pies y se inclinó junto a la cama para recoger algo de encaje. Lo olfateó y se lo metió rápidamente en el bolsillo antes de que pudiera verlo bien—. No queríamos despertarte, pero ya aterrizamos. Hace una hora. ¿Crees que podrías sacar tu real trasero de la cama y darte una ducha? Tu desayuno se está enfriando.

Me quedé en la cama. Tenía miedo de que, si apartaba las sábanas, me oliera. Lo mojada que estaba.

Pero Quinlan ya se había dado la vuelta. Señaló hacia el sillón.

¿El sillón?

Sacudí la cabeza para librarme de las imágenes de Soren corriéndose en sus manos justo ahí, justo a tiempo para oírlo decir:

—Ponte eso.

Entrecerré los ojos ante el montón cuidadosamente doblado. Era el traje de baño obsceno que Mercer había comprado ayer. ¿O había sido antier?

—Eso no tiene suficiente tela ni para cubrir a una niña.

—Bueno, qué bueno que no eres una niña —murmuró, agachándose para recoger otra cosa del suelo. Volvió a olfatearla antes de metérsela también en el bolsillo.

—¿Quieres que conozca a tus padres en bikini? Ni de broma —dije, olvidando temporalmente mi miedo mientras apartaba las mantas a patadas y me ponía de pie con torpeza.

Me temblaban las piernas. ¿Por qué me temblaban las piernas?

Me llevé los dedos al pecho y me rasqué un poco. Tenía la piel suave. O sea, últimamente siempre estaba suave, pero se sentía como tocar seda con las yemas de los dedos.

—¿Por qué, Maisie? —preguntó con inocencia. Con demasiada inocencia—. ¿Quieres causar una buena impresión?

Entrecerré los ojos.

—En general, se considera de buena educación no traumatizar a los padres de la gente.

Soltó una risa divertida.

—Cuando tenía catorce años y, que mi madre supiera, no había besado a ninguna chica, se preocupó. Tenía miedo de que fuera asexual. —Se inclinó hacia mi espacio. ¿Cuándo se había acercado tanto?—. ¿Quieres saber qué hizo?

Negué con la cabeza. Estaba tan cerca. Capté en él un olor a algo oscuro y eléctrico.

—Todas las noches hacía que las criadas se vistieran con un conjuntito delante de mí mientras servían la cena. Vestiditos blancos y negros con delantales que no alcanzaban a cubrirles el trasero. Sin calzones. Sin sostén. La mayoría de las veces iban en topless. Y cuando pensó que eso no me movía un pelo, empezó a contratar también a más hombres. Hizo que los diseñadores les confeccionaran pantalones con la verga de fuera, por si me daban ganas de chupar alguna.

Se me cayó la mandíbula al suelo. Tenía una pregunta. Estoy segura de que todos teníamos la misma pregunta.

—¿Y lo hiciste?

Parpadeó y luego soltó una carcajada.

—Aprecio la belleza en todas sus formas, chérie, pero me gustan los agujeros tibios, húmedos, femeninos, morenos, de ojos azules, de trasero grande, de labios carnosos y con dientes.

Un rubor mortificante me subió por el cuello.

—Soy hetero —dijo. Luego hizo una pausa, pensándolo—. Casi siempre. ¿Cuenta masturbarse viendo a dos tipos follándose de forma creativa? Porque se ponen muy ingeniosos.

—Estás desquiciado —suspiré.

Asintió, dándome la razón.

—Correcto. Lo que quiero decir es que no puedes traumatizar a mi madre. Es más probable que ella te traumatice a ti en los primeros cinco segundos de conocerte. Así que ponte el maldito bikini, Maisie. Además, no es como si fueras a quedarte el tiempo suficiente para que importe la impresión que se lleve de ti. Divorcio, ¿recuerdas?

Volví a sonrojarme. Claro, me iba a divorciar, pero eso no significaba que quisiera pasearme delante de sus padres sin nada más que unos cordones encima.

Aun así, tenía razón. Insistir haría que pareciera que me importaba, y en absoluto me importaba.

Así que pasé a su lado arrastrando los pies, rumbo a la ducha, con un murmurado:

—Como sea.

Sin embargo, cuando entré al baño, me detuve en seco frente al espejo, con los ojos muy abiertos. Me eché el cabello sobre el hombro. Tenía marcas de dedos alrededor del cuello. Estaban desvaídas, y algo me decía que horas antes habían estado mucho peor.

Mi cerebro se bloqueó, tratando de encontrarle sentido, cuando noté que el punto que me picaba en el pecho tenía algo ligeramente escamoso. Me lo quité, pero había más. En la cara. En la barbilla. En los pechos.

Con una aprensión creciente, me di cuenta de que algo andaba mal con mi ropa, y solté un chillido cuando me di cuenta de qué era.

Me faltaban los calzones y el sostén. Y la sustancia escamosa era semen seco.

Empecé a hiperventilar. Lo tenía en el cabello. En la garganta. En las pestañas. En los labios. Forcejeé torpemente con el gel de baño y me horrorizó ver cómo, al lavarlo, mi piel prácticamente relucía con un brillo de satisfacción.

Ay, Diosa. ¿No había sido un sueño?

Arranqué la toalla del toallero, me envolví en ella y salí furiosa al dormitorio.

Quinlan estaba repantigado en la cama, con un aire demasiado satisfecho consigo mismo.

—¿Qué demonios pasó anoche?

Ladeó la cabeza, mirándome las piernas desnudas.

—Suelta la toalla y a lo mejor te lo digo.

El pánico se me arremolinó en el pecho.

—¿N-nosotros...?

Un parpadeo lento, angelical y rubio.

—No tengo idea de qué hablas, chérie.

—Quinlan.

—¿Mmm? —Seguía mirándome las piernas.

—¿Esos son mis calzones en tu bolsillo?

Bajó la mirada al encaje que asomaba de su bolsillo como si lo hubiera ofendido personalmente.

—Podría ser. Podrían ser de la azafata. Es difícil llevar la cuenta. —Le brillaron los ojos—. ¿Te faltan los tuyos, por casualidad?

Ay, Dios. Me iba a morir.

—¿Quinlan?

—¿Sí, amor?

—Lárgate.

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