Academia Greymoor · Capítulo 13
Los cuentos de hadas no existen
Estaba soñando.
No. Estaba en un cuento de hadas.
De esos que todos decían que no existían. Yo era una princesa y tenía cuatro caballeros y…
El príncipe Soren me soltó.
Me estrellé contra el suelo frente a la enfermería, con una mueca de dolor. No era hora libre, así que los pasillos estaban vacíos de estudiantes, y agradecí que no hubiera nadie más presente para presenciar lo que resultó ser mi tercer baño de realidad del día.
Me puse de pie a trompicones, con el sudor brotándome en la frente mientras miraba a los cuatro.
Fue como quedar atrapada bajo el peso de una avalancha.
No podía moverme. Ni respirar. Me desarmaban con la mirada y volvían a armarme pieza por pieza, como si buscaran algo.
El primero en hablar fue el pelirrojo. —No me gusta esto para nada, Soren. Deberíamos habernos deshecho de ella.
Parpadeé. ¿Perdón? ¿Deshacerse de quién?
El príncipe Soren miraba fijamente mi cara golpeada. —Me imagino que a mi tía no le gustará mucho esa idea.
Otro habló desde atrás. Era rubio, tenía la expresión más solemne del mundo y unos ojos azul hielo. Un acento se enredaba en sus palabras. Quizá francés. —Tampoco le gustará esto. A Tessa le gustará todavía menos.
El último tenía el cabello plateado. Tenía una pequeña cicatriz sobre la curva del labio superior. Sus ojos ámbar tenían una ferocidad oscura que me daba ganas de salir corriendo. —No es demasiado tarde para seguir la sugerencia de Mercer —murmuró. Tenía la voz áspera, como si no la usara. Y aunque hablaba con suavidad, había un filo de peligro en su tono—. Sería rápido e indoloro.
Se me erizó la piel. —Les agradecería que dejaran de planear cómo matarme como si yo no estuviera aquí parada.
Todos me miraron con una intensidad que no parpadeaba.
El rubio fue el siguiente en hablar. —Apestas al chico Hayes. ¿Eres su hembra?
Se me encendieron las mejillas. —No soy la hembra de nadie —gruñí—. ¿Siempre les preguntan a los estudiantes que instruyen por su vida personal o su situación sentimental?
Ladeó la cabeza. —Eres la primera de tu clase a la que elegimos como pupila. Considéralo una forma de conocernos.
—Considérame desinteresada —repliqué, echando humo mientras me apartaba de la puerta—. No me inscribí para que me interrogaran…
Las palabras no habían terminado de salir de mis labios cuando un brazo me estampó de nuevo contra la puerta. Unos ojos negros y salvajes me clavaron en el sitio. El pelirrojo se acercó poco a poco: los contornos deslumbrantes y afilados de su rostro esculpido, esa nariz aguileña y noble, y sus labios sensuales rozando peligrosamente cerca. Podía oler su loción para después de afeitar.
Se me contrajo el estómago de una forma extraña mientras luchaba contra la debilidad de las rodillas, completamente hipnotizada por él.
—Uno pensaría que una cosa miserable como tú al menos estaría agradecida —dijo, sin dejar de mirarme fijamente la boca—. Nunca me agradó tu clase. Un montón de orgullosos sin nada que lo justifique. Debiluchos que se creen con derecho a todo. Todos huelen igual. A tierra. Y tú… —Se le dilataron las fosas nasales de asco—. Tú apestas más que cualquier Omega que haya tenido la desgracia de tener cerca.
Me ardieron los ojos. Estaba tan acostumbrada a oír comentarios denigrantes de mis compañeros que no sabía cómo manejarlo cuando venían de un hombre. Apreté los dientes mientras obligaba a las lágrimas a retroceder. —Entonces, ¿por qué me eligieron?
Sonrió. Hasta sus dientes eran perfectos, los colmillos un poco puntiagudos. —Elegirte le da sentido a tu patética excusa de existencia. Considéralo caridad. La obra de la Diosa, en realidad. Considerando que fuiste la que todos los demás rechazaron.
Las palabras me cayeron como una bofetada en la cara. Y cuando se apartó, las rodillas no me sostuvieron. Sentía el pecho apretado y necesitaba salir.
Salir de mi piel.
Salir de este pasillo.
Salir de esta escuela.
El príncipe Soren se inclinó, plegando su metro noventa y ocho en una posición en cuclillas que invadió mi espacio personal como si le perteneciera.
Me aparté de un tirón, pero me atrapó la barbilla con el pulgar y chasqueó la lengua, girándome la cabeza de un lado a otro. —Deberías revisarte eso antes de que nos volvamos a ver para el entrenamiento.
Me zafé de su agarre con brusquedad. —No necesito su caridad. Le pediré al instructor Warren que me reasigne a otra persona. No voy a entrenar con ustedes.
El rubio resopló detrás del príncipe Soren. —Buena suerte con eso, gatita.
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