Academia Greymoor · Capítulo 132
Con los calzones hechos un nudo
Maisie
Esa mañana había una hostilidad extraña en la cocina entre los licántropos.
Observé cómo Violette parloteaba alegremente sobre que Quinlan me llevaría a conocer la ciudad hoy antes de nuestro inevitable vuelo de regreso a la Corte mañana —esa parte no me hacía ninguna ilusión—, y Quinlan solo soltó un gruñido agrio, picoteando su tazón con desgana.
Jericho, en cambio, parecía estar del mejor humor, y empujó hacia mí un plato de carne cortada con maestría.
—Toma. Come un poco más.
Mis recuerdos de anoche estaban algo borrosos, pero recordaba lo suficiente como para ponerme roja como un tomate cuando me besó la mejilla.
Mercer lo miraba fijamente. Lo fulminaba con la mirada, más bien, y yo no tenía idea de qué iba esa competencia de a ver quién la tenía más grande, pero la testosterona en el aire era demasiado para mí.
Solo que empeoró cuando me comí lo que Jericho me había ofrecido. El aire se volvió opresivo y apenas pude tragar un bocado sin bajarlo con el vaso de jugo de naranja que él me ofreció, antes de escabullirse de la cocina en sus shorts de correr, guiñándole un ojo a Soren.
Empecé a preguntarme a qué venía todo eso cuando noté que el ceño de Soren se había acentuado.
Parecía que quería apuñalar a Jericho. Y quizá a mí también. Sentí una mezcla de emociones caóticas a través del vínculo, ninguna de las cuales duró lo suficiente para tener sentido antes de que levantaran sus muros de golpe.
Quinlan tomó su tazón de cereal, con el ceño fruncido, y se fue dando pisotones. Mercer gruñó por lo bajo, tomó una botella de agua y salió hecho una furia a trotar. Soren frunció el ceño ante mi boca llena mientras masticaba y, sin previo aviso, volcó mi vaso de jugo.
Ahogué un grito cuando se derramó sobre mi camisa y el vaso se hizo añicos en el suelo.
—¡¿Muy bien, cuál es tu maldito problema?! —le grité a la espalda, y luego me sentí mal por gritarle cuando vi la herida que había sanado hasta formar una cicatriz áspera, ya curada, pero con un brillo gris plateado a todo lo largo de su espalda.
Violette apareció con una sonrisa compungida, los ojos centelleantes, mientras me pasaba una toalla para secarme.
—Elegiste favoritos, por eso tienen los calzones hechos un nudo.
Fruncí el ceño mientras limpiaba.
—¿Ah, sí?
No recordaba haber hecho eso. Ni siquiera recordaba haber dicho palabra alguna durante el acto anoche. El único destello de imágenes que se me había concedido era el de mis dedos alrededor de la, bueno… ya saben, de Jericho.
Violette resopló.
—Puede que no lo parezca, pero entre los compañeros hay un nivel jerárquico. A ellos les gusta ignorarlo y hacer como que no existe. Elegir favoritos lo deja todo al descubierto. —Le dio la vuelta a la sartén—. ¿Sabes lo que significa que una hembra licántropa tenga favoritos, amore?
Negué con la cabeza, notando el ceño fruncido de Camille mientras tomaba la escoba para limpiar el desastre del suelo. Me sentí culpable y murmuré un diminuto «Perdón», pero su ceño solo se transformó en una mueca de desprecio, como si pensara que la estaba haciendo limpiar a propósito.
—En los tiempos antiguos, cuando los reyes tenían harenes, sus concubinas peleaban por su atención, para no ser olvidadas ni quedar relegadas al fondo. Gozar del favor del rey traía beneficios, y ser la favorita del rey significaba que él pasaba más tiempo en tu cama que en la de cualquier otra. A veces semanas. A veces meses. A veces años. Hasta que perdía el interés. Por supuesto, había algunos que seguían retozando con el resto de su harén y de algún modo se las arreglaban para no descuidar a ninguna de sus esposas, pero si eres capaz de hacer que un rey te elija como su favorita, las probabilidades de que atienda a otra durante ese tiempo son extremadamente bajas.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Estás diciendo que… se están portando así porque creen que Jericho y yo… eh… que lo quiero en mi cama todo el tiempo? Pero ni siquiera somos… no hacemos… no hicimos…
—Bueno, ninguno de los dos fue precisamente silencioso anoche.
Volví a ponerme roja de pies a cabeza.
No podía creer que estuviera hablando de sexo con la madre de Quinlan. Debería haber sido incómodo, pero Violette hacía que fuera fácil hablar con ella. Pensé que iba a extrañarla.
Bajó la mirada y sonrió al plato de filete a medio comer.
—Eso podría haber sido el otro problema.
Parpadeé rápido.
—¿Qué?
—La comida, amore. Aceptaste y te comiste lo que él te dio. —Se rio de mi cara en blanco—. Supongo que no conoces lo suficiente las reglas. Todo animal macho sale a cazar presas para su compañera, para alimentarla, justo antes de aparearse. Es como un preliminar.
Me atraganté con el aire, y la comida se me volvió plomo en el estómago. ¿No venía eso en el libro de las reglas? Lo había olvidado por completo. Bravo, Maisie.
Mis dedos jugueteaban con el dobladillo de la camisa mientras me preocupaba. Todo esto era un desastre absoluto. ¿Cómo había pasado de dictar las condiciones y trazar una línea clara entre nosotros a… esto? Todo este viaje había sido una idea terrible para mí. Simplemente había vuelto al punto de partida, después de esforzarme tanto por definir lo que éramos.
No importaba. Simplemente tendría que volver a trazar las líneas.
—Ay, no pongas esa cara tan triste —dijo Violette, enganchando su brazo con el mío—. No hay nada como un poco de sana competencia entre hombres que se disputan tu atención.
—¡Yo no doy mi consentimiento para esto de ninguna manera! —grité.
Me encasquetaron un casco en la cabeza y Jericho revisó el equipo de manera obsesiva por enésima vez.
—No tengas miedo, chérie. Míralo por el lado bueno: si te caes, solo te romperás unos cuantos huesos —sonrió Quinlan.
—Si me muero, los voy a matar a todos y se los voy a dar de comer a los peces —les gruñí, con el cuerpo temblando.
No importaba que a Mercer lo estuvieran amarrando conmigo. Estaba muerta de miedo, aferrada a él como si me fuera la vida en ello.
Cuando Quinlan me preguntó qué quería hacer hoy, le dije «algo emocionante». También mencioné caminar por el parque. Mencioné un montón de cosas, emocionada. Cosas que nunca había llegado a vivir y que de niña me emocionaban solo de pensarlas. Debí haber sabido que la sonrisa malvada que se dibujó en los labios de Soren acabaría trayéndome aquí. Al borde de un acantilado, amarrada a una maldita tirolesa.
No fue hasta que llegué al mismísimo borde del acantilado y examiné la altura que cambié de opinión. Desde entonces no habían parado de llamarme gallina.
—Relájate, Adams —murmuró Mercer contra mi oído—. No dejaré que te caigas. —Se le curvaron los labios—. Creo.
Abrí la boca para replicar cuando de pronto el suelo desapareció bajo mis pies. Mi grito resonó contra el acantilado mientras me lanzaba sobre Mercer, enterrando la cara en su hombro y alcanzando una octava de la que no me creía capaz.
Habría sido perfecta para la ópera.
Una hora después estaba en el parque, siendo sobornada con el cono de helado más grande que había visto en mi vida: fresa y chocolate arremolinados con caramelo. Los licántropos miraban con distintos grados de horror cómo lo lamía feliz, con el chocolate chorreándome por los dedos.
A Mercer le tembló el párpado izquierdo.
—Eso no puede ser saludable.
—Tampoco lo es tu personalidad.
Quinlan se atragantó con una carcajada.
A Soren se le crisparon los labios y yo los ignoré, sonriendo como loca mientras caminaba entre la multitud de humanos, sintiendo una extraña sensación de libertad, aunque los licántropos se arrastraran detrás de mí como cuatro guardaespaldas enfurruñados, escudriñando al público como si esperaran que en cualquier momento alguno de los humanos me metiera la cabeza en una bolsa y me secuestrara.
Pero lo único que conseguía era darme una sensación de consuelo, saber que estaban cerca.
Cuando un niño pequeño que no podía tener más de cuatro años se me acercó con unos ojos grandes y marrones y me dio una rosa del puesto de su madre diciendo: «Bonita. Como un hada», me incliné y le besé ambas mejillas.
Soren gruñó irritado y ahuyentó al niño. Hasta las palomas huyeron ante aquel rugido grave.
—¿Qué demonios te pasa? —exigí saber—. No te mataría ser amable, ¿sabes?
Se alejó a grandes zancadas, murmurando por lo bajo algo más que no alcancé a entender, y cuando volvió unos minutos después, regresó cargando un ramo tan grande que por un momento perdí de vista su cara detrás de él.
Las mujeres a nuestro alrededor empezaron a suspirar enternecidas de inmediato.
Una anciana se llevó la mano al pecho.
—Ay, el amor joven.
Soren y yo nos pusimos rojos mientras yo lo aceptaba. Luego sentí el ardor intenso de una mirada fulminante en un lado de la cara y levanté la cabeza para encontrarme con la mirada intensa de Soren.
—¿Qué? —pregunté.
—¿No vas a besarme las mejillas a mí también? Apuesto a que si fuera Jericho, lo harías.
Jericho resopló, me tomó por los hombros y me guio a otro lugar, a una tienda llena de pasteles de distintos tipos que hacían agua la boca.
Y cuando ya no pude comer más, vacié la cartera de Quinlan, dejando caer billetes en los estuches de los músicos callejeros, y él soltó una maldición por lo bajo cuando le entregué un fajo a un indigente que, a cambio, intentó robarme.
—Tienes que tener más cuidado, chérie —refunfuñó Quinlan, con el brazo alrededor de mi cintura como una prensa mientras me arrastraba de vuelta hacia el auto.
—¿Cómo iba a saber que tenía un cuchillo? ¡Parecía inofensivo! —protesté.
—Está claro que no tienes ningún sentido del peligro —murmuró Mercer, deslizándose en el asiento trasero conmigo mientras Soren se sentaba al volante.
Frunciendo el ceño, miré hacia delante.
—Bueno, ¿y ahora adónde vamos?
Jericho gimió.
Mercer soltó una maldición.
Soren se pellizcó el puente de la nariz.
Lo que significaba que lo que Quinlan estuviera a punto de decir iba a ser un problema.
La sonrisa de Quinlan se ensanchó.
—Al club.
—Ay, no.
—Ay, sí.
Comentarios (0)