Academia Greymoor · Capítulo 133
El club I
Maisie
—No puede entrar ahí, señora.
El guardia de seguridad ocupaba casi toda la puerta.
Era enorme. No llegaba al tamaño de un licántropo, pero casi.
—Vengo con Quinlan.
Su expresión siguió impasible.
—Me dieron órdenes específicas de no dejarla pasar.
En algún lugar detrás de él se abrió una puerta y se escaparon unas risas débiles, seguidas de sonidos de… gemidos.
Cerré los dedos en puños.
Los licántropos me habían traído aquí, habían dicho que tenían un asunto pendiente que no les llevaría mucho tiempo, me habían asignado un guardia hombre lobo que no dejaba de gruñirle a cada hombre que se me acercaba y habían desaparecido tras esas puertas.
Habían pasado treinta minutos y yo estaba más que irritada.
Había visto a hombre tras hombre, y a unas cuantas mujeres, salir tambaleándose por esas puertas, aturdidos, con la piel sonrojada, la ropa destrozada o torcida, y muy… satisfechos. No necesitaba que la Diosa me dijera qué demonios estaba pasando ahí dentro.
Pero ¿para qué traerme aquí si tenían planeado satisfacer sus necesidades con alguna prostituta con uniforme de mesera? Me sentía una idiota. No me gustaba sentirme una idiota. Iba a subir a romperle la maldita nariz a alguien y luego me iría a casa.
—Si me deja pasar, le prometo no partirlo por la mitad.
El guardia arqueó una ceja, me miró de arriba abajo y luego posó la mirada en mis bonitas uñas rosas que Violette me había pintado esa misma mañana.
—Ah, no lo dudo.
Mi licántropa estaba totalmente a favor de la violencia, y yo sabía lo fácil que sería romperle la mandíbula. Pero me contuve, respirando hondo para calmarme. Solo estaba haciendo su trabajo. Reservaría la violencia para mis compañeros.
Derrotada, volví a la barra.
El hombre lobo de seguridad que me habían asignado me siguió. Y también su mirada afilada. Al parecer, me consideraban en riesgo de fuga.
—¿Qué hay allá arriba? —le pregunté al barman mientras volvía a acomodarme en el taburete, bebiendo a sorbos un vaso de agua porque mis maridos habían decidido que no se me podía confiar nada más.
El barman, que resultó llamarse Trevor, siguió mi mirada hasta la escalera. Sus labios se curvaron en una leve sonrisa burlona.
—Problemas.
Sentí que mi interés y mi frustración se intensificaban, y me enderecé en el asiento.
—¿De qué tipo?
Trevor señaló con la cabeza el club que nos rodeaba, L'ange déchu, la iluminación iridiscente y los cuerpos que se retorcían en cada rincón, los besos y los manoseos en la oscuridad.
—La gente cree que esto es el club —dijo. Luego se rio—. Pero esto no es más que el vestíbulo.
Separé los labios mientras miraba a mi alrededor.
—El vestíbulo —repetí con incredulidad.
—La parte bonita. La parte pública. La parte que la gente tiene que ver.
Me golpeó una nueva oleada de curiosidad.
—¿Entonces qué hay arriba?
Su sonrisa se ensanchó.
—Dicen que es un teatro. Y un asiento ahí dentro cuesta más de lo que un hombre como yo podría ganar en diez años. Dicen que la tarifa es para comprar discreción y secreto.
Muy bien. Ahora estaba más que curiosa.
—¿Y qué pasa en ese teatro?
Me lanzó una mirada extraña.
—¿Oíste lo que acabo de decir, preciosa? Nadie sabe exactamente qué pasa ahí dentro porque nadie habla de eso. El tipo de hombres que puede permitirse un lugar así también puede permitirse contratar asesinos para quitarte de en medio si se filtra cualquier tipo de información sobre ellos. Así que las chicas no hablan de eso.
—Las chicas —balbuceé, con el corazón acelerado. ¿Qué era Quinlan? ¿Un proxeneta? Se me cayó el alma a los pies. ¿Era esta su forma de lidiar con lo que le había pasado de niño?
Como si me leyera la mente, Trevor se rio.
—No. No es lo que estás pensando. El jefe es una especie de conocedor. El teatro, por lo que he oído, es para gente con gustos que no puede darse a la vista de todos.
Junté las cejas.
—Las chicas se postulan para el puesto, por cierto. La lista de espera actual es de un año. A muchas las atrae la paga que viene con él. ¿A quién no? Pero las entrevistas son minuciosas para asegurarse de que las elegidas estén en el trabajo porque de verdad les gusta. Y el pago es solo un beneficio añadido, no el precio de su valor.
Me le quedé mirando, tan atónita que no alcanzaba a comprender.
—A los clientes también los evalúan antes de aceptarlos. No importa lo ricos que sean, tienen que cumplir el requisito más básico antes de ser aceptados.
—¿Y cuál es?
Trevor sonrió.
—Algunos dicen que la decencia humana básica. Otros dicen que es entender que pueden estar pagando por el servicio y la experiencia, pero sabiendo que, si lastiman o tocan a alguien sin su consentimiento, consienten en salir de estas paredes en una bolsa para cadáveres. La idea es asegurarse de que los participantes sean queridos, deseados y estén a salvo.
Agitó la coctelera y sonrió.
—Pero todo eso no son más que especulaciones, claro. Podría estar equivocado y ahí dentro solo den clases de ballet.
Pero mi curiosidad había inclinado la balanza. Quería saber qué pasaba allá arriba. Quería verlo con mis propios ojos. Quería ver el mundo de Quinlan.
—¿Cómo entro?
—No estoy seguro, pero seguro que la maîtresse podría tener algunas respuestas para ti. Conoce al jefe de manera bastante… íntima.
Eché la cabeza hacia atrás.
—¿La qué?
Señaló con la cabeza algo a mi espalda y me giré.
La multitud se apartó para ella, y dominaba la sala sin decir una sola palabra.
Llevaba un abrigo de cuero negro, atado con descuido a la cintura y a punto de abrirse con cada lento vaivén de sus caderas. Debajo, llevaba solo la lencería negra más decadente, cuyo material transparente insinuaba en lugar de ocultar nada. Delicados tirantes se cruzaban sobre sus pechos plenos, y un liguero enmarcaba sus muslos largos y pálidos como una invitación al pecado. El encaje era tan fino que resultaba casi translúcido, y dejaba adivinar las puntas oscuras y endurecidas de sus pezones y la suave curva donde se ensanchaban sus caderas.
Su cabello rojo fuego le caía por la espalda en ondas salvajes y alborotadas, y llevaba los labios pintados de un rojo sangre intenso. Era hermosa de una forma oscura y embriagadora, sencillamente imposible de dejar de mirar. Y caminaba como si supiera el tipo de poder que tenía sobre la sala, la forma en que los hombres contenían el aliento y la deseaban.
Se dirigió directo a la barra y, de cerca, sus ojos eran extremadamente claros, con un leve matiz rosado que les daba una cualidad etérea, casi hipnótica. Tenía cicatrices en forma de media luna en ambos párpados, que se veían al parpadear.
—Trev —saludó al barman con voz sensual.
—Hola, Charlene —respondió él—. ¿Lo de siempre?
—Oui.
No podía dejar de mirarla. Quizá era por su belleza. O quizá era porque olía a Quinlan.
Era leve. Apenas perceptible. Pero lo que pasaba con las criaturas como nosotros era que un olor era una firma. Si pasabas demasiado tiempo en compañía de alguien, empezabas a oler como esa persona. Y si te acostabas con ella, siempre llevarías un pedazo de ella contigo.
Mi licántropa se revolvió porque ambas sabíamos, en algún lugar muy profundo, que era lo segundo.
Sintiendo el peso de mi mirada, la mujer giró la cabeza hacia mí. Sus ojos estaban desviados unos centímetros, centrados en mi frente, mientras decía:
—Reconozco a una licántropa cuando la siento. Debes de ser su nueva mascota. —Extendió una mano con una manicura perfecta—. Puedes llamarme Charlene.
¿Mascota?
Me quedé mirando su mano. Luego su sonrisa maliciosa. Aun así, le tomé los dedos en un apretón firme.
Solo para que ella tirara de mí hacia delante con más fuerza de la que debería tener una humana y, antes de que pudiera reaccionar, la otra mano de Charlene me sujetó la nuca y me atrajo hacia ella. Sus labios se encontraron con los míos en un beso suave e inesperado.
Abrí los ojos de par en par. Su boca era cálida y sabía levemente a cerezas. Durante un segundo aturdido me quedé paralizada, demasiado conmocionada para apartarme.
Me besó despacio, de manera exploratoria, como si me estuviera aprendiendo. Suave al principio, luego con un poco más de presión, rozándome el labio inferior con la lengua de forma provocativa.
Esto no estaba pasando. Esto no podía estar pasando.
Su mano libre subió hasta mi cara, y las yemas de sus dedos trazaron mis pómulos, la línea de mi mandíbula, la curva de mis labios con una delicada curiosidad.
Luego se apartó lo justo para sonreír contra mi boca.
—Hermosa —susurró con voz ronca—. Incluso mejor de lo que imaginaba. Hasta podría robarte de él.
Me ardía la cara. El corazón me martilleaba contra las costillas. Todavía intentaba procesar lo que acababa de pasar cuando por fin me soltó, retrocediendo con un pequeño murmullo de satisfacción.
Y fue entonces cuando noté la pequeña cicatriz encima de cada uno de sus párpados. Y la mirada que no veía en sus ojos.
Charlene era ciega.
—Yo… —Me quedé sin palabras—. Maisie. Me llamo Maisie.
Su cara se aflojó al instante.
—Ay, ese imbécil asqueroso. —Luego sonrió con tanta intensidad que podría haberme cegado, y volvió a atraerme para besarme ambas mejillas—. Lo hicieron, ¿verdad? Claro que lo hicieron. ¿Por qué otra razón estarías aquí?
—¿Hicieron qué?
Me dio un puñetazo en el hombro.
—Casarse contigo, tonta. Me alegra que por fin sacaran la cabeza del culo y no la eligieran a ella.
—A ella —repetí, sorprendida por su repentino cambio.
—La perra de pelo plateado —aclaró. Se señaló la cara con un dedo—. Me hizo esto porque me follé a Quinn. Yo tendría cuidado con esa si fuera tú.
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