Academia Greymoor · Capítulo 171
La oferta
Soren
—Tu matrimonio con la princesa fue la gota que derramó el vaso para el Consejo —dijo Alden en voz baja—. No veo ningún camino a seguir sin... una abdicación forzada.
No respondí de inmediato.
Tenía la mirada fija en la piscina de abajo, donde Maisie cortaba el agua con brazadas suaves y potentes. El sol de la tarde le pintaba la piel de oro líquido, y el escandaloso traje de baño lila se le ceñía a cada curva como una segunda piel. Se rio con ganas, sin contenerse, mientras se abalanzaba sobre Regina y hundía a la pelirroja con un chapoteo. Juliette y Jenny se unieron al caos momentos después, convirtiendo la piscina en un campo de batalla de chillidos y risas.
Pasándome la lengua por el borde afilado de los colmillos, recorrí con la mirada las marcas que resaltaban preciosas contra su piel, y mi licántropo ronroneó de placer al verlas. Qué hermosas, qué correctas se veían ahí. Si no tuviera que compartirla, habría hecho de su piel un lienzo, dejándole pequeñas marcas en todas partes donde pudiera, como la huella que ella había dejado en mi alma.
Un peso se me asentó en el pecho. Quería conservar ese momento. Guardarlo en un frasco para volver a él cada vez que necesitara convencerme de que valían la pena las opciones de mierda que empezaba a considerar para mantenerla intacta así. Radiante. Libre.
Me aparté de la ventana y me llevé el vaso de vodka a los labios. El ardor no hizo nada por aliviar ese peso en el pecho.
—Eso sería traición —respondí por fin.
—Esto dista mucho de ser ideal, Alteza —continuó Alden—. La Reina ha dejado claras sus condiciones y el Consejo la respalda. La única forma de recuperar el favor del Consejo es ceder a sus exigencias: romper este matrimonio y tomar a lady Tessa como esposa.
El vaso se agrietó bajo las yemas de mis dedos.
—Entonces será traición.
El silencio de Alden fue respuesta suficiente.
No iba a divorciarme de Maisie. La sola idea hizo que mi licántropo gruñera con una posesividad violenta. Acababa de conseguir que me mirara con algo que no fuera odio. Que confiara en mí. Que me sonriera. Que me dejara abrazarla. Acababa de recuperarla.
Quemaría el mundo entero antes de renunciar a eso otra vez.
—Me he cansado de consentir esta rebelión infantil, sobrino —me había dicho antes de que partiéramos, hacía tres días, alisándome la parte delantera del abrigo con un afecto casi maternal—. Todo lo que he hecho ha sido por nuestro pueblo. Algún día, cuando lleves esa corona, lo entenderás.
Su mano se posó en mi mejilla.
—Despoja a la chica del título que tan tontamente le otorgaste. Devuélveselo a Tessa. Olvida este apego infantil antes de que les cueste todo a ti y a tus hermanos. Si solo es cuestión de gustos, puedo conseguirte otras. Híbridas. Omegas, si quieres. Mujeres con los mismos colores. Ojos azules. Cabello castaño. El mismo fuego en la mirada, si eso es lo que anhelas.
Incliné la cabeza, mirando fijamente sus ojos siempre cambiantes.
—¿Y si no lo hago?
Había un olor extraño en ella y sus ojos brillaron.
—Entonces solo tendrás que culparte a ti mismo por lo que pase después, niño. Si deseas gobernar, me entregarás a la chica. Deja que cumpla su propósito para nuestro pueblo como reproductora. No tienes por qué preocuparte por lo que sea de ella. La cuidarán.
Había luchado contra la oleada de ira que sentí mientras me acariciaba la mejilla con suavidad.
—Tu madre habría estado muy orgullosa del rey en que te convertiste.
—¿Estás considerando la oferta de la Reina Exiliada? —dijo Alden, arrancándome de mis pensamientos.
Bajé la mirada al pequeño pergamino que reposaba sobre mi escritorio.
La oferta había llegado a través de Jericho hacía tres días. Al parecer, la única forma que se le ocurrió a Ryder Hunt de hacer llegar la oferta sin los ojos entrometidos de la Reina, que acechaban en cada rincón de la escuela, fue provocar a Jericho para que lo moliera a golpes.
Había rumores de que Ryder era masoquista. Supuse que esa parte era cierta.
Mis dedos volvieron a apretar el vaso mientras le daba vueltas a las condiciones de Margaret Hunt.
Lo admito: resultaba un poco inquietante que me ofreciera una alianza. Supongo que tenía sentido que pensara que teníamos un enemigo en común. Ella tenía números. Tenía las armas. Nada de lo cual tenía yo. Si quería proteger a mi compañera, necesitaba más que la fuerza bruta de mis hermanos. Necesitaba al Consejo. Necesitaba que la Corona de Sangre saliera de las manos de la Reina.
Pero ¿estaba dispuesto a asesinar a mi tía por eso?
Estaba claro que necesitaba sacarla por completo del tablero.
Su revelación sobre el linaje de Maisie había convertido mi título de príncipe heredero en algo decorativo. Mientras estuviera casado con la hija de un traidor, el Consejo nunca estaría de mi lado. Mi tía se había apoderado del control de la corona y no estaba dispuesta a devolverlo. Mi herencia no significaba nada si el pueblo me consideraba no apto para gobernar, que era justo la imagen que ella se esforzaba tanto en darme.
Quizá merecía morir por todo lo que había hecho, pero matarla desataría una desagradable cadena de acontecimientos. Y de todas formas, no quería su sangre podrida en mis manos.
O quizá esas no eran más que excusas para el hecho de que era la madre de Mercer, y por terrible que siempre hubiera sido conmigo, esas manos que últimamente me golpeaban más a menudo que no, alguna vez me habían secado las lágrimas de las mejillas y me habían limpiado los cortes y las heridas cuando me raspaba la rodilla de niño.
Era lo más parecido a una madre que tenía.
Volví al escritorio, dejé caer el vaso vacío y apoyé las manos a ambos lados de la caoba.
—Sus exigencias... son... imposibles.
Alden arqueó una ceja.
—Supondré que te refieres a la exigencia concreta de aumentar a siete el número de compañeros de la Princesa. —Pareció pensativo un momento, y consideré cerrarle el ojo izquierdo de un puñetazo cuando dijo—: Deberías dejar que ella decidiera si quiere...
—No —gruñí—. No le gustan. No los quiere. Nunca la van a tocar. Son unos salvajes.
Ajeno como siempre, Alden frunció el ceño.
—Estoy seguro de que eso se puede pasar por alto. Los hermanos Hunt tienen una fuerza que rivaliza con la tuya. Incorporarlos al vínculo de la Convergencia los volvería imparables...
—Ni de puta broma —gruñí—. Prefiero beberme los meados de Kisten antes que verlos ponerle las manos encima.
Alden entrecerró los ojos.
—Estás inusualmente emotivo. ¿Acaso estarás experimentando ansiedad por separación?
—¿Experimentando qué?
El hombre mayor me miró como si le hubiera hecho una pregunta idiota.
—Ya sabes, la posesividad que experimentan con las Erasthai justo después de la consumación del vínculo. Esa en la que actúan como locos cuando llevan mucho tiempo sin que les satisfagan los deseos. —Parpadeó de esa manera inquietante y académica suya—. ¿Te falta sexo, mi Príncipe?
Ni siquiera quería pensar en eso.
Yo había ido al último durante la consumación. Había tenido menos horas con ella, a diferencia de los días que tuvieron los demás. Luego ella había huido de mí durante semanas. Los momentos desesperados y robados en el estacionamiento y en el jet no habían sido ni de lejos suficientes. No me había tocado como yo lo necesitaba. No me había dejado enterrarme tan hondo dentro de ella que se olvidara de que existía cualquier otro hombre.
Era mía.
La palabra resonaba en mi sangre como un juramento tallado en hueso.
La quería todas las noches. Todas las mañanas. Quería su olor impregnado en mi piel, su sabor en mi lengua, sus gemidos grabados a fuego en mi memoria. Quería marcarla tan a fondo que ningún otro macho se atreviera siquiera a respirar en su dirección.
Pero ella ni siquiera me tocaba. Maisie no solía iniciar el contacto conmigo. Supongo que era culpa mía por haber sido un imbécil. Quizá si fuera tan amable como Jericho, se acurrucaría contra mí para dormir. O quizá si estuviera tan atormentado como Mercer, me dejaría lavarle el cabello y esas mierdas. O quizá si estuviera tan desquiciado como Quinlan, me dejaría atarla a la cabecera de mi cama.
Ya no le gustaba. ¿Por qué ya no le gustaba...? A la mierda. Volvía a estar irritado.
—Vete a la mierda, Alden.
Parpadeó.
—Una oferta halagadora, de verdad, pero estoy bastante seguro de que no soy tu tipo.
—Sal de mi estudio.
No lo hizo. Dio unos golpecitos en el pergamino.
—Piénsalo un momento más cuando estés más tranquilo. Podría ser una buena oportunidad.
—Ella mató a mi madre —dije con vehemencia—. Y quiere a mi tía muerta.
También quería un montón de cosas más. Como que se levantara el exilio de los Hunt y se les restituyera su estatus. También quería que Maisie fuera coronada en el instante en que mi tía estuviera... muerta. Quería el asiento más alto de mi consejo.
Ella también quería controlarme. No. A mí no. A Maisie.
El odio me ardía en las entrañas y no quería otra cosa que arrojar el pergamino a la chimenea y verlo arder.
—No tienen por qué gustarnos nuestros aliados —dijo con total naturalidad—. Solo los necesitamos cuando hace falta para terminar el trabajo. Además, las condiciones siempre se pueden negociar. Dudo que espere que aceptes todo.
Alguien llamó a la puerta con un golpe áspero, y levanté la mirada cuando rechinó al abrirse.
Vincent, uno de los muchos guardias que permanecían fuera de la vista en los terrenos de la finca, entró bajando la cabeza.
—Hay una visita abajo, señor. —Una pausa—. Llegó el médico de la Reina.
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