Academia Greymoor · Capítulo 172
Experimento científico
Maisie
Empezaba a pensar que mi matrimonio era abierto y que Memah era una incorporación que ninguno de nosotros había pedido.
No había extrañado esos lentes posados sobre su nariz de botón, ni esos ojos curiosos que siempre parecían querer arrancarme la piel y mirar debajo cada vez que me examinaba. Y claro que no había extrañado para nada ese maletín que siempre llevaba consigo.
Esta vez había más frascos dentro, de distintas formas, tamaños y colores; parecía que estábamos llevando a cabo un experimento científico. Se acomodó los lentes y señaló los estuches de madera.
—Tónicos de fertilidad diarios —explicó en tono monótono—. Su Majestad se preocupa por usted y le ha enviado esto para fortalecer su vientre y aumentar las probabilidades de concepción.
No me habría sorprendido que estuvieran todos envenenados.
Apuesto a que Soren pensó lo mismo, porque también fruncía el ceño.
—El dorado es particularmente potente —continuó Memah—. Intensifica la ovulación. El carmesí es más potente todavía, con una mezcla afrodisíaca. Hará que el proceso...
—Sabemos lo que son los afrodisíacos, sanadora —medio gruñó Soren—. Vaya al grano.
No sabía qué era, pero me parecía que Soren estaba de un humor quisquilloso hoy. Lo había estado toda la mañana. Les había estado contestando mal a todos... bueno, excepto a mí, pero cada vez que le preguntaba qué le pasaba, solo refunfuñaba un «nada» y volvía a fulminar todo con la mirada. Y ahora, juraría que me miraba el trasero cada vez que yo no lo veía.
Memah frunció los labios.
—La potencia de los tratamientos también se aplica a los efectos secundarios. Se sentirá embarazada. Senos adoloridos y pesados. Ganas constantes de orinar. Náuseas intensas. Fatiga y somnolencia, entre otras cosas. —Señaló otro estuche lleno de frascos azules—. El azul es para hacerlo algo más llevadero hasta que vuelva la próxima semana...
—¿La próxima semana? —repetimos Soren y yo.
Memah asintió.
—Tengo órdenes de vigilarla de cerca al final de cada semana para asegurarme de que, en efecto, está cumpliendo las instrucciones de la Reina. Y como los tratamientos cambian su cuerpo y su olor, será difícil saber cuándo está realmente embarazada. Mi presencia aquí es para asegurar que se detecte pronto, a fin de prevenir la pérdida temprana que acompaña a los embarazos licántropos típicos.
Y supuse que habría sido un pésimo momento para decir: «¿Sabe qué...? No estoy segura de querer ser madre todavía. Ni siquiera he sabido manejar bien mi vida actual. Ya sabe, acostumbrarme a ser licántropa. Luego a ser princesa. Luego a ser esposa. Le juro que siento que me bombardean con demasiadas cosas al mismo tiempo. Cuidar de otro ser humano ahora mismo...».
Miré a Soren, que estaba sentado a mi otro lado en el sofá, y me tragué las palabras.
Por alguna razón, me sentía culpable incluso por pensarlo. Sabía que si le decía que no estaba lista, no me obligaría a hacerlo. Es solo que... él ya había perdido su control sobre el trono por intentar protegerme.
Si deseas demostrar tu lealtad, entonces sigue haciendo lo único para lo que pareces especialmente capacitada.
Las palabras de la Reina se colaron en mi mente sin permiso y me empaparon los pensamientos. Si demostrar que no era una traidora lo ayudaba, entonces... supuse que era más o menos lo único que podía hacer por él.
Unos dedos cálidos tomaron los míos y me giré para encontrarme con sus ojos violetas.
—No tienes que hacer esto si no quieres, May.
Le escudriñé el rostro.
Siempre había pensado que Soren era el más difícil de leer o de entender de los cuatro. Pero empezaba a comprender que era a propósito. Para un chico que había pasado la mayor parte de su vida ocultando sus pensamientos, luchando por seguir vivo en un lugar como la Corte licántropa, me imaginaba que las cosas más sencillas, como aprender a ser vulnerable con otras personas, le resultaban difíciles.
Pero eso era solo la superficie.
En palabras de Mercer, Soren era una hermosa cebolla de muchas capas.
Sonreí.
—Quiero hacerlo.
No se sintió como una mentira cuando salió de mis labios, y los labios de Soren se entreabrieron suavemente por la sorpresa. Algo en su expresión cambió y se afiló con posesividad, y recordé vagamente que algo que no le querías decir a un licántropo que estaba loco por ti era que querías tener a sus bebés.
Soren parecía querer devorarme ahí mismo.
—Bien —dijo Memah, interrumpiéndonos, y levantó el frasco rojo y le quitó el tapón—. Bébase esto.
El líquido tenía un olor dulzón y empalagoso, como un caramelo que se hubiera agriado, y sentí un asomo de náusea en el estómago cuando me lo acercó.
Había levantado los dedos hacia el frasco cuando Soren se lo quitó de la mano a Memah y lo olfateó.
Memah se tensó y por un segundo pareció molesta.
—Seguramente Su Alteza no pensará que intento envenenar a la princesa.
Soren la clavó con una mirada despiadada que habría hecho huir a cualquier otro.
—Lo dice como si me hubiera dado algún motivo para confiar en usted, sanadora. O en mi tía. —Volvió a olfatearlo. Ladeó la cabeza. Y entonces se empinó el frasco entero en la boca y se bebió todo su contenido.
Ahogué un grito.
—¡¿Qué haces?!
Se encogió de hombros.
—Ella es humana. Pedirle que beba algo que debería ser veneno para nosotros es contraproducente. —Sus labios sensuales se curvaron en una sonrisa de esas que derriten calzones—. Considérame tu catador por esta noche.
Puse los ojos en blanco, aguantándome la risa.
Esperamos un par de minutos; no estaba segura de para qué. Por mucho que pensara que la Reina me quería muerta y que no dudaría en envenenarme para lograrlo, también sabía que no intentaría matarme, no mientras estuviera vinculada a ellos.
Soren asintió.
—Parece que está bien...
Sus palabras se cortaron tan de repente que el corazón me dio un salto en el pecho.
El color se le extendió por las mejillas y parecía que no estaba respirando en absoluto.
—¿Soren? ¿Estás bien? —le pregunté.
Aspiró con fuerza y se levantó de golpe, girándose bruscamente hacia un lado.
—Yo... eh... —Cerró los dedos en puños y me pareció notar un leve temblor en ellos. El rojo de sus mejillas le bajaba por el cuello bronceado. Y las puntas de las orejas también se le habían puesto rojas—. Tengo que... —Se aclaró la garganta—. Volver al trabajo y...
Salió disparado escaleras arriba sin decir una palabra más.
Volví mi mirada atónita hacia Memah. Era la primera vez que veía sonreír a esa mujer, y era una sonrisa malvada y divertida.
—Creo que Su Alteza está experimentando los efectos secundarios. —Me entregó otro frasco rojo del estuche de madera—. No se preocupe. Debería pasársele en doce horas. O más.
Y habría jurado que su sonrisa se apagó cuando me bebí de un trago el contenido del frasco.
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