Academia Greymoor · Capítulo 176

Definiciones

2133 palabras · 9 min

Maisie

—Eh... —Escondí la ropa detrás de mí—. Nada.

Entrecerró los ojos.

—Es muy obvio que me estás robando la ropa.

—¿Robando? —me burlé de forma dramática—. Lo tuyo es mío, ¿recuerdas?

—Qué conveniente que lo recuerdes justo ahora —dijo—. ¿Por qué hueles así?

—¿Así cómo...? ¡Oye!

El resto de mi protesta se desvaneció en un chillido. Cruzó la habitación en tres zancadas, y de pronto tenía las manos en mi cintura y yo estaba despegándome del suelo, con los pies colgando inútilmente mientras me levantaba a la altura de sus ojos.

—¿Qué estás...?

Apenas me escuchaba. Me estaba olfateando. Presionó la nariz contra el nacimiento de mi cabello y la arrastró hacia mi sien. Luego mi mejilla. La articulación de mi mandíbula. La piel suave justo debajo de mi oreja. Entonces hizo un sonido en algún lugar profundo de su pecho, una vibración que sentí antes de oír el ronroneo, como un gato al que acababan de acariciar.

—Saliste —dijo contra mi cuello.

Se me estaba aflojando la mano con la que sujetaba su ropa.

—Sí.

—¿Buscándome?

Sus manos empezaron a moverse. Bajando por mis brazos. Abarcando mi cintura. Recorriendo mis costillas arriba y abajo. Como si siempre tuviera que estar tocándome de algún modo. El roce hizo florecer un calor bajo mi piel y dejó la carne de gallina a su paso.

—Sí —suspiré—. Te fuiste y me preocupó que lo que dije...

—No —dijo en voz baja—. Fue mucho que asimilar, pero no debí haberme ido así. Solo intentabas ayudar. Lo siento.

Cuando añadió «Haré que lo investiguen», supe que él tampoco creía que la Reina pudiera haberlo hecho. Posiblemente lo decía para apaciguarme, pero su aliento caliente, su cuerpo encima del mío, y sus manos... Me distraían.

Mi cabeza cayó hacia atrás contra la puerta del vestidor con otro suspiro suave y él aceptó la invitación.

Su nariz recorrió la columna de mi garganta, arriba, abajo, arriba otra vez, y cada pasada soltaba otro hilo de pensamiento racional de mi cabeza, y me olvidé del frío que hacía afuera y del hombre herido en el bosque.

La ropa cayó y quedó amontonada en el suelo a nuestros pies.

Mi columna se curvó. Me arqueaba hacia él como un arco tensado, y podía sentir la forma de su boca suspendida justo encima de mi pulso. Sus manos volvieron a encontrar mi cintura. Apretaron. Soltaron. Apretaron. Como si estuviera peleando consigo mismo y perdiendo.

—Llevo toda la noche intentándolo. —Su voz había bajado una octava. Áspera en los bordes—. Deshacerme de esto. Lo he intentado todo. Baños fríos. La caminadora. Trabajar. Meditar. Corrí sesenta y cuatro kilómetros. Pero nada funciona, y solo me siento... —Otra inhalación, más profunda esta vez, y sus dedos se hundieron en mis huesos de la cadera—. Más hambriento y... necesitado.

—¿N-necesitado? —repetí.

Me tomó la mano que tenía a un costado y la metió bajo su camisa, aplanándola sobre esos abdominales duros como piedra que me secaron la boca al instante.

—Ahí. —Su cara se sonrojó de un rojo impresionante—. ¿Podrías... —Aún más rojo—. ...por favor tocarme?

Mis dedos se curvaron contra su piel. Estaba ardiendo.

—T-tienes fiebre —tartamudeé.

Sus manos encontraron el dobladillo de mi blusa.

—¿Sabes? La fiebre es solo otro nombre para el calor.

El primer roce de sus nudillos subiendo por mi vientre desnudo me sacó el aire de los pulmones. Ambos bajamos la mirada para verlo subirme la blusita, hasta que quedó a pocos centímetros de la curva inferior de mis pechos.

—Y desde luego no ayuda que pueda olerte —murmuró.

El corazón me latía en la garganta.

Levantó la cabeza y vi el fino temblor de su mandíbula. Cómo se le habían dilatado tanto las pupilas que solo quedaba un delgado anillo violeta alrededor de los bordes, como eclipses.

Se veía destrozado. Se veía hambriento.

Se veía exactamente como yo me había sentido toda la noche.

Le clavé las uñas en la piel.

—Soren —dije en un suspiro. No sabía qué estaba pidiendo. Mi voz salió débil y delgada.

Sus manos subieron más. Las yemas de sus dedos rozaron la parte inferior de mis pechos, y se le dilataron las fosas nasales cuando gemí, contrayéndoseme el centro. Él gruñó y sus caderas se mecieron hacia delante contra mi muslo.

La dureza que había ahí me nubló la vista.

Algo me rondaba en el fondo de la mente. Estaba olvidando algo...

—Dime que no viniste aquí por esto. Dime que tú no lo sientes también, y me... me detendré. Te dejaré ir... —Temblaba por el esfuerzo de contenerse. Se veía y sonaba miserable.

Mis manos subieron por su pecho y él gimió, meciéndose con más fuerza contra mí. Y entonces tuvo la boca en mi garganta. Reclamándome con besos calientes, con la boca abierta, que me hicieron encoger los dedos de los pies y me mandaron un relámpago directo por la columna.

Y entonces yo le estaba sacando la camisa por la cabeza y él me aplastaba contra su cuerpo, y mis dedos se enredaron en los mechones oscuros y sedosos de su cabello. Gruñó contra mi piel cuando tiré, y el sonido vibró entre mis piernas.

Sentía cada línea de su cuerpo alineada con cada línea del mío, y podía sentirlo todo. Los planos de su pecho. La estrecha curva de su cintura. La cresta insistente de su verga frotándose contra mi cadera sin ningún ritmo.

Otro gemido se me escapó y moví las caderas para salir al encuentro de las suyas.

Maldijo. Y luego se rio con voz ronca.

—Joder —dijo—. Se supone que yo soy el fuerte. Se supone que soy el que mantiene la cabeza fría cuando todos los demás la pierden. Ese es mi trabajo. Esa es mi identidad. Y aquí estoy, restregándome contra ti como un adolescente en brama, y no puedo... no puedo parar, joder...

Sus caderas seguían moviéndose. Meciéndose. Presionando. La fricción era enloquecedora a través de las capas de tela, y podía sentir lo mojada que estaba, lo lista, cómo cada una de mis terminaciones nerviosas había migrado al lugar donde su cuerpo se encontraba con el mío.

—Entonces no pares.

Nuestros labios se encontraron. Su lengua se abrió paso entre mis labios casi al instante y sus manos estaban en todas partes a la vez. En mi cabello. En mi garganta. Bajando para agarrarme el trasero y levantarme, y le rodeé la cintura con las piernas como si siempre hubieran pertenecido ahí.

La puerta traqueteó en su marco y crujió con violencia.

Y al segundo siguiente, mi espalda chocó contra la cama.

Soren me siguió, sin apartar sus labios de los míos, y mis manos se hundieron en su cabello mientras yo levantaba las caderas para dejar que me bajara el pantalón de la pijama.

No sabía qué era, pero sentía que podía predecir cada movimiento antes de que lo hiciera, y estábamos en una extraña especie de sincronía que casi parecía coreografiada. Sabía que cuando bajara la cabeza me iba a lamer el escote, así que arqueé el pecho hacia su cara y lo dejé hundir la nariz entre mis pechos.

El frescor de la cadena alrededor de mi cuello era un contraste chocante con su boca caliente.

Él sabía que yo iba por la hebilla de su cinturón y se acercó un poco, justo para que pudiera arrancarlo. Su botón salió volando y el cierre se desgarró por completo.

Mis dedos se metieron en sus calzoncillos y él me atrapó las muñecas, sujetándomelas por encima de la cabeza.

—Nada de provocaciones —medio gruñó—. No lo soporto esta noche. Necesito... May —me reprendió cuando me estiré y le mordí el cuello, chupándole el pulso desbocado.

—Joder, esa boca tuya —gimió, soltándome las muñecas para arrancarme el pantalón.

Quizá debería dejar de usar calzones cerca de ellos. De todos modos, siempre terminaban rotos y robados.

Me retorcí contra él, queriendo más de él, y se bajó los calzoncillos de forma temeraria. Hubo un breve momento en que la duda le cruzó el rostro.

—Tus ganas no son por los tónicos, ¿verdad?

Parecía inseguro, lo cual era extraño, porque Soren nunca me había parecido el tipo de hombre que se sintiera inseguro de nada.

—No —gemí—. Quiero... esto. Te quiero a ti.

—¿Solo esta noche? —me preguntó, siguiendo mis ojos con los suyos, y la pregunta pareció más profunda de lo que debería. ¿Qué estamos haciendo? ¿En qué punto estamos de nuestra relación? ¿Qué somos? ¿Para siempre? Definiciones.

Desde que los conocí, me había dado cuenta de que odiaba definir las cosas. Las definiciones hacían que las cosas fueran reales. Y cuando hacías que las cosas fueran reales, ya no había vuelta atrás, no podías actuar como si no existieran. Cuando te lastimaban, simplemente no podías fingir ignorancia ni encontrar una salida fácil para esconder tu dolor.

Pero lo miré a los ojos y supe que no debía, pero confiaba en que no me lastimaría. Ya no, al menos. Confiaba en que me protegería. A nosotros. Mis sentimientos. Mis intereses.

Y supe que todo iba a estar bien.

Mis labios rozaron los suyos.

—Depende de cuánto me guste cómo me toques esta noche. —Le besé la comisura de la boca—. Y mañana. Y pasado mañana. Estás a prueba...

Tenía la cabeza hundida entre mis muslos antes de que terminara de hablar. Y me pasé las siguientes tres horas gritando su nombre.


Soren tenía el sueño ligero.

Así que me costó muchísimo tiempo salir del abrazo de sus brazos gruesos. Se apretaban cada vez que me movía, y él tenía la cara hundida en mi cuello, murmurando adormilado. Un dolor agradable se me había instalado entre las piernas a pesar de lo delicado y dulce que había sido Soren.

Fue una sorpresa, la verdad, descubrir que podía ser un caballero en la cama. Francamente, entre las sábanas, era el más dulce de todos.

Una somnolencia dulce se me hundió pesadamente en los huesos, haciendo casi imposible alejarme un centímetro de donde tenía la cara hundida en su pecho, con sus dedos en mi cabello, acunándome contra él.

Era otro efecto secundario de la droga. Fatiga extrema. Y sospechaba que era la única razón por la que al final logré escabullirme sin despertarlo. Estaba durmiendo para que se le pasara.

No quería, pero sabía que me carcomería si Philip Gruer se había muerto de frío allá afuera porque me distraje.

Más bien porque me... follaron hasta distraerme.

Si es que no se había ido ya. Estaba segura de que sí. Esperaba que sí.

Tomé la ropa, que seguía donde la habíamos dejado horas antes, me puse otra de las camisas elegantes de Soren y unos shorts, y luego me escabullí a la cocina con pasos silenciosos, agarré lo que quedaba en la despensa, además del botiquín de primeros auxilios, y lo envolví todo en un bulto.

Cuando volví al sendero, estaba exactamente donde lo había dejado. Aunque ahora se veía algo mejor, recostado contra el árbol, observándome mientras me acercaba. La herida del costado había sanado considerablemente, y algo de color le había vuelto al rostro a pesar del frío.

—No te fuiste —dije.

Sus ojos negros recorrieron mi cara, mi boca hinchada por los besos, mi cabello revuelto y los chupetones en mi clavícula. Si pensó algo sobre lo intensamente que olía a sexo, no lo dejó ver.

En cambio, dijo:

—¿Un consejo? —Dio un paso adelante y ese otro olor suyo, el que no lograba identificar, me llenó las fosas nasales—. De verdad no deberías reunirte con hombres extraños en la oscuridad, niñita.

Había un tinte verdoso en sus ojos y en ellos apareció una rendija, distinta a todo lo que había visto antes.

Retrocedí un paso a trompicones.

—¿Qué eres?

Sonrió, con unos colmillos lobunos.

—Lo que sea que te asuste.

Di otro paso atrás, pero me atrapó la muñeca.

Tenía las manos heladas y los ojos todavía más fríos.

—Hueles a alguien que conocí. —Ladeó la cabeza—. ¿Algún parentesco con el linaje Thorne?

Empecé a negar con la cabeza antes de recordar que el verdadero nombre de mi padre era Silas Thorne.

Me quedé helada.

—¿Cómo sabes eso...?

—No sabes lo que eres, ¿verdad? Supongo que ellos tampoco —reflexionó, apretando las manos, tan frías que quemaban—. Hay un orden en las cosas. Tú no encajas en él. Hay una razón por la que la mordida lleva a la muerte. Y si no moriste, eres una anomalía.

Forcejeé para liberarme, pero no me soltó, y más palabras le salían a borbotones, haciéndolo sonar medio loco.

—Las anomalías no existen a menos que alguien las haya creado. La pregunta más importante sería por qué. —Un brillo le iluminó los ojos—. Me gustaría estudiarte algún día.

Me quitó el bulto de las manos y, en un abrir y cerrar de ojos, había desaparecido.

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