Academia Greymoor · Capítulo 214

Soren

1371 palabras · 6 min

Soren

Faltaban exactamente dos horas para el amanecer cuando abrieron las puertas de las celdas y entraron tres guardias marchando, con los emblemas de sus uniformes brillando intensamente en la oscuridad.

—Arriba, traidor —escupió el guardia, soltando las cadenas del suelo. Aun así, me las dejó en las muñecas y las enganchó a las de los pies.

Probablemente pensaba que era una decisión sensata. Con otro prisionero, quizá habría tenido razón. Pero si yo quisiera, incluso encadenado y con las balas todavía alojadas en los hombros, una de ellas tan cerca del corazón, él ya estaría muerto.

Me puse de pie en toda mi estatura y él retrocedió arrastrando los pies. Era un hombre bajo. Un metro setenta y cinco.

Pensé que, si me escupía una vez más, le estrellaría la cabeza contra las piedras y haría un mosaico con sus sesos.

Por suerte, captó la idea y palideció, y dejó que el ejecutor híbrido que tenía detrás me tomara del brazo en su lugar y me sacara a jalones de la celda.

—Su Majestad desea hablar contigo.

Vi a Jericho en la celda contigua a la mía. Estaba sentado con serenidad, pero sabía que no estaba bien. Ninguno de nosotros lo estaba. Mercer apenas estaba consciente. Podía oler la quemadura del bozal en la cabeza de Quinlan.

Nos negaban tratamiento por la misma razón por la que nos tenían enjaulados y retenidos como sabuesos.

La Reina intentaba quebrarnos. Y cuando compareciéramos ante los Consejos, no seríamos capaces de hilar ni un solo pensamiento coherente, porque las balas de ceniza, cuando se quedaban en nuestro torrente sanguíneo con el tiempo, actuaban igual que un veneno y podían dejar daños permanentes.

—Traigan a un sanador para que les atienda las heridas —dije.

El ejecutor soltó una burla.

—¿Qué te crees que es esto? ¿Tu elegante castillo? ¿Un hotel de cinco estrellas? Aquí no exiges nada, principito. Si pudiste organizar una rebelión, seguro que unas cuantas balas no son nada.

Ladeé la cabeza y lo miré desde arriba.

—Espero que te paguen lo suficiente para cubrir los funerales de tus seres queridos si algo le sale mal aunque sea a uno de ellos.

Se quedó inmóvil. Y luego se rio.

—Qué bocota tienes para ser un hombre al que le quedan menos de cuatro horas para su ejecución.

Otro ejecutor se colocó a mi izquierda y me empujó hacia delante, junto a las hileras de celdas de renegados y exiliados.

Las celdas de los hermanos Hunt estaban vacías. En algún momento después de la medianoche, se los habían llevado a otra cámara. Para torturarlos, supongo, hasta que revelaran el verdadero paradero de Margaret.

Era digno de admiración, la verdad, lo eficaz que podía ser mi tía cuando se deshacía de sus enemigos. Ocho pájaros de un tiro era, sin duda, una estadística excelente.

Giramos a la izquierda hacia un pasillo en penumbra y luego a la derecha, y después otra vez a la izquierda. Ocho vueltas antes de llegar por fin al gran salón de recepción.

La Reina Licántropa estaba de pie, erguida, con sus atuendos reales, las manos entrelazadas a la espalda y la mirada fija en la ventana.

Me patearon las piernas para derribarme y me obligaron a arrodillarme.

—Nieve en Ashbourne, en esta época del año —dijo con gravedad, sacando la mano por la ventana para atrapar unos copos—. De verdad es un día para recordar.

—No creo que me hayas mandado llamar para hablar del clima.

El ejecutor me clavó la rodilla en la espalda y, cuando me desplomé, su compañero me estampó la bota en el pecho. Otra patada me dio en la cara.

—Cuida tu tono.

Me tragué una maldición mientras la sangre me inundaba la boca.

—Basta de eso —dijo la Reina, con la voz teñida de preocupación—. Mi sobrino ha pasado por muchas cosas hoy.

Se levantó las voluminosas faldas y se acercó. No llevaba la corona en la cabeza y, por un momento, pareció una mujer cualquiera. Ojos verdes. Cabello rojo. Una expresión suave y afectuosa.

Era engañosa.

No podía creer que alguna vez hubiera caído en esa farsa. O que corriera hacia ella cuando me lastimaba. O que durmiera en sus brazos cuando era un bebé.

Se arrodilló frente a mí; sus dedos elegantes me encontraron la barbilla con cuidado. Me levantó la cara para poder asomarse a mi maldita alma.

—Hay muchas cosas que no entiendes. Ódiame si es necesario, pero todo lo que he hecho ha sido por el bien de este mundo. —Me acarició la mejilla con el pulgar—. Antes eras un niño tan bueno.

Estaba soltando sus pendejadas de siempre otra vez.

Y yo no estaba de humor para eso.

—Sé que la tienes. Ponle precio.

Dejó caer la mano y su expresión se suavizó.

—Al contrario de lo que crees, sobrino, no tuve nada que ver con la desaparición de tu compañera. Los asuntos del corazón pueden ser muy delicados. Ya te advertí que no te convenía.

Sacudió la cabeza y se pellizcó el puente de la nariz.

—Huir con un mestizo después de conspirar con su madre para matarnos a todos... No me agradaba, pero tampoco esperaba este desastre de situación.

La miré fijamente. No tenía ni puta idea de qué estaba hablando, pero no necesitaba saberlo, porque siempre estaba diciendo mierdas.

—Guárdate tus mentiras para alguien lo bastante crédulo como para creerlas. ¿Adónde te la llevaste? —gruñí.

—¿Mentiras? —repitió. Luego alzó la mirada por encima de mi cabeza y asintió.

El guardia se apartó un momento y volvió con una pila de cosas, que le entregó a la Reina.

Capté el olor de Maisie y el corazón se me retorció con tanta violencia que hice una mueca. Dioses, la extrañaba tanto que me estaba matando por dentro.

—¿Esto es mentira, entonces? —preguntó, dejando una nota escrita a mano en el suelo frente a mí. Reconocí la letra. Era la suya. Las «e» alargadas y las «i» curvas. La forma en que escribía como si siempre tuviera prisa por llegar a la siguiente frase.

Mis ojos recorrieron la página.

Me voy.

Debí hacerlo la noche en que me arrastraron por ese altar como si fuera un premio que habían ganado. Pero la transición se interpuso y, sinceramente, a la larga jugó a mi favor.

Nunca quise a ninguno de ustedes.

Los usé. A todos. Era una sirvienta sin nada y, de repente, cuatro hombres poderosos me miraban como si yo valiera algo. Fue patético lo fácil que resultó. Un poco de llanto por aquí, un poco de ternura por allá, y todos cayeron. Querían creer que yo era suya. Así que se los permití.

Cada vez que uno de ustedes me tocaba, quería tallarme la piel hasta dejarla en carne viva. Me quedaba acostada después y sentía náuseas. A veces esperaba a que se durmieran e iba a lavarme al baño porque no soportaba la sensación de sus manos sobre mí. Odiaba cómo me miraban cuando me follaban. Como si yo fuera algo precioso. Me daban ganas de reírme.

Y Soren... tú fuiste el único que me hizo sentir que quizá de verdad podría gustarme. Pero incluso entonces, solo estaba fingiendo. Me volví muy buena fingiendo.

La verdad es que me hacían sentir asquerosa. Me hacían sentir tan enferma que quería matarme.

Me atraparon con ustedes y he buscado todas las formas posibles de romper este vínculo maldito. Y puede que por fin la haya encontrado.

Una forma de ser libre de ustedes de verdad.

Fui una chica que vio una oportunidad y la aprovechó. Y todos ustedes fueron lo bastante estúpidos como para creer que de verdad me importaban.

Si sobreviven al ataque de esta noche y encuentran esto, espero que les duela. Espero que, cuando lo lean, sientan tanto asco como el que yo sentía cada vez que tenía que despertar a su lado.

No me busquen. Estoy exactamente donde quiero estar.

Lejos de la pesadilla de ser suya. Y me cortaré la garganta yo misma si eso significa volver...

Se me escapó una risa ronca mientras miraba la horrenda firma al pie, tan idéntica a la de Maisie que me arrancó el corazón del pecho, pero aun así dije:

—Ella no escribió esta mierda.

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