Academia Greymoor · Capítulo 216
Nada
Maisie
Cierra los ojos, Ojos Brillantes. Todo terminará pronto.
Despierta. Despierta. Despierta.
Muere. Deberías buscar un acantilado y saltar. Muere. El mundo estaría mejor sin ti.
Despierta. Te necesitan.
Abrí los párpados, parpadeando, al son del pitido de las máquinas. Las luces fluorescentes blancas me hirieron los ojos con tanta fuerza que parpadeé rápidamente.
Todo estaba borroso y, cuando intenté protegerme la cara de la luz insoportablemente brillante, descubrí que no podía mover las manos. Ni siquiera las sentía.
Tenía la boca seca como la ceniza y algo me sobresalía de ella. Parecía un tubo.
El pitido incesante me estaba destrozando los oídos. Todo se sentía demasiado fuerte. Demasiado cerca.
El pitido se volvió errático.
Entraron pasos apresurados. Una mujer con lentes de montura delgada caídos sobre la nariz se inclinó sobre mí.
—Clarisse —dijo, jalando algo. La luz de una linterna me quemó el ojo cuando me obligó a abrir el párpado—. Dile que está despierta.
Los pasos apresurados se alejaron. Debí de volver a hundirme, porque la siguiente vez que abrí los ojos, había otra cara suspendida sobre la mía.
—Me has costado un montón de dinero, mujer —dijo Gruer.
Mi voz salió áspera y arrastrada alrededor del tubo.
—¿Dónde estoy...? ¿Qué pasó...? No... puedo moverme... No siento el cuerpo.
Echó un vistazo a lo largo de la cama, luego volvió a mirarme la cara con un leve interés y, entonces, bostezó.
—Te rompiste todos los huesos del cuerpo mientras te tenían llena de ceniza hasta el tope. Es como volver a ser mortal y caer desde esa altura.
Volvió a bostezar.
—Ah... ¿qué era? Algo de tu columna. Estás completamente paralizada. Los médicos dicen que es un milagro que no murieras con el impacto. —Ladeó la cabeza—. Son menos optimistas con lo de caminar. De hecho, están bastante seguros de que nunca volverás a hacerlo.
Las máquinas se dispararon. El pecho me subía y bajaba demasiado rápido, demasiado superficial.
—¿E-es-toy p-pa... ra... lizada?
—Je. —Se encogió de un hombro—. Podría ser peor. Podrías estar muerta. Como el chico.
¿El chico?
Los recuerdos regresaron con toda su fuerza, estrellándose contra mí de golpe.
Lyon.
Su mano impidiendo que cayera. La mirada desesperada en sus ojos mientras colgaba del borde. El sonido húmedo de la hoja de Tessa desgarrándole la espalda una y otra vez. Su sangre salpicándome la cara. La forma en que sus brazos seguían sujetándome incluso cuando le fallaban las fuerzas.
Luego la caída. Su cuerpo envolviendo el mío. Girando.
Ay, Diosa. Ay, Diosa. Diosa, por favor, no.
Se me escapó algo entre un sollozo y un grito, ahogado por el tubo en la boca. El pecho me convulsionó, pero mi cuerpo siguió inútil e inmóvil, bloqueado en su sitio mientras el dolor y la culpa me atravesaban como ácido.
No debió seguirme.
No debió saltar.
Debería seguir vivo. Debería estar en algún lugar seguro, poniéndole los ojos en blanco a Jenny —ay, Diosa, Jenny—, viviendo una vida que no tuviera nada que ver conmigo ni con mi existencia maldita.
Pero estaba muerto.
Por mi culpa.
Porque había sido demasiado débil. Demasiado lenta. Demasiado estúpida. Porque cada vez que alguien intentaba salvarme, lo pagaba. Primero mis padres. Las cicatrices de mis compañeros. Ahora él.
Me odié tan completamente en ese momento que quise que las máquinas se detuvieran. Quise que el pitido se callara. No merecía un sacrificio así.
Debí morir en ese acantilado. Todo, todos, el mundo sería un lugar mejor si yo simplemente desapareciera.
Gruer observó las lágrimas deslizarse por mis sienes con algo parecido a una leve curiosidad.
—Ay, por favor, no empieces con eso —se quejó, y se dejó caer con ligereza contra una silla que yo ni siquiera podía girar el cuello para ver. Luego se llevó el dorso de la mano a la frente, como si estuviera representando un número dramático.
—¡Ay, Dios, me odio! ¡Mátenme ya! ¡No quiero vivir! —dijo en un falsete agudo, mientras yo sollozaba todavía más fuerte.
Y luego sonrió, alegre.
—Si te hace sentir mejor, el chico murió rápido. Más rápido que la mayoría...
Se me comprimió el pecho y las máquinas se dispararon todavía más, aullando como una alarma en mis oídos.
Gruer arrugó la nariz.
—Ah, bueno. Supongo que eso no te hace sentir mejor. —Me observó ahogarme en mis lágrimas—. Si de verdad quieres morir, podría ponerte una almohada en la cara y asfixiarte hasta la muerte.
No podía responder. Apenas podía respirar.
—Por cierto, hay más.
Mi mirada se movió a través de las lágrimas, y él dijo:
—Estabas embarazada.
Al principio las palabras no calaron. Había una desconexión entre ellas y mi cerebro.
Las oí a pedazos. Embarazada. Un bebé. ¿Estaba embarazada? Estaba.
Lo había perdido.
Si creía que no podían quebrarme más de lo que ya estaba, me equivocaba.
Algo dentro de mí se abrió con tanta violencia que pensé que me partiría en dos. Oí a alguien llorar a gritos a lo lejos. Era un llanto profundo, en carne viva, feo y roto.
Era yo.
Lloré por Lyon. Lloré por el hijo que ni siquiera sabía que existía. Por el futuro que me habían robado antes de que tuviera siquiera la oportunidad de empezar. Por el hecho de que nunca sabría si habría sido niño o niña.
Lloré por mis compañeros.
Lloré por mí.
Por la vida que me habían despedazado trozo a trozo hasta que no quedó nada más que este cascarón roto en una cama de hospital. Por cada persona que alguna vez había intentado protegerme y lo había pagado. Por la culpa que se me asentaba en el pecho como un ser vivo, susurrando que debí ser yo. Que siempre debí ser yo.
Lloré hasta tener la garganta en carne viva. Hasta que se me acabaron las lágrimas y solo quedaron los temblores. Hasta que las máquinas se calmaron y la habitación se desvaneció en los bordes de mi visión.
Lloré hasta que no quedó nada dentro de mí.
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