Academia Greymoor · Capítulo 254

La competencia II

1017 palabras · 4 min

Maisie

Nos giramos y ahí estaba Juliette, saludando con la mano mientras se abría paso entre la multitud frenética, con las manos aferradas a las correas de la mochila.

Apenas pude decir una palabra antes de que me echara los brazos al cuello y me apretara en un abrazo fuerte.

—Mon ami —susurró contra mi cuello—. Perdón que no pude pasar a la mansión a verte. Quinn dijo que estabas descansando. ¿Tú ya sientes mejor?

Asentí con una sonrisa. Se sentía bien tener a Juliette otra vez de mi lado.

—Mucho.

—Pude pasar esta mañana, pero estaba buscando a Philip. —Su expresión se volvió culpable—. Tenía miedo de que lo perdí y más miedo de cómo decirte a ti. No lo encontré por cinco horas, Maisie…

—¿Quién es Philip?

Nuestras miradas se dispararon hacia Jericho ante la hostilidad repentina en su voz.

Una sonrisa traviesa se extendió por los labios de Juliette.

—El nuevo novio de Maisie.

Jericho se puso rígido.

—Él es oscuro —continuó, y me pregunté si tenía ganas de morir, porque los ojos de Jericho empezaban a oscurecerse y a ella de verdad no parecía importarle—. Tiene los ojos verdes más hermosos de todos. Es todavía más lindo que tú, Jericho. Y todavía mejor, él tiene cola.

—¿Cola? —repitió Jericho, frunciendo el ceño. Entonces toda la tensión se le escurrió del cuerpo y soltó algo parecido a una risita—. Es el gato, ¿verdad?

Juliette asintió, feliz.

—Y, ¿lo encontraste?

Apostaba a que no. Lo más probable era que se hubiera esfumado a algún lugar nuevo cuando ella no estaba mirando.

Gruer no era de los que se quedaban mucho tiempo en un mismo sitio. Una noche era Alemania. Santorini la siguiente. Singapur después. No dejaba de aparecer por todas partes, como si este fuera su mundo y todos nosotros solo viviéramos en él.

No quería romperle el corazón, porque de verdad parecía que le gustaba el gato, pero lo más seguro era que nunca volviera a verlo.

Lo cual era bueno para ella…

—Sí —dijo, radiante—. Resulta que estaba en mi clóset todo el tiempo. Estaba envuelto y escondido entre mi ropa interior.

Pero qué demonios…

—¿Tú segura que no quieres tu gato de vuelta, Maisie? —preguntó con unos ojos enormes y suplicantes que decían que no me habría devuelto el gato ni aunque se lo pidiera.

Un ronroneo suave salió de detrás de ella y la miré con incredulidad.

—¿Lo trajiste contigo?

Una cola peluda asomó de su mochila y se enroscó en un mechón de su cabello. Sonrió, apenada.

—No me dejaba salir de mi cuarto sola. Y no puedo decir no a él cuando me mira con esos ojos hermosos.

Jericho y yo intercambiamos miradas raras.

¿Le parecían hermosos unos ojos verdes de demonio?

Claramente, mis amigos y yo íbamos a necesitar viajes al psiquiátrico planeados por separado cuando todo esto terminara.

—Sí, claro que te lo puedes quedar —no había terminado de decir cuando volvió a echarme los brazos encima y me plantó un beso sonoro en cada mejilla.


La oficina de Jericho era un espacio impresionante de estanterías interminables y roble de buen gusto. Su escritorio de caoba oscura y lujosa estaba ordenado, con pilas y pilas de libros, archivos, una placa con su nombre, un portarretratos boca abajo para ocultar la foto, una linda fuentecita de marcadores y lápices, y hojas acomodadas con cuidado, como si quien lo hubiera hecho tuviera un caso severo de TOC.

Ni siquiera en las estanterías había un solo tomo fuera de lugar. Todo era oscuro y masculino, y tampoco ayudaba nada a mis ovarios poder olerlo en cada rincón.

Me distraía tanto que llevaba diez minutos hablándome y yo no había oído ni una puta palabra.

—¿Adams? —dijo cuando no respondí a su pregunta.

No. Estaba demasiado ocupada mirándole la boca.

—Perdón, ¿p-podrías repetirlo? —tartamudeé, con las mejillas ardiendo.

Se recostó en su asiento. Los músculos se le tensaban contra la camisa blanca impecable. Había dejado el saco sobre la silla detrás de él en cuanto entramos a la oficina.

El aire acondicionado soplaba a todo lo que daba, pero se sentía como si me estuvieran achicharrando las llamas del infierno por todas las cosas asquerosas que llevaba pensando desde que cerró la puerta.

Jericho empujó los papeles hacia mí.

—Las ocho evaluaciones salieron con calificaciones excelentes, Adams. Lo cual consideraría impresionante si no fuera anormal. Ni siquiera los estudiantes que cursaron el año académico completo sacaron calificaciones tan altas.

Parpadeé.

—¿Crees que hice trampa?

Entrelazó los dedos callosos sobre el escritorio.

—A menos que hayas estado estudiando todos los días durante los últimos nueve meses, cosa que los dos sabemos que no hiciste, va a ser extremadamente difícil explicarle esto al consejo escolar.

Me crucé de brazos.

—Eso suena a problema tuyo. Si presenté los exámenes de admisión a Greymoor estudiando en un plazo imposible, créeme cuando te digo que esto fue pan comido.

No se lo creyó.

—Uno casi pensaría que venías preparada para esto, Adams. —Se inclinó hacia adelante en su asiento, desarmándome pieza por pieza con los ojos—. Que Mercer te trajera de vuelta no fue una coincidencia, ¿verdad?

Mantuve la expresión vacía, pero el corazón se me había saltado un latido.

—¿Qué estás haciendo aquí de verdad, Adams? —preguntó—. ¿Por qué volviste de verdad?

Las palmas se me pusieron frías y húmedas. Que hubiera sacado la verdad tan rápido a partir de unas cuantas calificaciones era casi alarmante.

Pero era Jericho. Dale a ese hombre una rama y una cuerda y es capaz de hacer un barco con ellas.

—No sé de qué estás hablando…

El picaporte giró.

—¿Señor Ivanov? —dijo una voz femenina, casi sensual.

Levanté la cabeza de golpe cuando una mujer apareció en el umbral.

La recordaba de la práctica de ayer, y del pasillo. Zaytsev. La mujer del Consejo que le había estado batiendo sus lindas pestañas a Jericho.

Pero no fue el recuerdo ni su aroma cargado de perfume lo que me hizo estallar. Fue la forma en que iba vestida lo que hizo que mi licántropa gruñera posesiva en mi pecho.

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