Academia Greymoor · Capítulo 257
La competencia V
Maisie
Salí de debajo del escritorio a gatas, con las mejillas ardiendo bajo la mirada afilada como una navaja de la directora Atlas. Arrugó la nariz con desaprobación en cuanto me vio de cuerpo entero.
Tenía la camiseta torcida y subida hasta media barriga. Un lado del sostén seguía desabrochado. Y sentía el escozor de lo que tenía que ser una constelación de chupetones frescos floreciéndome por el cuello.
Solté una risa forzada, alegre y nerviosa, mientras me ponía de pie y me acomodaba la ropa.
—¡Directora! Hola. No la había visto. —Mi voz salió una octava demasiado aguda—. Jer… El profesor Ivanov y yo solo estábamos hablando de mi… rendimiento académico. Muy impresionante. Y luego se me cayó el bolígrafo, así que solo estaba… buscándolo… recuperándolo… —Hice un gesto vago hacia debajo del escritorio y mi mano chocó con la fuentecita de marcadores de Jericho.
Todo se volcó y se estrelló contra el suelo en distintos colores, y un marcador brillante rodó en dirección a Atlas y le dio un golpecito suave en el pie.
El silencio que siguió fue tan fuerte que resonó en la oficina.
Jericho se pasó una mano por la cara. Le temblaban los hombros. Creí que se estaba riendo.
—Este comportamiento es inaceptable —dijo ella, cortante—. De ambos. No voy a permitir que profesores y estudiantes conviertan mi academia en un burdel. Mantengan sus… actividades fuera de estos terrenos. Les doy un minuto para… —Sus ojos recorrieron el estado desaliñado de los dos.
Se pellizcó el puente de la nariz y negó con la cabeza.
—Un. Minuto.
La puerta apenas se había cerrado detrás de ella cuando Jericho se movió y estampó su boca contra la mía, con una mano ya cerrada en un puño en mi cabello mientras la otra me agarraba la cadera y me jalaba hasta pegarme a él.
Solté un sonido de sorpresa que se convirtió en gemido cuando su lengua se deslizó contra la mía.
Mi espalda chocó contra la estantería con tanta fuerza que hizo traquetear los lomos y tiró unos cuantos libros, y un suspiro de sufrimiento eterno llegó desde el pasillo.
—Que la Diosa nos salve a todos —masculló Atlas, aunque apenas lo registré.
La línea dura del cuerpo de Jericho me mantenía inmovilizada, y el calor se me acumuló entre los muslos mientras el bulto grueso de su verga me presionaba el vientre.
Mis manos bajaron por la parte delantera de su camisa, sobre los músculos deliciosos de sus bíceps y su torso.
Diosa, necesitaba ayuda. No podía dejar de tocarlo. Me encantaba tocarlo.
—Dios, te extrañé —susurré entre besos.
Soltó un gruñido, y cuando mis manos volvieron a encontrar sus pantalones, Jericho gruñó dentro de mi boca. Me atrapó ambas muñecas con una mano antes de que pudiera meterlas en sus calzoncillos y me las estampó por encima de la cabeza contra la estantería.
La posición me dejó estirada bajo él, completamente a su merced, y él la aprovechó sin piedad, besándome más profundo, más lento, como si tuviera todo el tiempo del mundo para arruinarme.
Cuando por fin apartó la boca, los dos respirábamos con fuerza.
—Terminamos esto después —dijo contra mis labios, con la voz ronca.
Tenía la cabeza llena de aire.
—¿E-en la mansión? —logré decir.
Negó una vez con la cabeza, todavía tan cerca que fue una tortura cuando me impidió volver a besarlo.
—La escuela es más segura por ahora. De todos modos, esta noche me toca hacer de niñero.
—¿Hacer de niñero?
—Soren dijo que uno de nosotros tiene que estar en el mismo edificio que tú en todo momento —dijo—. Anteayer le tocó a Quinlan, y ayer a Soren.
Ah. Ah. Eso explicaba muchas cosas. ¿O sea que mañana le tocaba a Mercer? Ay, no. De verdad no me hacía ninguna ilusión.
Levanté la cara, persiguiendo su boca.
—Voy a dejar la puerta sin seguro.
Sentí que Jericho sonreía contra mis labios.
—No lo hagas. Voy a usar la ventana.
Se me escapó una risa de sorpresa.
—Está a varios pisos de altura.
Su sonrisa se ensanchó.
—Lo sé.
Me robó otro beso. Más suave esta vez, más dulce, y la cabeza se me fue a las nubes. Cuando se apartó, me tambaleé por la pérdida de su calor.
Luego me tomó del hombro para acomodarme el tirante del sostén, antes de jalarme la camiseta a su lugar. Después me arregló el cabello, colocándome unos mechones rebeldes detrás de la oreja.
—Perfecta —dijo, y me sonrojé muchísimo.
Luego se arregló su propia ropa y se puso el saco, con aspecto totalmente profesional otra vez.
Bueno. Casi.
Tenía arañazos de mis uñas en el cuello. Y un chupetón intenso justo encima del cuello de la camisa, donde todo el mundo podía verlo.
No se lo dije. Esta mañana me sentía especialmente territorial. Quería que todos supieran que era mío.
Echó a andar hacia la puerta. Yo no me moví. Me quedé ahí parada, con la espalda todavía contra la estantería, los labios hinchados, el corazón a golpes, mirándolo como una idiota a la que le había dado la flecha de Cupido.
Jericho miró hacia atrás. Se le arrugaron las comisuras de los ojos mientras asentía secamente.
—Adams.
—Voy justo detrás de ti —dije con una voz suave y cantarina.
Estaba bastante segura de que si intentaba caminar me iba a caer. No solo estaba incómodamente mojada; las piernas se me habían vuelto gelatina.
Minutos después de que se fue, por fin me arrastré hacia la puerta sobre unas piernas temblorosas. Mis dedos acababan de cerrarse sobre el metal frío del picaporte cuando se me erizaron todos los vellos del cuerpo.
La temperatura de la oficina bajó tan rápido que el aliento se me condensó delante de la cara.
Había algo parado detrás de mí.
No exactamente una presencia, más bien un peso, pesado y antiguo, posado justo sobre mi hombro izquierdo. Me di la vuelta, con el corazón a golpes, pero la habitación estaba vacía.
Aun así la sensación se intensificó, presionando con más fuerza, colándose más allá de la piel y los huesos hasta estar dentro de mi cráneo, con dedos fríos arrastrándose despacio entre mis pensamientos.
Una voz flotó a través del silencio. Débil, como si hablara desde muy, muy lejos.
—Te encontré —dijo.
Mi licántropa empezó a revolverse en mi pecho y abrí la puerta de golpe, jadeando y resollando por el frío helado que tenía en el pecho.
¿Qué demonios?
Medio tropecé con la directora Atlas, que se asomó a la oficina detrás de mí al ver mi expresión aterrada.
Pero sabía que no iba a encontrar nada.
Se me erizó la piel mientras el resto de esa sensación horrible desaparecía, y no pude sacudirme la impresión espantosa de que se parecía muchísimo a un maldito «te toqué».
—Ven conmigo, Adams —dijo Atlas después de un momento.
—¿P-por qué? —pregunté, todavía conmocionada. Miré hacia atrás, a la puerta de la oficina, medio esperando que una criatura grotesca viniera por mi cabeza, pero no pasó nada.
Me quedé mirando la espalda de Atlas mientras nos llevaba escaleras abajo, hacia el estruendo de los pasillos ruidosos.
—¿Estoy en algún tipo de problema?
—No exactamente —dijo, con las manos entrelazadas a la espalda. Llevaba un rollo de papeles en la mano—. La Reina te quiere lejos de la competencia hoy.
Dejé de caminar.
—La Reina… ¿Va a estar aquí hoy?
Cerré los puños a los costados mientras Atlas se giraba para estudiarme.
—Por supuesto. Es la anfitriona. —Notó que se me aceleraba el corazón, y me pregunté si podía ver más allá de mi piel y sentir la repentina sed de sangre que me estaba ahogando.
Me empezaron a zumbar los oídos. ¿Por qué? ¿Me tenía miedo? ¿Miedo de que, si me acercaba lo suficiente, pudiera rodearle el cuello con las manos y partírselo en dos?
A mi licántropa le emocionó la idea. «Sí, sí, sí», pensó.
—Sus instrucciones exactas fueron tenerte castigada todo el día —dijo—. Pero Su Alteza me paga generosamente por tu comodidad. Así que, en cambio, te asigné una tarea importante.
Me quedé mirando el montón de papeles que me estaba entregando.
—Su Alteza —repetí—. Creí que usted trabajaba para la Reina.
—Trabajo para quien me llene los bolsillos, niña —dijo—. Pero el dinero no suele serlo todo. A veces la ética es importante, y de verdad me preocupo por mis estudiantes como si fueran mis hijos.
¿Ética? ¿Hablaba de ética cuando se acostaba con Bastian?
No tenía idea de que lo había dicho en voz alta hasta que ella parpadeó. Nada parecía perturbar a esa mujer.
—¿Tienes algún problema con mi vida personal?
—No, claro que no —dije.
—Bien —dijo, señalando los papeles con la cabeza—. Esta es la lista de los estudiantes que vamos a recibir de Hellsgrave. Las clases de hoy son más cortas por la competencia, y después de eso les enseñarás Greymoor a los estudiantes de Hellsgrave.
—¿Como una guía turística? —mascullé.
—Como una guía turística —respondió—. Y cuando termines con eso, te unirás al resto del personal en la Residencia para ayudar a organizar su alojamiento.
Dio un paso al frente.
—No tienes permitido acercarte al estadio. Si descubro que de alguna forma te colaste, haré que te detengan, y descubrirás dónde se mantiene a los estudiantes rebeldes e incontrolables. Y cómo se les disciplina. Los guardias estarán atentos. No des por sentada mi indulgencia.
Apreté los labios. Pero asentí de todos modos.
—No lo haré.
Sonrió, radiante como el sol.
—Bien. Que tengas un buen día, Adams.
Definitivamente iba a ir.
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