Academia Greymoor · Capítulo 28
Mi señora
Maisie
—Es vergonzosamente igual con todos los hombres poderosos del mundo —explicó Jenny con una sonrisita orgullosa y traviesa—. Lo que no les llega fácil es justo lo que no pueden dejar de pensar.
—Paso dos —continuó Regina—. Aceptas bailar con otro. Alguien nuevo. Alguien capaz de despertar celos. Hicimos una lista de varios herederos Alfa que podrían ser las mejores opciones. Tienes que disfrutar de verdad de su compañía. Reírte. Coquetear. Desde el otro lado del salón, eso se lee como alguien que está completamente cómoda y ni siquiera se da cuenta de que ellos existen.
—Y eso basta para provocar a cualquier hombre —se ríe Jenny.
Hasta la segunda artista, Fiona, asiente dándole la razón.
Yo pensaba que todas nos estábamos metiendo en algo que nos quedaba grande, al creer que alguien siquiera querría bailar conmigo. Pero seguí escuchando.
—Paso tres —trinó Jenny—. Si uno de ellos se te acerca, y lo hará, y te pide un baile, lo rechazas. Con educación, y te buscas un lugar más interesante donde estar.
Me quedé boquiabierta.
—Es un baile, Jenny. Supongamos que estamos lo bastante locas como para creer que esto podría funcionar: rechazar un baile de un licántropo es, como mínimo, escandaloso. Y algo que nunca se ha visto.
La sonrisa de Jenny dejó ver sus dientes blancos y perfectos.
—Por eso vas a ser la primera en hacerlo. Vas a ser la chica por cuya atención compiten, y eso automáticamente te eleva en ese salón.
—El cuarto paso está hecho a la medida de cada uno, porque no son iguales. —Regina frunció los labios—. Y un mismo enfoque no va a funcionar con los cuatro...
Para cuando Regina y Jenny terminaron de explicarme otro plan descabellado más, ya me habían ajustado el vestido.
Regina sonrió, me tomó de los hombros y me giró para que me mirara en el espejo.
Se me atoró el aliento en la garganta.
Esa no era yo.
Estaba mirando a otra persona. Una mujer de rojo, hermosa, oscura, sombría y misteriosa.
Tenía los ojos pintados con maquillaje oscuro. Los labios, de un rojo pecaminoso que parecía una manzana oscura y brillante. La máscara atada a mi cabeza era de encaje negro, impactante contra mi piel pálida y delicada. De las orejas me colgaban rubíes de la línea de moda del papá de Jenny.
Y el vestido...
Diosa, el vestido.
Era rojo. Un rojo tan saturado que se volvía negro en las sombras y sangraba de nuevo a carmesí donde le daba la luz. Tenía un solo hombro, que descendía de forma deslumbrante hacia el escote corazón profundo que me sujetaba los pechos con firmeza y, al mismo tiempo, dejaba ver lo suficiente como para provocar.
El corpiño se me ajustaba al torso como si lo hubieran tallado en mi propia piel, estrechándose hacia la cintura, tan ceñida que parecía irreal.
A partir de ahí se abría en abanico, con líneas de pedrería como plumas, como fuego oscuro, que corrían de la cadera al dobladillo, carmesí y negro moviéndose uno contra otro como algo vivo. La falda tenía una abertura a medio muslo que me dejaba ver las piernas a cada paso que daba.
Era la cosa más hermosa, peligrosa y sexy.
No parecía una torpe. Ni una sirvienta. No parecía Maisie Adams, a la que pisoteaban una y otra vez.
Levanté la barbilla.
Me veía... seductora.
Entonces entendí que el papel que me tocaba interpretar en el baile no era el de una doncella ni el de una princesa.
Sino el de una Reina.
Para no arriesgarse a que las reconocieran de inmediato, Regina y Jenny habían entrado al salón por la entrada menos visible.
Para el plan era importante que yo hiciera una entrada triunfal. Tenían que verme para que el plan de Regina funcionara.
Pero a medida que me acercaba al Gran Salón y el sonido del vals vibraba a lo largo de las paredes, un enjambre de abejas alzó el vuelo en mi estómago. Veía las puertas rojas, altas e imponentes, y a los guardias apostados afuera, cotejando la lista de invitados.
Desde ahí veía las guirnaldas y las decoraciones extravagantes que adornaban el salón. También veía a la multitud, vestida con sus mejores galas.
Las náuseas me retorcieron el estómago y me dieron unas ganas repentinas de dar media vuelta y huir de regreso a mi cuarto.
¿Qué rayos estaba haciendo aquí?
Pasé junto a un grupo de mujeres que reconocí como amigas de la Luna Kaida mientras me dirigía a las puertas con los puños apretados y sudorosos. El corazón me latía con fuerza en el pecho cuando el guardia —un hombre corpulento hasta dar miedo y de cara severa— levantó la vista de la lista de invitados.
Y se quedó paralizado, con la mandíbula colgando, en el mismo instante en que las mujeres ahogaron un grito:
—¿Quién es esa?
O esto iba a salir de maravilla, o iba a salir terriblemente mal. Sea como fuera, seguí el consejo de Jenny y levanté la barbilla, hablando con la misma arrogancia que tantas veces le había oído a Lana.
—Kayla —dije—. Invitada de los Park.
Al guardia se le enrojecieron las mejillas y, sin siquiera mirar la lista de invitados, me hizo pasar.
—Por supuesto, mi señora.
Algo dentro de mí se enfrió. Mi señora.
El guardia en cuestión era Reid Calloway, el futuro Gamma de Cole, su amigo y su guardia de mayor confianza. Cuando estábamos en la preparatoria, para entretener a Cole, me habían puesto en medio de la cancha mientras me lanzaban bolas de pintura de colores, compitiendo por ver quién tenía el tiro más fuerte.
Que Reid no me reconociera y me llamara Señora por primera vez, y no cerda, me llenó de algo muy parecido a la rabia.
Saber que lo único que hacía falta para que me trataran como a una persona aquí era disolver quien yo era y convertirme en otra. En alguien que no era.
Y de pronto encontré la determinación que necesitaba para hacer mía esta noche. Porque ya estaba harta de esconderme y hacerme pequeña por Lana, por todos los demás. Si tenía una sola noche para doblegar el mundo a mis reglas y poner de rodillas a cada una de las personas que me habían hecho daño, iba a aprovechar la oportunidad y devolver el golpe sin piedad.
Las puertas se abrieron para mí.
Y el salón quedó en silencio cuando di mi primer paso dentro del baile de compromiso.
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