Academia Greymoor · Capítulo 29
El efecto mariposa I
Mercer
No era frecuente que me encontrara en un estado de total desconcierto: los labios entreabiertos, el aliento entrecortado, las fosas nasales dilatadas y la presión arterial disparada a niveles absurdos.
Por lo general, el control era más fácil.
Pero los sentidos me abandonaron en el momento en que Maisie Adams entró en el salón.
La multitud se abrió para ella al instante, abriéndole paso. Llevaba la barbilla en alto, la espalda recta y el paso seguro. Confiada. Como si supiera que ella era el momento.
Era un monumento.
Me negué a aceptar que lo que veía era real y no un producto de mi imaginación, hasta que todas las cabezas del salón se giraron para mirarla. Y entonces la pregunta brotó de todas las bocas.
¿Quién es esa?
Pero yo la reconocí, incluso a través de la máscara de encaje. Esos labios carnosos que nunca sabían cuándo quedarse cerrados, cubiertos de un rojo tan pecaminoso y profundo que sentí que toda la sangre se me iba a la entrepierna de golpe. Esos ojos que te atravesaban y expresaban todo lo que sentía. Ese cuello esbelto que había imaginado rodear con mis dedos demasiadas veces.
Para romperlo. O para marcarlo. Ya no sabía distinguirlo.
Ese cuerpo condenado, voluptuoso y, aun así, menudo de una forma que hacía que un hombre ansiara cosas que no debía. Vestida con una ropa que le envolvía el cuerpo como rojo líquido, sentí que la cosa dentro de mi pecho se sacudía con saña. El pulso me martilleaba con violencia.
Y me di cuenta de que no era el único en quien la entrada de la señorita Adams había tenido ese efecto. El vals se había detenido para reconocerla. El compromiso quedó olvidado de pronto. Nada más importaba, salvo el vaivén seductor de esas caderas.
O esa cara. Esos ojos. Esa boca.
Se me encendió la piel.
Los sentimientos de mis hermanos entraron en tromba a través del vínculo que compartíamos todos, y una sola palabra recorrió el colectivo.
Joder.
Soren
Camina hacia ella. Tómala de la mano. Baila con ella, me dijo mi licántropo.
Me aparté de la mujer de cabello negro azabache con la que estaba bailando, con una disculpa distraída escapándoseme de los labios. Mis piernas se movieron por voluntad propia, con una desesperación repentina hinchándome el pecho por acortar la distancia.
No creía que fuera a volver a estar cuerdo nunca si no bailaba con esta mujer. Me había robado el aliento y los pensamientos, moviéndose como algo salido de un sueño. Y cuando llegó al pie de la escalera, yo estaba ahí.
Se tomó el vestido y, con toda la elegancia de un vals, hizo una reverencia perfecta.
—Alteza.
Entreabrí los labios.
—¿Adams? —susurré, sin estar seguro de no estar alucinando.
—¿Sí?
Me sobresalté por segunda vez en cinco minutos. Fruncí el ceño. Le escudriñé la cara. No había nada que la delatara. Ninguna vulnerabilidad. Hasta su voz había cambiado respecto a la que había oído antes en aquel salón de recepción.
Le faltaba la vacilación de siempre. Sonaba sensual. Se me erizó la piel. De necesidad. De asombro. De la necesidad de poseerla.
Le ofrecí la mano, con más floritura y reverencia de las que jamás le había mostrado a una mujer al invitarla a bailar.
—¿Me permite?
Unos brillantes ojos azules descendieron y se quedaron mirando mis dedos durante un largo momento.
Luego sus labios rojos se curvaron.
—Debo declinar su ofrecimiento, príncipe Soren.
Se oyeron exclamaciones ahogadas por todo el salón.
Parpadeé, sin estar seguro de haberla oído bien.
Nadie me decía que no. Nadie me rechazaba nunca. Yo rara vez pedía un baile. Así era la vida de un príncipe. Una mujer te batía sus bonitas pestañas en una reunión, dejaba caer un pañuelo o un abanico, y estabas obligado a llevarla a la pista, sonreír, esquivar sus insinuaciones, mantener el encanto mientras te cogían con la mirada, mientras otras se tomaban la libertad de ver hasta dónde podían manosearte.
No podías negarte. No podías contestarles mal. No podías salirte de la línea. La corona era una prisión privada en sí misma.
Pero Maisie Adams era la primera mujer que me hacía abandonar cualquier pensamiento sobre el deber, sobre «guardar las apariencias».
La vi y olvidé la corona sobre mi frente. Olvidé el compromiso. Olvidé a Tessa. Olvidé a mi tía. Al Consejo, que presionaba para despojarme de mi título.
No podía controlarme. No quería hacerlo.
Quería tener las manos alrededor de la curva de su cintura. Quería su pecho apretado contra el mío mientras la guiaba en el vals. Quería esos ojos llenos de estrellas mirándome desde abajo como si yo fuera el único hombre del salón. Quería probar sus labios.
—¿No? —repetí, incapaz de hacerme a la idea de la palabra «no» en boca de una mujer que no fuera mi tía.
—No —repitió Maisie Adams—. Si me disculpa.
Volvió a hacer una reverencia, respetuosa, y giró sobre sus talones, ignorándome por completo. Me quedé ahí. Confundido. Sin entender nada.
Vi cómo se alejaba de espaldas, sintiendo que algo caliente se me extendía por el pecho, algo para lo que no tenía nombre. Y no fue hasta que tomó la mano de un chucho mitad humano, mitad lobo, que reconocí ese sentimiento terrible.
Rechazo.
Y por los dioses que ardía.
Maisie
Cuando Soren me vio, se transformó.
No creo que, ni siquiera después de acercarse a mí, se permitiera creer que era yo hasta que hablé.
—¿Sí?
Se sobresaltó un poco. Luego frunció el ceño. Luego se quedó perfectamente inmóvil y entreabrió los labios. Me miró con incredulidad y yo le sostuve la mirada.
Con su esmoquin negro y la corona sobre la frente, era, sin lugar a dudas, el hombre más hermoso que había visto en mi vida. Del arete de la oreja izquierda le colgaba una media luna de plata, y durante un momento de locura se me ocurrió atraparle el lóbulo entre los dientes y mordisquearlo.
No, Maisie. Concéntrate. Sí, está para comérselo. Pero no puedes perderte en esos preciosos ojos violeta...
Me estaba mirando. Mirándome de verdad. No como a una molestia. Ni como a un caso de caridad. Ni como a un insecto que merecía estar bajo sus zapatos. Ni como a un mueble.
Soren me miraba como si fuera una mujer.
Un rubor cálido empezó a subirme desde un lugar muy profundo dentro de mí... más arriba, más arriba. Menos mal que llevaba tanto maquillaje que seguramente el sonrojo no se notaba.
Estaba tan quieto, tan inmóvil, que una sonrisita triunfal quería escapárseme y asentarse en mis labios.
Pero compuse la expresión en una fría indiferencia.
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