Academia Greymoor · Capítulo 32

El efecto mariposa IV

1858 palabras · 8 min

Maisie

Doce minutos.

Eso fue lo que tardaron. Conté cada segundo agónico mientras cientos de miembros de la élite de Ashbourne me miraban con reprobación, cuchicheando que era una deshonra no solo para la manada, sino para mi padre, a quien todos conocían por su honradez antes de morir.

Me ardían los ojos, pero me negué a dejar caer las lágrimas. No busqué a los licántropos. No quería ver si me creían. No quería ver el desdén en sus caras. Ni en la de nadie.

Sabía que mis mejores amigas jamás me harían algo así. Pero ¿dónde estaban?

Cuando los guardias regresaron, Reid Calloway cargaba un pequeño baúl de madera que no reconocí. Su rostro, que hacía apenas una hora me había mirado con admiración, ahora estaba marcado por el asco.

—¿Y bien? —exigió el Alfa Dante, impaciente.

—Encontramos esto escondido debajo de su cama, Alfa —dijo Reid, y dejó el baúl en el suelo con un golpe sordo.

Se me hundió el estómago cuando levantó la tapa, y una ola de silencio cayó sobre el salón.

Las joyas se desparramaron por el mármol. Piedras invaluables y baratijas de oro puro y… La Luna Kaida dio un paso al frente y arrebató de la parte superior del baúl el anillo de rubí que el Alfa Dante le había regalado por su aniversario hacía dos meses. Luego apareció el reloj del Alfa Dante y, uno por uno, distinguidos invitados de la manada reconocieron en el baúl objetos que les habían robado.

—¡Eso no es mío! —grité, con la voz quebrada por el pánico—. ¡Alguien lo puso ahí! Les juro que nunca había visto ese baúl en mi vida…

—¿Qué es eso? —Lana se adelantó, frunciendo el ceño mientras metía la mano en el baúl y sacaba cuatro frascos idénticos llenos de un líquido espeso y ennegrecido.

Sin previo aviso, destapó el primero. Un hedor fétido y acre llenó el aire; con solo olerlo me dieron náuseas. Varios invitados retrocedieron. Diosa, ¿qué demonios es eso?

De pronto, a Lana se le desorbitaron los ojos y soltó los frascos. Se hicieron añicos contra el mármol y el líquido negro se extendió como aceite. Se agarró la garganta, con la piel perdiendo todo el color, y retrocedió tambaleándose, ahogándose.

—Acónito —jadeó con voz ronca.

La palabra estalló en el salón. La gente se apartó a trompicones del veneno que se esparcía. Elara Braxton gritó «¡Que alguien traiga al médico!» mientras Lana se desplomaba, boqueando en busca de aire.

No podía respirar. Esto no estaba pasando. No entendía cómo estaba pasando nada de esto. Me temblaban las manos con violencia mientras miraba los vidrios rotos y el líquido negro que avanzaba poco a poco hacia mis zapatos.

Era la primera vez en mi vida que veía acónito.

La Luna Kaida cruzó la distancia en dos zancadas furiosas y me golpeó con tanta fuerza que se me llenó la vista de manchas negras.

—Mocosa desagradecida —escupió, con la voz temblando de rabia—. Después de todo lo que hicimos por ti… acogerte cuando nadie más lo haría, darte de comer, vestirte, tolerar tu presencia en nuestra casa, ¿y nos lo pagas robándole a esta manada y conspirando con renegados para matarnos a todos?

Las lágrimas me rodaron por las mejillas.

—Le juro que yo no hice esto…

Me agarró de la barbilla y me obligó a levantar la cara para que todos pudieran contemplar el rostro de una ladrona y una traidora.

—El acónito es ilegal en Ashbourne, y solo los territorios renegados lo cultivan en cantidad suficiente para usarlo para debilitarnos y masacrarnos. Dime de qué otra forma una sirvienta inútil como tú pudo haber conseguido una dosis tan concentrada como esa, a menos que hayas estado conspirando con ellos.

Negué con la cabeza.

—No sé cómo llegó ese baúl a mi cuarto…

—¡Basta! —chilló la Luna Kaida, clavándome los dedos dolorosamente en la mejilla—. Llevas hirviendo de resentimiento desde que mi hijo te rechazó y eligió a Lana. Todos han visto cómo te le lanzas desesperada, zorreando por ahí, intentando destruir su compromiso. ¿Esta es tu venganza? ¿Planeabas asesinar a tu futuro Alfa y a tu futura Luna para vernos morir a todos en agonía mientras los renegados entraban a terminar el trabajo?

Para entonces sollozaba sin control, con el pecho agitado por el shock y el terror.

—¡Yo jamás haría algo así! Lana debe de haber…

El Beta Braxton avanzó a grandes pasos, con la cara enrojecida de ira.

—¡Incluso ahora intenta echarle la culpa a mi hija, que en este momento está luchando por su vida! —Le lanzó una mirada dura al Alfa Dante—. Nada de esto habría pasado si simplemente la hubieras desterrado como debiste hacerlo cuando le levantó la mano a su futura Luna. Si esta basura sigue en la manada después de esta noche, nuestra alianza se acaba.

La Luna Kaida me soltó con un empujón y trastabillé. El salón entero se volvió hacia el Alfa Dante, a la espera de su decisión.

Sus ojos eran de hielo cuando se clavaron en mí, y su voz retumbó por el salón con todo el peso de su título y su aura.

—Maisie Adams, se te acusa de robo de propiedad de la manada y de dignatarios, conspiración con renegados, posesión de sustancias ilegales con la intención de dañar a la manada e intentos maliciosos de desestabilizar y destruir la manada desde dentro. Por mi autoridad como Alfa de la Manada Night Shade, y conforme a la ley de la manada, por la presente te destierro de la Manada Night Shade. Tu pertenencia queda revocada de inmediato, así como cualquier beneficio vinculado a ella.

Empezaron a zumbarme los oídos. Beneficios. Mi beca. Protección. Nadie me aceptaría en su manada. Y sin que ningún territorio me reclamara, no duraría ni una semana allá afuera antes de que los renegados me encontraran y me mataran.

Me lancé hacia delante, pero los guardias me jalaron hacia atrás y me obligaron a arrodillarme.

—Por favor…

—Papá —dijo Cole con voz ronca. Todavía tenía las mejillas encendidas por el alcohol, pero la mirada desquiciada—. No hagas esto. No puedes desterrarla. Es mi compañera…

—Tu compañera rechazada —gruñó Dante, y el poder en bruto de su voz hizo que Cole encorvara los hombros. Si no hubiera estado de rodillas, quizá me habría caído—. Tú lo hiciste público. La ley de la manada es absoluta y ella la ha violado. No puedes tenerlo todo…

Los ojos de Cole destellaron dorados.

—Entonces la reclamo ahora. Públicamente…

Al instante, el Alfa Dante estuvo frente a la cara de Cole, mirándolo desde arriba con ojos ardientes y oscuros como los del diablo. Bajó la voz, de modo que solo unos pocos pudieran oírlo.

—Termina esa frase y te enfrentarás a mi ira.

Cole se encogió y bajó la mirada al instante.

La mirada del Alfa Dante volvió a mí.

—Échenla.

—No… —logré decir, ahogada, pero los guardias me sujetaron los brazos con tanta fuerza que me dejarían moretones. Forcejeé inútilmente, con el pánico trepándome por la garganta.

—Bueno, entonces —una voz tranquila, levemente divertida, cortó el caos desde el fondo del salón, y los guardias se detuvieron.

Todos se detuvieron.

Era la pesadez sofocante en el aire. Un aura mucho mayor que la tensión crepitante que el Alfa Dante había cargado en el ambiente.

El príncipe Soren Black avanzó sin prisa, con las manos en los bolsillos y el arete plateado en forma de media luna de la oreja izquierda atrapando la luz. La multitud se abrió para él como el agua y se detuvo frente a mí, con expresión apacible.

—Ya que la están echando, supongo que no tendrán ningún problema si me la llevo.

Silencio. Era tan sofocante que casi me ahogué con él.

Tenía que estar alucinando.

El Alfa Dante se tensó.

—Alteza, la chica es una ladrona y una traidora que conspira con renegados. Está muy por debajo de usted y no puede de ninguna manera…

—Puedo, y lo hago —lo interrumpió Soren con suavidad, y sus ojos violetas se encontraron con los míos. Su expresión seguía siendo indescifrable—. Está desterrada. Sin manada. Sin ningún vínculo contigo ni con los tuyos, ¿correcto?

El Alfa Dante apretó la mandíbula. No podía discutir sin contradecir su propio fallo.

Un gruñido letal retumbó en el salón y Cole dio un paso al frente, encarándose con Soren y con los licántropos que ahora se habían colocado a su alrededor. Los ojos de Cole eran de un dorado ardiente y los colmillos se le estaban alargando.

—No te la vas a llevar a ningún lado. Es mía.

Soren arqueó una ceja perfecta.

—Dejó de ser tuya en el momento en que elegiste —señaló con la cabeza a Lana, cuyos resuellos se habían reducido considerablemente desde que Soren empezó a hablar— a esa en lugar de a ella. Así que te sugiero encarecidamente que te vayas a jugar a la casita con tu linda prometida, niño. Los adultos están hablando.

El rostro de Cole se retorció de rabia enloquecida.

Y entonces hizo lo impensable.

Se abalanzó sobre el príncipe licántropo. O quizá en realidad se abalanzaba hacia mí.

En cualquier caso, nunca llegó.

Soren no se movió ni un centímetro, pero Jericho…

Jericho se movió como un rayo. El corpulento licántropo le cruzó la cara con el dorso de la mano, con una fuerza a la vez despreocupada y aterradora.

—Te estás pasando de la raya. Aprende cuál es tu lugar.

El chasquido resonó en el salón. Cole salió volando de lado, se estrelló contra la pared del fondo y se desplomó inconsciente sobre el mármol, con un hilo de sangre corriéndole por la sien.

—¡Cole! —jadeó la Luna Kaida. El Alfa Dante temblaba visiblemente de rabia, pero Cole se había pasado de la raya. Nadie le ponía las manos encima a un licántropo. Mucho menos a un príncipe.

Así que bajó la cabeza y dijo:

—Me disculpo por la mala conducta de mi hijo. Como muestra de buena fe, puede llevarse a la chica como un regalo de nuestra parte.

Mercer soltó un resoplido, pero no dijo nada.

Soren se limitó a mirar hacia donde los guardias me sujetaban, y su voz fue un gruñido grave que hizo retumbar la tierra bajo mis pies.

—Suéltenla.

Los guardias se apartaron de mí como si estuviera en llamas.

Soren ladeó la cabeza hacia mí.

—Ve por tus cosas, Adams.

El alivio me golpeó con tanta violencia que casi me desplomé. Las lágrimas y el sudor me corrían por la cara en sollozos feos y temblorosos de pura gratitud. No sabía por qué lo estaba haciendo, y no me importaba. Me estaba salvando la vida y eso era lo único que importaba.

Di un paso tembloroso hacia él.

—M-mis cosas… —Hipo—. …no están empacadas.

Sus ojos violetas siguieron las lágrimas que me rodaban por las mejillas. Me tendió la mano por segunda vez esa noche, aunque por una razón completamente distinta.

—Entonces te compraremos cosas nuevas.

Di otro paso. Y mis dedos se cerraron alrededor de los suyos.

Y mientras los licántropos formaban a mi alrededor un muro protector de cuatro, no miré atrás.

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