Academia Greymoor · Capítulo 39
Un festival de folleteo real I
Maisie
Empezó en el pasillo de la escuela.
Todo el mundo me miraba.
Supuse que era porque la noticia de lo que había pasado en el compromiso de Lana se había extendido por todo Ashbourne. Esperando esto, había optado por ir a la escuela sola con el chofer, en lugar de ir en el auto con cuatro de ellos en una atmósfera cargada de testosterona.
Aun así, era como si tuviera un reflector sobre la cabeza y no supiera cómo quitármelo de encima.
Y entonces pasó la siguiente cosa rara.
Claire Foreman me saludó con la mano.
—Hola, Maisie.
Claire. O sea, la mejor amiga de Lana. Estaba demasiado desconcertada para responder. Seguro se había golpeado la cabeza en algún lado.
Pero mientras recorría el pasillo que llevaba a mi primera clase, siguieron pasando más cosas raras. Por ejemplo, uno de cuarto año me miró el trasero y silbó. Mientras intentaba recuperarme de la impresión, noté que Tucker Reeves y Reid Calloway me miraban descaradamente desde la pared de casilleros.
—Hola, Maisie. —Fue Tucker quien habló, y me giré para comprobar si había alguna otra Maisie detrás de mí.
No la había.
A mitad de camino me detuvieron cuatro chicos distintos que querían presentarse e invitarme a sus fiestas.
—Soy Toby. Me sentaba detrás de ti en el último año de la preparatoria —dijo un quinto chico, con las mejillas encendidas por el rubor—. Siempre pensé que eras muy inteligente. Y linda. Y... yo... —Se sonrojó todavía más, y no terminó la frase antes de que apareciera frente a mí una cara completamente distinta, presentándose también y pidiéndome mi número.
Parpadeé rápidamente, con el cerebro convertido en papilla. Otro parpadeo y me encontré en medio de una multitud de hombres.
Empecé a entrar en pánico. Sentía que todas las paredes se me venían encima. Demasiadas caras. Demasiada gente hablándome, haciéndome preguntas. Sus miradas eran demasiado brillantes, casi parecían febriles.
Justo cuando el pasillo empezó a dar vueltas, sentí unos dedos firmes cerrarse sobre mi muñeca y sacarme de un tirón de la multitud. Todo se volvió borroso y me costaba especialmente respirar.
No fue sino hasta que estuve a salvo en el baño de chicas y la puerta se cerró de golpe que logré que mi cerebro y mi cuerpo volvieran a funcionar, y me encontré mirando a Regina.
Tenía las pupilas oscuras y dilatadas mientras me miraba. Y entonces, para aumentar mi confusión, dio un paso atrás. Y luego otro, hasta quedar pegada contra la puerta.
—Necesito hablar contigo sobre... el compromiso. Pero... eh... Maisie, voy a necesitar que lo apagues.
Junté las cejas.
—¿Que apague qué?
Su expresión me estaba poniendo los pelos de punta. Parecía... hambrienta. Parpadeó tres veces.
—Tu aura. No se parece a nada que haya sentido antes. —Tragó saliva—. Y pude olerte desde el segundo en que llegaste. Hueles como si estuvieras en celo.
Me quedé lívida.
—¿Q-qué?
—Solo que... multiplicado por mil, y más... —Hizo un sonido en la garganta—. Sensual. Es como un «ven aquí». —Se lamió los labios—. Y cada segundo empeora. Y tu aspecto no ayuda precisamente. No me malinterpretes. Te ves hermosa. Absurdamente hermosa. ¿Siempre tuviste las mejillas tan sonrosadas? Y tus ojos... tus labios... ay, Diosa. ¡Maisie, por favor, apágalo!
El corazón me martilleaba contra las costillas.
—¡Pero no estoy haciendo nada! ¡No sé de qué estás hablando!
Regina separó los labios.
—Quédate justo aquí. Voy a buscar ayuda.
Cerró la puerta de golpe detrás de ella, y no fue sino hasta que me giré para mirarme en el espejo que vi que mis ojos resplandecían con un dorado brillante e inconfundible.
—No —exclamé, parpadeando con fuerza y frotándome los ojos, pero solo resplandecían más y más, negándose a atenuarse hiciera lo que hiciera.
La puerta del baño rechinó y entró Jenny.
Se detuvo. Parpadeó. Entrecerró los ojos.
—¿Maisie? ¿Eres tú? —Me recorrió el cuerpo con la mirada—. Vaya, vaya, ¿qué te dan de comer allá y me puedo servir un poco? Por cierto, ¿sabías que hay un alboroto en el pasillo de afuera? Al parecer hay una hembra licántropa aquí dentro que está buenísima y tiene a todos los machos en un frenesí... En fin, me llegó el mensaje de Regina: «Problemas en el baño». ¿Dónde está?
Se puso de puntillas, revisando los cubículos del baño, susurrando:
—¿Y de verdad hay una hembra licántropa aquí? ¿Es bonita? Nunca he visto a una hembra licántropa...
Jenny se interrumpió al ver mi expresión de pánico. Luego volvió a entrecerrar los ojos. Esta vez se le abrieron de par en par, algo muy poco propio de ella.
—¡Oh! ¡Mierda! ¿Tú eres la licántropa?
Me olvidé del compromiso durante un minuto entero, en el que me abalancé hacia ella y le agarré las manos.
—¿Cómo lo notas? ¿Aparte de los ojos? ¡No dejan de hacer eso!
De repente, Jenny se puso pálida. Luego retrocedió y se plantó contra la puerta. Igual que Regina.
—Eh... quizá no lo noté al entrar porque soy medio humana, pero cuando me tocaste, me golpeó de lleno.
—¿Qué cosa? —exclamé.
—Un impulso sexual intenso —dijo, completamente inexpresiva—. May, soy jodidamente hetero, pero te juro que nunca había tenido tantas ganas de revolcarme con alguien.
Me alejé de ella tambaleándome, con la cabeza dando vueltas.
Ay, Dios. Ay, Dios. Mi vida en Ashbourne se acabó. Todos los machos al otro lado de esa puerta quieren un pedazo de mí. Y las hembras.
¡Y las hembras!
Bah. Olvídate de Ashbourne. Quiero huir del continente y morirme. Quizá en otro planeta. Júpiter suena bastante bien.
De algún modo, la idea de irme me activó la memoria, y de repente recordé el compromiso.
Jenny debió de notar el cambio en mi cara, porque la suya, a su vez, se descompuso.
—May, siento muchísimo lo que pasó. Sé lo que debes de pensar, pero Regina y yo ni siquiera llegamos a volver a entrar al baile.
Eso me hizo olvidar por un momento que había convertido Greymoor en una especie de festival de me-voy-a-follar-a-Maisie-Adams.
—A Regina se le ocurrió el plan y me lo contó por teléfono. No teníamos idea de que Lana lo sabía todo. Esa parte sí es culpa nuestra, por no haber sido ni de lejos lo bastante discretas. Cuando intentamos entrar por la otra entrada como lo planeamos, nos detuvieron y los guardias nos agarraron. Peleamos, como locas, pensando que nos estaban secuestrando, pero nos metieron a la fuerza en la parte de atrás de un vehículo y nos llevaron a la mansión del Beta Braxton. A Regina la encerraron en su cuarto y a mí me dejaron irme una hora después, pero para cuando logré volver, ya había terminado todo.
Estoy bastante segura de que miraba a Jenny como si todo fuera un montón de tonterías.
—Me diste la reliquia de los Braxton. ¡Una pieza robada que habían denunciado como desaparecida! Supongamos que me creo por un segundo que todo lo que acabas de decir es verdad, ¿cómo defiendes eso?
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