Academia Greymoor · Capítulo 43
Intrigas
—No.
Era la primera vez que decía que no. También era la primera vez que me plantaba frente al Alfa Dante y podía soportar toda el aura de Alfa que emanaba de él.
Incluso cuando su aura azotó la habitación en una demostración de poder ante la que cualquier otro hombre lobo se habría encogido, hundiendo los hombros, descubrí que para mí no era más que una pequeña perturbación en el subconsciente.
Me hizo sentir fuerte.
Pero lo curioso era que al Alfa Dante parecía complacerle esta demostración. Volvió a sonreír.
—Eres muy consciente de las implicaciones de rechazar un vínculo, ¿no es así?
Me puse rígida y todo el calor y el color se me escaparon del rostro.
Sentí un leve roce a mi izquierda, y la voz de Soren se enroscó con desagrado por toda la sala.
—No amenazas a uno de los nuestros en nuestra casa, Dante.
El Alfa Dante se rio.
—¿Uno de los suyos? ¿Cómo es eso, Alteza, si es una loba? Según las leyes impuestas por la Reina y por quienes la precedieron, Maisie Adams sigue respondiendo ante el Consejo de Lobos. Ni siquiera usted puede refutarlo.
Mi mirada se volvió hacia Soren. Su expresión estaba vacía de emoción; parecía librar una batalla silenciosa con Dante.
Después de un momento, Soren inclinó la cabeza hacia la izquierda.
—Necesitará algo de tiempo para pensarlo. Te sugiero encarecidamente que dejes tus planes en pausa hasta entonces.
La ira y la frustración me cerraron la garganta.
—No tengo nada que pensar...
Pero el Alfa Dante le sonrió a Soren, satisfecho con su respuesta.
—Una elección perfecta, Alteza. —Sus taimados ojos verdes se posaron en los míos—. Pero debo informarte de que, si te niegas, no me quedará más remedio que elevar una petición a la Reina, y estoy bastante seguro de que no quieres eso.
La sangre empezó a hervirme.
El Alfa Dante estaba jugando una peligrosa partida de ajedrez con mi vida.
Como era un Alfa, la petición sin duda llegaría al Consejo de la Reina en un abrir y cerrar de ojos. Y me castigarían por negarme a ser apareada y marcada por el cabrón que me había rechazado en primer lugar.
Se me nubló la vista de rojo y una sed me llenó la boca. Sabía a odio y a sed de sangre.
—Cole ni siquiera me quiere —mascullé entre dientes—. Y yo tampoco lo quiero a él. Me rechazó. No puede hacer esto.
Al Alfa Dante se le arrugaron los ojos.
—¿Ah, no?
Pasó junto a mí y mi cuerpo tembló por el puro esfuerzo que me costaba no sacarle los ojos con las uñas. Su auto apenas había salido de la entrada cuando me giré en redondo, con los ojos escociéndome, y miré a Soren.
—Dijiste que estaba bajo tu protección.
Los ojos de Soren eran tan fríos que sentí la piel como si se me hubiera congelado.
—Dijiste que él no podría reclamarme —dije con voz ronca—. Y Cole tampoco. Lo prometiste. No me hagas volver allí.
Se me quebró la voz en la última frase.
Los ojos de Soren siguieron las lágrimas que se me acumulaban en los ojos, y entonces la frialdad de su fachada se resquebrajó por la mitad. Soltó un suspiro insufrible mientras caminaba hasta el sofá y se dejaba caer en él.
—Relájate, Adams. Otra cosa que aprenderás con nosotros es que... siempre hay un panorama más amplio.
Sus ojos se posaban perezosos en los míos. Algo en la forma en que lo dijo me hizo cosquillas en el subconsciente. Como si intentara transmitirme otra cosa.
Pero Mercer continuó:
—Suponemos que el repentino cambio de opinión de Dante tiene algo que ver con que toda Ashbourne sabe ahora que usted está cambiando. Lleva años intentando conseguir un asiento en el Consejo de la Reina y en la Corte. Tener una nuera licántropa pura sangre le da ventaja política y una posición de ventaja sobre otras manadas.
—¿Qué ventaja? No sé si lo han notado, pero no es que yo tenga tierras ni riquezas que ofrecer...
Quinlan emitió un sonido con la garganta y sus ojos azul hielo me atravesaron.
—¿Sabes qué se dice que tienen en común los licántropos que pasaron por la transición y los híbridos, Adams?
Negué con la cabeza.
—La fertilidad.
Se me abrieron los ojos como platos y me flaquearon las piernas.
—¡¿Qué?!
—Es solo una teoría, claro —dijo Jericho con sequedad, tomando una manzana de la mesa de centro y hundiendo los dientes en ella.
Por alguna extraña razón, me recordó que apenas unas horas antes había tenido los dientes hundidos en mi cuello. Como si la piel lo recordara, me cosquilleó, y luché contra el impulso de taparla con la mano.
—Puede que tu cuerpo cambie por completo —murmuró Jericho—, pero hay ciertas cosas que siguen igual. Los lobos, sin importar en qué formas evolucionen, siempre han demostrado conservar la capacidad de reproducirse en camadas.
Se me cayó la mandíbula.
—¿Estás diciendo que...?
Soren asintió.
—Para poner a prueba esta teoría burda e infundada, lo más probable es que Dante quiera que su hijo te amarre antes de que se complete la transición, para que el reclamo siga siendo legítimo. Durante ese tiempo, seguramente presionará a su hijo para que te embarace. Una y otra vez.
Solo pensar en estar en la cama con Cole me hacía sentir como si hubiera comido algo en mal estado. Empecé a hiperventilar.
—¡¿Y no se les ocurrió decírmelo antes?!
Soren frunció los labios.
—No esperábamos que ocurriera tan rápido. Normalmente, la transición se extiende a lo largo de muchos meses, lo que le da al cuerpo tiempo para acostumbrarse a los cambios. En las etapas críticas y decisivas, a quien está en transición se la suele proteger y resguardar en un lugar seguro, completamente inaccesible salvo para aquellos a quienes ella elija para domarla.
—¿Domarla cómo, exactamente?
Un silencio incómodo recorrió la sala. Pero Soren negó con la cabeza y prefirió ignorar la pregunta.
—No creímos que contarte eso fuera importante todavía. Un error por nuestra parte, considerando que siempre has sido una carta salvaje e impredecible. Aun así, esta velocidad es imposible. —Se pasó los dedos por el cabello, algo que ahora sabía que Soren siempre hacía cuando estaba inquieto—. Podríamos estar hablando de semanas.
Se me oprimió el pecho y traté de calmar los latidos desbocados de mi corazón.
Sin presión.
O sea, no es que existiera la posibilidad de que fuera a morir en cuestión de semanas.
—¿Y el ultimátum del Alfa Dante? Lo conozco. No va de farol.
Por no hablar de esa sonrisa extraña y zalamera que me había dedicado. El Alfa Dante era el Alfa más poderoso de Ashbourne por una razón. Era taimado. Era listo. Siempre iba varios pasos por delante.
Había visto todas las maneras distintas en que se salía con la suya —por las buenas o por las malas— mientras vivía en esa casa, y me había hecho la nota mental de no ponerme nunca en su contra.
Jericho dio un paso adelante y se detuvo a unos centímetros de mí. Sonrió, y sus afilados colmillos le rozaron el labio inferior.
—Le tienes miedo a un demonio cuando el diablo está parado frente a ti. —Chasqueó la lengua, y la cicatriz que le atravesaba la boca se estiró—. Dante no sabe con quién se está metiendo, pero no tardará en descubrirlo.
Algo volátil brotó de él, y la tensión se disparó hasta el techo.
De pronto comprendí por qué Jericho me daba tanto miedo. Puede que actuara como el más civilizado de los cuatro y que nunca se metiera en sus riñas mezquinas. Pero era el menos cuerdo de todos. Estaba en sus ojos oscuros. Había locura en ellos.
Tenía la mirada de un asesino a sangre fría.
Justo entonces, el sonido de unos pasos ligeros sobre el mármol atrajo nuestra atención hacia la puerta principal, por la que entró una mujer.
Era una híbrida. Tenía los ojos ámbar y mechones grises en el cabello negro. Pero era hermosa y su rostro no tenía arrugas, aunque me daba cuenta de que rondaba los cincuenta y cinco años.
No sonrió. Tenía un aire severo. Y cuando llegó al centro de la sala, bajó la cabeza en una reverencia tan profunda que me sorprendió que no se estampara la frente contra el suelo.
—Mis señores. He recibido su llamado.
Parpadeé y arqueé las cejas ante el término y ante semejante despliegue.
—Brynn. —Soren le restó importancia con un gesto de la mano—. No hacen falta formalidades...
—No es una formalidad. Me complace servir a mis príncipes, Alteza —respondió, antes de levantar la cabeza y volver hacia mí sus fríos ojos ámbar. Me catalogó de pies a cabeza, curvando los labios como si encontrara algo que no daba la talla—. ¿Es ella?
Soren asintió.
—Confío en que la tendrás lista a tiempo para la Corte.
Sus ojos me recorrieron de nuevo.
—Hay mucho trabajo por delante. Pero me propongo lograr con creces que la muchacha resulte... aceptable.
—¿Aceptable? —repetí.
Soren me miró, con un destello de diversión en los ojos.
—Adams, esta es Brynn, la Enlace Real, y está aquí para prepararte para tu vida en la Corte.
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