Academia Greymoor · Capítulo 5

¡Hay un licántropo en la tienda!

1596 palabras · 7 min

Maisie

El plan de Jenny era tan simple como descabellado.

Pero después de escuchar a Jenny y a Regina contarme que ayer habían encontrado a Cole con la lengua metida hasta el fondo de la garganta de Becca Carlson, la hija del Alfa Carlson de la manada vecina, estaba lo bastante furiosa como para intentarlo.

O sea, siempre supimos que Cole era un cabrón, pero uno pensaría que, si me rechazó por Lana, al menos le sería fiel.

De algún modo, sabía que se estaba acostando con cualquiera solo para castigarme. Cole era así de cruel. Lo que no entendía era por qué me odiaba tanto. Pero ya estaba harta de intentar analizarlo.

Para que lo entendiera, tenía que devolverle el golpe exactamente de la misma manera.

La primera fase era el cambio de imagen. Jenny y Regina estaban muy decididas a convertirme de aparente vagabunda en una belleza despampanante. Yo no veía ninguna varita mágica por ningún lado y no tenía ninguna fe en que eso pudiera pasar de verdad.

Después, mi «debut» sería la fiesta de bienvenida de primer año, esa misma noche. Había logrado bajarlas de la idea de perder la virginidad con algún deportista en el cubículo de un baño. Simplemente no podía hacerlo. Pero sí acepté besuquearme con alguien guapo.

Eso quemaría a Cole lo suficiente como para encender las alarmas. Y no tenía que entregar algo que significaba mucho para mí solo por venganza.

La tercera fase era convertir el ardor en quemadura, como él me lo hizo a mí, y así era como iba a salvar mi vida.

Iba a conseguirme un novio. Los Alfas solían ser posesivos con lo que consideraban suyo. Aunque lo rechazaran, una parte de su subconsciente siempre reclamaría algún tipo de propiedad sobre ello.

Tal vez el hijo de un Alfa de otra manada. O incluso un licántropo.

En serio empezaba a pensar que mis mejores amigas se habían vuelto locas.

La fase final era el toque de Regina. Cuando tuviera a Cole Hayes babeando por mí, yo también iba a rechazarlo. Quizá si el Alfa Dante veía a su hijo muriéndose frente a él, estaría más dispuesto a tomarse mi caso en serio.

La verdad, no creía que pudiera funcionar, pero si algo eran mis mejores amigas, era decididas.

La primera parada fue la boutique. Jenny sacó a relucir la tarjeta de su hermano, Lyon, y me compró cosas que la Diosa sabe que yo jamás podría ponerme.

—No puedo aceptar esto. ¡Cuesta más que cuatro meses de mi sueldo juntos! —exclamé mientras Jenny elegía un conjunto de tweed de diseñador.

Ella le quitó importancia con un gesto.

—A Lyon no le va a importar. Tiene más dinero del que sabe qué hacer.

Puede que Jenny Park no viniera de una familia de Betas o Gammas, pero si por algo eran conocidos los Park en Ashbourne, era por su riqueza. Park Industries era famosa en todo el mundo, y eso casi compensaba el hecho de que fueran una familia de mitad humanos, mitad lobos.

Casi.

Jenny me puso contra el pecho un vestido ceñido escandaloso y asintió en señal de aprobación.

—Deberías ponerte esto para la fiesta de esta noche. Tu entrenamiento desmedido al menos sirvió de algo. Tienes un cuerpo maravilloso, May, y vamos a lucirlo...

El teléfono de Regina vibró mientras me echaba en los brazos un par de faldas cortas de cuero, unas medias y unas prendas íntimas de encaje que me hicieron arder las mejillas.

—Mierda. Es la cita de la peluquería. ¿Por qué no te pruebas la ropa mientras yo voy a apartar nuestro turno? Está justo cruzando la calle.

Gruñí por dentro mientras me echaban más bolsas de compras en los brazos y me empujaban dentro del probador.

No era que Regina estuviera mintiendo. Sí tenía un cuerpo bonito. Muslos tonificados. Una cintura casi inexistente. Pechos llenos y un culo más grande que no terminaba de irse, por mucho que intentara quitármelo a base de ejercicio.

Era que estaba tan acostumbrada a esconderme al amparo de la ropa que probarme cada prenda que habían elegido para mí me hacía sentir desnuda. E insegura.

Sabía que era psicológico y que tenía que superarlo si esperaba sobrevivir a esto.

Me puse una minifalda plisada, un cárdigan entallado desabotonado en la parte de arriba y los zapatos más incómodos que me he puesto en la vida. Botas hasta la rodilla con tacones de quince centímetros.

Eran bonitas, pero para una torpe como yo, iban a ser mi muerte.

Gruñendo otra vez, salí del probador medio tropezando.

—Muy bien, esto no va a funcionar, Jenny...

Por segunda vez ese mes, reboté contra una pared con tanta fuerza que se me aguaron los ojos y me ardió la nariz. Mi ya de por sí pésimo equilibrio se fue al diablo y de pronto estaba cayendo.

Una mano fuerte y cálida se cerró alrededor de mi muñeca y evitó que me partiera la cabeza contra el bonito piso de baldosas. Solté el aire de golpe, suspendida a media caída.

—Ya puedes abrir los ojos. O a lo mejor te suelto.

Parpadeé rápidamente y abrí los ojos llorosos.

Y me quedé congelada.

Estaba mirando un par de ojos violeta oscuro.

Sentí como si alguien acabara de darme un puñetazo en el estómago.

¡Había un maldito licántropo en la tienda!

¡Y me estaba tocando!

Sus labios se movían, pero no tenía idea de qué estaba saliendo de su boca. Podría haber sido un montón de tonterías y no me habría dado cuenta. Porque estaba demasiado ocupada mirándolo como una idiota. Quizá me había golpeado la cabeza más fuerte de lo que creía.

Tenía el cabello negro y brillante, largo, recogido en un moño pulcro en la nuca. Iba vestido de cuero de motociclista y tenía un aire peligroso de chico malo. Llevaba un arete colgando de la oreja izquierda y un tatuaje justo debajo de esa misma oreja. Sus proporciones eran abismales.

Tenía la barbilla tan afilada que podría haber cortado vidrio. Su nariz habría sido la envidia de los cirujanos plásticos. Y, Diosa, sus labios. Eran rosados. Firmes. Carnosos. Era la «G» de «guapísimo». Está bien. Varias «G».

Y era tan alto y tan grande que iba ligeramente encorvado para caber en la boutique.

Lo reconocí del pasillo de la escuela. Nadie tenía unos ojos como los suyos. Ni un cabello tan oscuro que brillara incluso sin sol.

—¿Se encuentra bien, señorita Adams? —repitió despacio, pronunciando las palabras con un acento que me rozó la piel como una caricia, aunque me estuviera hablando como si fuera una completa tarada.

—Tú... tú sabes mi nombre —dije sin aliento.

Idiota. Maldita idiota.

Me soltó de golpe.

Y me caí de culo con un chillido.

—¡Oye!

Se le arrugaron un poco los ojos y tardé un segundo en darme cuenta de que se estaba riendo. De mí.

—Tienes una relación terriblemente íntima con los pisos. —Su mirada bajó—. Bonitas piernas.

Seguí su mirada y ahogué un grito de horror. La falda se me había subido hasta la parte alta de los muslos y hasta yo podía ver mis calzones de lunares a la vista. Ni siquiera intentaba disimular que me estaba mirando los calzones.

Me ardió la cara. Me bajé la falda de un tirón y le escupí una réplica entre dientes.

—Eres un pervertido asqueroso.

Soltó una risa oscura y se alejó con paso de acecho, con las manos metidas en los bolsillos. No pude evitar notar que, para ser alguien tan grande, no hacía ningún ruido al moverse. Se movía con gracia, como un viento suave que danza.

Me incorporé a tientas y me encontré completamente sola junto al probador. ¿Adónde se había ido Jenny...?

—Príncipe Soren —exclamó efusivamente la dueña de la boutique, y todas las dependientas de la tienda se arremolinaron a su alrededor como si fuera un dulce—. Estamos más que encantadas de tenerlo...

Empezaron a zumbarme los oídos mientras observaba al licántropo mirarlas con poco interés.

¿El príncipe Soren? ¿Como el príncipe Soren Black? ¿El sobrino de la Reina Licántropa?

Su mirada violeta se encontró con la mía, horrorizada, y sus labios se curvaron en una media sonrisa burlona que le hizo brillar los ojos.

—Me llevo eso —dijo sin apartar la vista de mí.

Estaba señalando un conjunto de ropa interior de encaje rojo. Un sostén transparente y una tanga que deberían haberlo hecho sonrojarse. Pero fui yo la que sintió vergüenza cuando me señaló con la barbilla.

—En su talla.

La dependienta me miró, insegura, como si intentara unir los puntos que yo, una Omega, pudiera tener en común con un licántropo.

—¿Ella?

Él la fulminó con una mirada gélida y ella prácticamente salió corriendo a buscarlo. Él desapareció detrás de un estante, y yo negué con la cabeza, medio convenciéndome de que estaba chiflado.

Cuando fui a pagar mi ropa veinte minutos después, él ya se había ido de la tienda y la dependienta me entregó una caja rosa pálido con un lindo lazo encima.

—Eso no es mío —dije.

Su sonrisa era amplia.

—Un regalo del príncipe.

Dentro, entre el papel de seda, había un delicado y escandaloso conjunto de lencería que yo jamás me compraría y una tarjeta pequeña y pesada, doblada como una invitación.

Mis dedos estaban torpes cuando la abrí. La tarjeta olía levemente a sándalo y a cuero, y la tinta estaba trazada con floritura. En la parte inferior, cuatro diminutos escudos estaban grabados en relieve en una fila ordenada.

En el centro, con la misma letra elegante, tres palabras:

Tú la llevas.

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