Academia Greymoor · Capítulo 4
El plan
Volví en mí poco a poco; primero noté el techo, luego las estrechas paredes del cuartito, luego el colchón delgado debajo de mí.
Estaba en mi habitación.
Alguien me había traído a casa. Regina, probablemente. O Jenny. Tenía un vago recuerdo de manos y voces llenas de pánico que susurraban mi nombre una y otra vez, diciéndome que iba a estar bien.
Pero no iba a estarlo.
Sentía el pecho vacío y me deshice en sollozos de pánico, arañándome la camiseta, el pecho.
De pronto la puerta de mi habitación se abrió y entró la Luna Kaida, con su vestido de seda verde arrastrándose tras ella.
A pesar del dolor que me irradiaba del pecho, me caí de la cama y me incliné en una reverencia temblorosa. Una vez, la Luna Kaida dejó inconsciente de un golpe a una sirvienta por mirarla a los ojos mientras ella hablaba.
—Levanta la cabeza, niña —dijo con frialdad.
Obedecí, vacilante.
Sus penetrantes ojos avellana recorrieron todo el pequeño espacio, y su naricita respingada se arrugó de asco.
—Espantoso. —Por fin fijó los ojos en mí—. Cole me dice que ha rechazado el miserable vínculo entre ustedes dos. Qué lástima que fueras tú. Esperábamos que fuera Lana.
Hizo una pausa, y sus labios se curvaron en esa mueca de desdén tan parecida a la de Cole.
—Tu amiga, Regina, armó todo un escándalo tratando de defenderte, amenazando con reducir a cenizas a mi hijo si algo te pasaba. Y como sabrás, el Beta Braxton no tolera que su hija sufra ningún tipo de angustia. Que sepas que solo gracias a su intervención no te destierran hoy de Night Shade por tus mentiras y tu farsa, enclenque miserable.
Sus últimas palabras cayeron como un trueno y me encogí.
—Pensar que viviste a costa nuestra, sabiendo la mancha que nos has traído con tu incapacidad de siquiera invocar a tu loba. Una manada es tan fuerte como su eslabón más débil, y ahora todo Ashbourne sabe que nuestro eslabón más débil es una desgraciada miserable como tú.
Apreté las muelas. No hables, me recordé.
Levantó la barbilla, con las fosas nasales dilatadas.
—Sin embargo, es innegable que un Alfa necesita a su verdadera compañera para alcanzar toda su fuerza. La sola proximidad amplifica a ambos lobos. La separación debilitará el vínculo y sus beneficios. —Una pausa—. Por el bien de Cole, te quedarás aquí. Con él.
Levanté la cabeza de golpe.
—¿Q-qué?
Me golpeó tan fuerte que perdí el equilibrio. La sangre me inundó la boca antes de que el dolor terminara de registrarse. Me quedé así un segundo, con la mejilla contra el yeso de la pared, los oídos zumbando, con sabor a cobre en la boca.
—No te pedí que hablaras —dijo la Luna Kaida.
La miré a los ojos, apretando los puños con fuerza mientras intentaba contenerlo todo: la rabia, las ganas de gritar y arrancarle todo el pelo. Esta no era una pelea que pudiera ganar jamás, así que volví a bajar la mirada.
—He oído que el dolor de un vínculo roto puede atenuarse con la distancia. Poniendo continentes de por medio si es necesario. —Se acercó más y me llegó un soplo de su perfume floral—. No se te vaya a meter esa idea en la cabeza, Maisie Adams. Tienes prohibido abandonar la Manada Night Shade. No saldrás de este pueblo. Te quedarás aquí, aunque el dolor te mate. Y quizá entonces la Diosa le dé a él una mejor opción de compañera.
Esa noche me desperté con un grito agudo.
El estómago y las costillas me ardían. Me caí de la cama y me arrastré hacia la puerta.
El dolor era extraordinario. No como el del rechazo. Este era concreto y salvaje, algo ardiente, como tallado a cuchillo, que irradiaba desde el centro de mi pecho hacia afuera, atravesándome las costillas y bajando hasta el estómago; me apreté contra el suelo e intenté respirar a través de él.
No sirvió de nada.
Se me escapó un grito y supe lo que estaba pasando.
Cole estaba teniendo sexo con Lana y el vínculo me estaba castigando por ello.
La piel empezó a arderme. Me levanté la camiseta y bajé la vista: tenía todo el torso cubierto de moretones. Morados, negros y azules, hasta el abdomen, y a medida que el dolor empeoraba, aparecían más y más.
El dolor ya no era solo interno. También era externo.
Sentía que me estaba muriendo.
Ese día falté a la escuela. Y al día siguiente. Y luego intenté aprender a lidiar con el dolor.
Pero llegaba de forma errática. Cole tenía sexo más veces al día que un conejo.
A veces dolía tanto que gritaba contra la almohada y me desmayaba. Otras veces, estaba trabajando cuando pasaba y vomitaba por todo el piso. Para el sexto día, estaba tan desdichada que me pregunté si la muerte sería una salida fácil.
Mi teléfono no paraba de sonar con llamadas de Jenny y de Regina, pero no las contestaba. No quería que se preocuparan, pero tampoco sabía cómo mentirles.
Empecé a consumirme. Poco a poco.
La semana siguiente, echaron abajo mi puerta mientras salía de la ducha. Jenny apareció en el umbral con una bolsa de palomitas. Me echó los brazos al cuello al instante.
—Dios mío, la escuela se está volviendo loca. No paran de decir que no has ido porque te moriste.
Regina entró con el helado y se quedó helada.
—¿Qué es eso?
Jenny frunció el ceño y siguió su mirada hasta donde yo sostenía la toalla rosa contra el pecho, y hasta la pequeña curva de mi cintura, cubierta de más moretones de la noche anterior.
Cada noche de la semana pasada habían tenido sexo. A veces, tres veces al día. A veces, cinco. Me preguntaba si sabían lo que me estaba haciendo. Si Lana lo sabía. Luego me reprendí por siquiera pensarlo. Estaban comprometidos. Claro que tenían sexo, y eso no tenía nada que ver conmigo.
Me subí la toalla de un tirón.
—No es nada...
Pero Regina nunca había sido conocida por retroceder ante lo que consideraba injusto. Cerró la puerta de un portazo y cruzó mi pequeña habitación en dos zancadas rápidas. Luego agarró mi toalla con el puño y me la arrancó.
A Jenny se le cayeron las palomitas y se echó a llorar.
De verdad creí que estaba exagerando.
A Regina se le dilataron las fosas nasales, con los ojos brillando de rabia.
—Por esto has estado faltando a la escuela. ¡¿Cómo pudiste no contarnos esto?! ¡Dijiste que estabas bien!
Me puse a toda prisa mi camiseta enorme.
—No es para tanto...
—¿No es para tanto? —Regina me agarró del brazo y me empujó frente al viejo espejo. Me quitó la camiseta de un tirón—. ¡Has perdido por lo menos veintitrés kilos en ocho días! ¡Parece que te peleaste con un oso y justo después te atropelló un camión! ¡Estás cubierta de moretones! —Se le quebró la voz—. Voy a matar a esa maldita perra.
—Basta —siseé—. Esto no es culpa de Lana. ¿Qué se suponía que hiciera? ¿Terminar con Cole porque es mi compañero? Llevan saliendo desde siempre y ella lo ama...
Regina me tomó por los hombros.
—¿De verdad crees que ella no lo sabe? ¡Todo el mundo sabe lo que pasa cuando te acuestas con el compañero de otra persona! —Temblaba de ira—. Lo mínimo que podía haber hecho era esperar a que el dolor disminuyera y encontráramos una forma de salir de esto...
—No hay forma de salir de esto, Ginny...
Ella continuó:
—... pero anda por toda la escuela luciendo su lindo anillo de compromiso y contándole a cualquiera que quiera escucharla que tu primera transformación fue un fracaso épico. Dijo que tuviste anorexia y que eres un fenómeno.
Luego parpadeó.
—¿Por qué no nos dijiste que no podías transformarte? ¿Y anorexia? ¡Nos dijiste que estabas entrenando para bajar de peso!
Me quedé mirándome los pies, con las lágrimas ardiéndome ya en los ojos.
—Lo intenté. Pero no lograba bajarlo lo bastante rápido y...
Se me quebró la voz y las palabras brotaron a borbotones, sin ningún orden.
—Si se sabía que no podía transformarme... la ley de la manada lo clasifica como estar sin loba. Me desterrarían. Lo descubrí antes de que nos hiciéramos amigas y... Ne-necesitaba la pertenencia a la manada para que mi solicitud de beca siguiera siendo válida y... tenía miedo de que no pudieran soportarme si se enteraban.
A Regina se le desencajó la mandíbula y se le llenaron los ojos de lágrimas. Me estrujó contra su pecho.
—Idiota. ¿Cómo podría? Eres mi mejor amiga. Mataría por ti.
Jenny me rodeó con los brazos por detrás, y se convirtió en una especie de abrazo grupal. Duró varios minutos y me permití llorar.
Estaba tan cansada. No podía dormir, no podía comer, no podía funcionar. Era desdichada. En todos los sentidos.
Jenny fue la primera en romper el abrazo y se fue directo a mi ropero. Empezó a sacar mi ropa vieja y a tirarla.
Regina y yo intercambiamos miradas extrañadas.
—¿Qué estás haciendo, Jenny?
—Él siente todo lo que ella siente —respondió Jenny—. A través del vínculo. ¿Verdad? ¿Así funciona? ¿Va en ambas direcciones? —Se giró y miró a Regina—. Dime que tengo razón.
Regina entrecerró los ojos lentamente.
—El vínculo es bidireccional, sí. Lo que él le hace, ella lo siente. Pero también...
—Lo que ella hace —dijo Jenny—, él lo siente.
Me lanzó un vestido y lo atrapé con torpeza mientras ella sonreía y añadía:
—Vamos a darle al Pito Hayes una cucharada de su propia medicina. —Retrocedió y se metió la mano en el bolsillo, sacando una tarjeta que estaba segura de que era de su hermano mayor. Una sonrisa maliciosa se le dibujó en los labios—. Tengo un plan.
—No —gimoteé, sin desear otra cosa que enterrarme bajo las sábanas, pero las siguientes palabras de Jenny me detuvieron.
—¿Alguna vez pensaste, May, que si él sintiera lo que tú sientes, dejaría de follarse todo lo que lleve falda? —Se acercó y me tomó las manos—. Si la Luna Kaida cree que te vas a quedar aquí aguantándolo todo sin rechistar, le espera un buen despertar. Quizá si vieran a su hijo cubierto de moretones, estarían más dispuestos a recurrir al Consejo para presentar una petición a la Reina y cortar el vínculo. La Luna Kaida puede ordenarte que te quedes. Lo que no puede, sin parecer completamente desquiciada, es exigir que te mantengas célibe por su hijo comprometido.
El corazón se me aceleró.
—¿Qué es exactamente lo que estás sugiriendo?
Regina me rodeó y me tomó las mejillas entre las manos hasta que mis labios se fruncieron.
—Bueno, May, vamos a darte un cambio de imagen. Y tú, mi dulce muñeca, vas a perder la virginidad esta noche.
—Ni hablar.
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