Academia Greymoor · Capítulo 7

Le di un puñetazo

1049 palabras · 5 min

—Suéltame —dije, pero su aliento me quemaba el cuello y se sentía tan cálido, tan bien, que quise recostarme contra su calor.

El sudor me brotó en la piel mientras luchaba contra el instinto más básico de ceder ante su autoridad de Alfa, de bajar la cabeza, inclinarme y besarle los pies si él así lo quería.

Diosa. ¿En qué estaba pensando?

Me metió la rodilla entre las piernas y me aplastó con más fuerza contra la pared.

—Hasta donde sé, eres mi compañera. Puedo tocarte como quiera y cuando quiera, porque me perteneces. Lo que significa que nadie más puede hacerlo. Ni siquiera el rubio idiota con el que estabas bailando. Yo no comparto, carajo.

Su aliento apestaba a alcohol. Estaba tan borracho como yo. Tal vez más.

—No somos nada el uno para el otro —gruñí—. Me rechazaste. Con quién hablo, con quién bailo y con quién pienso pasar la noche no es asunto tuyo.

—Se volvió asunto mío en el momento en que dejaste que te pusiera las manos encima, Maisie.

Mi nombre rodó de sus labios como un ronroneo. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. La primera vez que dijo mi nombre fue para rechazarme. Ahora se sentía íntimo, de una forma que parecía pecado.

Lo odiaba. Odiaba que, aunque tuviera el vientre lleno de moretones, aunque lo único que me causara fuera dolor, él todavía me hiciera un nudo en el estómago con mariposas inútiles y lograra que mi loba ronroneara de deseo.

—Voy a gritar tan fuerte que te voy a reventar los tímpanos si no me quitas tus asquerosas manos de encima ahora mismo…

Me tapó la boca con una mano.

—La verdad es que me gustabas más con la boca cerrada.

Abrí los ojos de par en par cuando algo duro me presionó de pronto contra el trasero.

Dios mío, ¿eso es lo que creo que es?

—¿Te pusiste esto para mí? —dijo con voz ronca, hundiendo la nariz en mi cabello, olfateándome, acariciándome con ella—. ¿Te arreglaste tanto para llamar mi atención? ¿Para hacerme cambiar de opinión? Lo admito, fue bastante miope de mi parte rechazarte sin probarte primero.

Su mano libre se aventuró. Me quemaba mientras se deslizaba por mi cintura. Y más arriba. Peligrosamente cerca de la curva inferior de mi pecho.

—Lo que pasa con las chicas como tú, Maisie, es que creen que lo único que tienen que arreglar para que las elijan es su apariencia. No dudo que serías un polvazo, pero nunca vas a ser el tipo de mujer que los hombres quieren conservar. De las que se convierten en Luna. Eres de las que solo sirven para follárselas, pero nunca son lo bastante buenas para ser elegidas.

Por alguna intervención divina, mi cerebro hizo cortocircuito y mi cuerpo se movió por pura adrenalina.

Debería haber sido imposible. Las Omegas podíamos sentir ira, odio, pero llevábamos grabado en lo más profundo no actuar nunca, jamás, contra nuestros Alfas. Ni hablar de hacerles daño.

Cole Hayes todavía no era Alfa, pero su aura era abrumadora al lado de la mía, que era inexistente.

Pero yo estaba lo bastante furiosa. Llevaba días furiosa.

Eché la cabeza hacia atrás con fuerza y se la estrellé contra esa nariz perfecta y bonita. Por fin libre, me di la vuelta.

Y le di un puñetazo.

Nunca en mi vida le había dado un puñetazo a nadie. El crujido del hueso me hizo temblar todo el cuerpo, y supe que había hecho algo terriblemente malo cuando la sangre empezó a gotearle de la nariz.

Cole Hayes parpadeó, como si estuviera confundido. Se tocó la nariz y los dedos le quedaron rojos. Caí en la cuenta de que probablemente nunca lo habían golpeado en su vida. Porque el que golpeaba siempre era él.

Me miró con los labios entreabiertos. Luego soltó una risa oscura que me recorrió la piel como seda, y sacó la lengua para limpiarse la sangre.

—No debiste hacer eso.

Debí haber mantenido la boca cerrada. Había cometido un delito que podía hacer que me expulsaran de la manada. Pero tenía la costumbre de soltar la lengua cuando tenía miedo.

—¿Qué te parece esta respuesta? Vete. A la. Mierda.

Más rápido de lo que pude percibir o seguir, se movió y estampó sus labios contra los míos.

Mi cerebro todavía estaba tratando de entender lo que pasaba cuando mi cuerpo tomó la decisión sin él.

Tenía que ser el vínculo, porque no existía ninguna versión de mí que quisiera esto, ninguna parte cuerda y racional de mí que lo eligiera a él, y aun así mis manos ya se estaban moviendo hacia su pecho y yo ya me estaba inclinando hacia él, y mi loba se abalanzaba hacia adelante como si hubiera estado esperando exactamente esto, arañando hacia la superficie con desesperación mientras tomaba el control de nosotras.

Saltaron chispas en el instante en que su boca cubrió la mía, y el sonido que hice fue vergonzoso e involuntario, y él se lo tragó de inmediato como si lo hubiera estado esperando. Como si lo supiera. Subió la mano y me sujetó la mandíbula, inclinándome la cara exactamente donde la quería, y lo posesivo del gesto debería haberme puesto furiosa.

Sí me puso furiosa.

También hizo que se me aflojaran las rodillas.

Me besó como si intentara demostrar algo. Profundo, lento e insoportablemente minucioso, con una mano aferrada a mi cintura, jalándome contra él hasta que no quedó espacio entre nosotros, hasta que pude sentir cada centímetro firme de él contra cada centímetro traicionero de mí, y nuestros cuerpos encajaron con una perfección tan exasperante que podría haber gritado.

Esto está mal, insistía alguna parte lejana y cada vez más pequeña de mí.

El resto de mí había dejado de escuchar a esa parte por completo.

Su mano subió arrastrándose por mi costado, los dedos rozando la curva de mi cintura, mis costillas, el costado de mi pecho, y luego bajó otra vez para aferrarme el muslo y subírmelo alrededor de su cadera de una manera que fue profunda y catastróficamente excitante.

Su otra mano se cerró en un puño en mi cabello, sosteniéndome la cabeza quieta mientras se tomaba su tiempo con mi boca, como si tuviera todo el tiempo del mundo y pensara aprovechar cada segundo.

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