Academia Greymoor · Capítulo 8
Te toqué. Tú la llevas
Su otra mano se cerró en un puño en mi cabello, sosteniéndome la cabeza quieta mientras se tomaba su tiempo con mi boca, como si tuviera todo el tiempo del mundo y pensara aprovechar cada segundo.
Lo odiaba, intenté recordarme.
Soltó un sonido grave contra mi boca y arrastró los labios por mi mandíbula, bajando por la curva de mi garganta. Besando. Saboreando. El roce de sus dientes contra mi pulso me dejó la respiración destrozada y entrecortada, y lo sentí sonreír contra mi piel, y lo odié mucho más por eso.
—Mierda. —Su voz sonó ronca. Me recorrió la garganta con la nariz—. Hueles tan bien. No tienes idea…
La presión afilada de sus caninos contra la base de mi cuello, justo ahí, exactamente donde iría una marca, me golpeó como un balde de agua fría.
Lo empujé para quitármelo de encima y le di un rodillazo entre las piernas.
Aulló y cayó de rodillas, rojo de la cara.
—Perra —maldijo, pero yo ya iba corriendo por el pasillo, con el corazón latiéndome a toda velocidad en el pecho. No sabía hacia dónde corría, pero sabía que tenía que hacerlo.
Minutos después me encontré en las hectáreas de vegetación virgen que se extendían más allá de los dormitorios. Corrí hasta que me faltó el aire. Hasta que ya no pude sentir el tirón ni el calor que me quemaba la piel ni el dolor palpitante entre las piernas. Hasta que las lágrimas que me corrían por las mejillas se secaron con el frío. Hasta que me torcí el tobillo y caí de golpe sobre la tierra enlodada.
Las lágrimas me surcaban la piel mientras me incorporaba hasta quedar sentada y me revisaba el tobillo…
Algo se movió entre los árboles a mi izquierda, haciéndolos crujir. Giré la cabeza de golpe en esa dirección, con los sentidos alerta ante el más mínimo sonido, pero no había nada más que árboles y matorrales. Miré a mi alrededor por primera vez y me di cuenta de que no sabía dónde estaba.
Estaba perdida.
En medio de sabrá la Diosa dónde…
Un rugido gutural sacudió el bosque y el corazón se me subió a la garganta cuando otros tres le respondieron desde distintas direcciones: al norte, al este y al oeste de mí. Rara vez había cosas acechando en los bosques de Ashbourne, pero cuando las había, venían en manada.
Renegados.
Me levanté a toda prisa, maldiciéndome por dentro por ser tan estúpida como para meterme corriendo en la espesura sin darme cuenta. Hice una mueca y salté sobre la pierna buena para intentar orientarme, pero otro rugido rebotó en la noche oscura, mucho más cerca esta vez.
Un par de ojos rojos destellaron en la oscuridad frente a mí y grité, echándome a correr. El dolor en la pierna se sentía como una descarga eléctrica y los ojos se me llenaron de lágrimas.
Las ramas me azotaban la cara, las raíces se me enganchaban en los pies, el suelo era irregular bajo mis pasos.
Los rugidos resonaban a mi alrededor, tan cerca que podía sentir cómo se estremecían los árboles.
Me estaban rodeando. Arreando.
Sollocé y me esforcé más, con los pulmones ardiendo, las piernas ardiendo. Mis jadeos entrecortados resonaban en la oscuridad; el dosel de los árboles no dejaba pasar la luz de la luna. No veía… no veía nada…
Algo se movió en mi visión periférica, un borrón de algo enorme que se deslizaba entre los árboles tan rápido que mis ojos no alcanzaban a captarlo. Otra cosa pasó zumbando junto a mí y sentí unas garras rozarme la piel. Pero desapareció antes de que pudiera gritar.
Casi podía saborear mi miedo en el aire. Era penetrante.
Estaban jugando conmigo. Cuatro de ellos. Por lo menos cuatro.
Me di cuenta en el mismo instante en que algo respiró contra mi nuca —caliente y cercano— y sentí unos caninos sobre el pulso.
No pensé. No podía pensar. No quedaba nada en mí más que la orden más básica, más animal —corre, corre, corre—, y la obedecí por completo, atravesando la maleza a trompicones, con el tobillo aullando, las lágrimas corriéndome por la cara y mezclándose con el frío y el lodo, pero lo único que podía sentir, oír, eran los sonidos detrás de mí, cada vez más fuertes…
Más cerca…
Más cerca…
Giré a la izquierda y el suelo desapareció sin aviso, y tropecé, me fui de bruces y algo se cerró alrededor de mi tobillo.
No.
Algo me mordió el tobillo.
El dolor fue catastrófico. Me robó la vista, el oído. Puede que estuviera gritando, pero no podría decirlo. Mi cuerpo estaba en modo de pánico, intentando arrastrarse hacia adelante por puro instinto, y nada de eso importaba porque la mordida era absoluta e inamovible y no podía respirar.
Sentí la oscuridad avanzar desde todos los bordes. El dolor era tan total que casi no existía nada más.
En el último momento antes de que todo se volviera negro, algo cálido se acercó a mi oído. Algo que olía a pino y a peligro, y a algo que lanzó a mi loba a un frenesí aterrado y confuso mientras mi conciencia se desvanecía.
Una voz, grave, suave y sin prisa. Divertida.
—Te toqué —murmuró—. Tú la llevas.
Luego, nada.
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