Academia Greymoor · Capítulo 103
Cláusula de liquidación I
Maisie
Era día de clases.
También estaba lloviendo a cántaros en Ashbourne. Caminé durante mucho tiempo, apretando el ridículo contrato contra el pecho. Miraba al cielo como si guardara alguna respuesta para mí.
Para cuando llegué al edificio de piedra caliza encalada de la Residencia de la Academia, el aguacero no había amainado. El de seguridad me miró de arriba abajo dos veces; luego abrió mucho los ojos como si hubiera visto un fantasma y empezó a hacer cosas raras.
Como hacerme una reverencia y preguntarme si podía acompañarme a mi habitación o traerme una manta caliente.
—Las habitaciones de los príncipes están en el último piso. ¿Quiere que la acompañe, Princesa?
A veces olvidaba que eran estudiantes como yo, y que de verdad iban a la escuela aquí. La cuestión del alojamiento era un poco complicada. Cuanto más alto el piso, más caro era. Tenía todo el sentido que, con su estatus, solo los licántropos pudieran permitirse el último piso.
Ni siquiera vivían allí. Puede que me hubiera parecido vanidad —de hecho, así me lo parecía antes de conocerlos—, pero ahora, al mirar alrededor y ver a las parejas besuqueándose ruidosamente en la oscuridad y en los rincones, los ecos de las risas rebotando en las paredes y lastimándome la cabeza, los chismes que alcanzaba a oír desde siete pisos más arriba, me di cuenta de lo difícil que debía de ser para ellos si todos sus sentidos eran aún más agudos que los de los lobos.
Negué con la cabeza.
—No. Gracias.
Era curioso lo rápido que cambiaba el mundo cuando te convertías en otra persona. No hacía tanto que me había presentado en este mismo pasillo con un vestido de gala y me habían convertido en un meme de desamor.
Ahora, todos se detenían y se quedaban mirando cuando pasaba. Esperé las risas que siempre llegaban cuando aparecía con pinta de rata ahogada, como siempre.
Pero no hubo nada. Claro, todo el vestíbulo y el pasillo se habían fijado en mí. Pero no me miraban como si fuera una rata ahogada. Me miraban...
¿Recuerdan hace meses, justo antes de que Cole me rechazara delante de toda la escuela? ¿Cuando los licántropos iban caminando por el pasillo y todo el mundo suspiraba con anhelo?
Así, exactamente así, era como me estaban mirando.
El mundo no había cambiado. La gente no había cambiado. Había cambiado yo. Maisie Adams se había convertido en otra persona. En alguien deseable. Los oí ahogar exclamaciones. Oí sus susurros. Pero no había ni una sola cosa mala que decir. Ahora me había convertido en alguien que la gente quería ser, o a quien quería adorar. Hasta los chicos me miraban con asombro. No de esa manera asquerosa en que quieres follarte a una chica guapa que viste de lejos. No. Era reverencia. Como cuando ves a una diosa. Y sabes que tocarla la mancharía de algún modo.
Se volvió cada vez más incómodo, pero subí las escaleras en medio de todo aquello. Y mis nudillos rasparon la puerta de Regina.
Por un momento, me preocupó que estuviera en casa, de vuelta en la mansión de los Braxton. Pero oí el estrépito de algo dentro de la habitación y un gemido masculino.
¿Eh?
Llamé más fuerte.
—Lárgate —oí gemir suavemente a Regina.
Estampé el puño contra la puerta.
La puerta se partió por la mitad y los dos pedazos rotos salieron volando hacia dentro. Oí el grito agudo de Regina, seguido de un áspero:
—¿Qué mierda?
Ahogué una exclamación, mirándome la mano. De verdad tenía que trabajar en esa fuerza.
Un momento después apareció un chico en la puerta. Un chico muy conocido. Tucker Reeves, el mejor amigo de Cole, salió del dormitorio de Regina acomodándose los pantalones. Tenía arañazos por todo el pecho desnudo mientras se ponía el suéter del equipo de futbol, y los labios hinchados de besos.
Se detuvo en seco al verme.
Yo también lo miraba con los ojos muy abiertos. Nos mirábamos el uno al otro por razones completamente distintas, eso estaba claro.
Él tenía también esa mirada. La expresión aturdida y vidriosa que se te pone cuando estás ante una deidad. Yo, porque era el maldito Tucker Reeves. Nos había acosado a Regina, a Jenny y a mí durante toda la preparatoria. Y estaba saliendo del dormitorio de mi mejor amiga oliendo a sexo.
—Vo-volviste —tartamudeó—. Cole ha estado...
Algo salió volando de la habitación —un zapato— y le dio en la nuca.
—Se te olvidaron tus porquerías —dijo Regina desde dentro—. No vuelvas hasta que aprendas a follar como se debe. Me pregunto para qué son todos esos músculos, de todas formas.
Me quedé boquiabierta.
A Tucker se le encendieron las mejillas; fulminó la habitación con la mirada antes de recoger sus cosas del suelo y huir.
Entré en el dormitorio y me detuve al encontrarlo hecho un desastre. Regina estaba de espaldas. Solo llevaba una camiseta larga que le llegaba a las rodillas, y el cabello rojo recogido en un moño desordenado en lo alto de la cabeza.
—¿Ginny? —dije en voz baja.
Regina se quedó inmóvil. Se dio la vuelta muy despacio. Tenía los ojos un poco apagados. Maquillaje oscuro corrido en las comisuras. Parecía haber perdido peso desde la última vez que la vi.
Se detuvo. Me miró de arriba abajo. Se le aflojó la mandíbula. Cerró los ojos con fuerza, se los frotó, sacudió la cabeza y volvió a abrirlos. Abrió la boca.
—Eh... ¿quién demonios eres y qué hiciste con mi mejor amiga?
Seguro que no había cambiado tanto.
Una voz distinta llegó desde detrás de mí.
—Regina, creo que alguien se robó tu puer... ¿Maisie?
Era Jenny. Me di la vuelta y tenía los ojos como platos. Y al instante siguiente, su cara estaba pegada a la mía y me rodeaba con los brazos, apretándome tan fuerte que creí que se me iba a partir la columna.
—¡Ay, Dios mío, eres tú! —chilló.
Sonreí. Se apartó y Regina se acercó a grandes zancadas.
—No me jodas —dijo, antes de atraerme para abrazarme—. Pasé la semana pasada. Pero, por alguna razón, me dijeron que estabas fuera de servicio. Empezaba a preguntarme si tendría que traer un tractor para demoler esa mansión.
—Probablemente fue mejor que no lo hicieras —dije, y luego me detuve, fijándome en las nuevas arrugas de su cara. Sus ojos parecían mayores. Casi cansados—. ¿Qué te pasó, Regina?
—Tú primero. —Me miró de arriba abajo con admiración—. May, te ves increíble. ¿Qué has estado haciendo? ¿Pesas o algo así?
Me sonrojé. Luego me puse los ojos en blanco a mí misma. ¿Helada, llena de odio y todavía sonrojándome? Tenía que superar eso rápido.
—¡Maisie! —exclamó Jenny—. ¿Sexo? ¿Has estado teniendo sexo todo este tiempo? ¡¿Con... todos ellos?! Estábamos tan preocupadas por ti. Con la boda, y fue tan repentino, ay, Dios mío, fue como una maldita película. ¡Tienes que contárnoslo todo! ¡Todo!
Arrugué la nariz.
—Preferiría no...
De repente me arrastraron a otro dormitorio al final del pasillo —el de Jenny— mientras Regina se ponía algo de ropa y llamaba a alguien para que le arreglara la puerta rota.
Sea como fuere, treinta minutos después me encontré en la cama de Jenny, emparedada entre dos mujeres furiosas que parecían estar a un segundo de cometer un asesinato.
—Nunca pensé que diría esto —masculló Regina entre dientes—. Pero la Reina Licántropa es una maldita perra.
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