Academia Greymoor · Capítulo 125
Quinlan I
Maisie
La señora Chastain tenía su estilo. O te sentías tan cómoda que terminabas contándole tus secretos más profundos y oscuros, o te daba órdenes y te soltaba un zape en la nuca.
Los licántropos estaban en el segundo grupo, y me quedé boquiabierta al ver cómo convertía a cuatro licántropos de aspecto aterrador en sus mozos de servicio en menos de una hora. Bueno, que sean cinco, considerando que el señor Chastain estaba en la cocina con ellos, con un delantal puesto.
No creía que pudieran atraerme más de lo que me atraían en ese momento.
Todos llevaban delantal.
Sin camisa. Con delantal. Sudorosos. Picando verduras. Embarrados de harina. Sucios.
Era la receta para el desastre.
Sacudí la cabeza para librarme de las imágenes que me asaltaban la mente, en las que me anudaban sobre esa encimera de la cocina. Que la Diosa se apiade de mí, pero ya no podía controlar mis pensamientos. ¿Qué era esto? ¿Algún nivel perverso de síndrome de Estocolmo? Mi mente ya no era del todo mía; a todas horas estaba ocupada con sexo, calor, placer, calor, cuerpos, folladas sin sentido.
Cuando acepté los términos de mi licántropa sobre la «colaboración», debí haber sabido que significaría sentir años enteros de lujuria acumulada. Quizá incluso décadas. O siglos.
Lo único que ella quería era aparearse. Era una lucha mantenerla a raya, llenarme la cabeza de tanto ruido que lograra ahogar su hambre de ellos.
Lo de anoche debió de ser una proyección de eso, porque sabía que ni de chiste habría hecho algo así en mis cabales. Y nunca, jamás iba a hablar de ello. Iba a seguir fingiendo que nunca había pasado.
Si ellos no hablaban del tema, yo tampoco. Y si hablaban del tema, me acogería a la quinta enmienda.
Mi quinta enmienda: «Esa no era yo. Era mi licántropa. Yo jamás podría desearte. Prefiero comer arena. O clavos. O mierda».
Voilà. Problema resuelto.
—Me dicen que se habla de un divorcio —dijo Violette, tendiéndome una copa de champán—. Como yo misma he sido víctima de cabrones licántropos territoriales, debo disculparme en nombre de mi niño. Me esmero mucho en asegurarme de que mis hijos entiendan que toda acción tiene una recompensa o una consecuencia.
Tomé la copa, agachando la cabeza con timidez.
Entonces se inclinó hacia mí. Para ser humana, Violette Chastain tenía el mismo sentido del espacio personal que los licántropos. Cero. Pero no resultaba incómodo.
—Cuéntame tu lista de consecuencias y te ayudaré a hacerlas cumplir.
Parpadeé.
—¿M-mi lista?
Asintió con entusiasmo y luego hizo una pausa.
—¿Crees que podrías arreglártelas para escaparte de ellos?
Me mordí el interior de la mejilla y me asomé a la copa de champán, sintiéndome perdida delante de ella. De pronto me sentí tonta, como una niña jugando a un juego que no entendía.
—Ay, querida. —Violette me pellizcó la barbilla y alzó mi mirada hacia la suya—. No tiene nada de malo, amore. Pero para ganar un juego, hay que entender el terreno. Tus fortalezas. Tus debilidades. Y viceversa. En tu caso, te enfrentas a hombres que no aceptan un no por respuesta. Hombres que te perseguirían hasta el fin del mundo si huyeras. Hombres que tienen todo el dinero y los contactos del mundo en el bolsillo, a su disposición. Y, peor aún, te enfrentas a un vínculo irrompible. No es un terreno muy parejo, ¿verdad? Pas du tout.
Negué con la cabeza. Juliette había dicho algo parecido, ¿no?
—Y ellos lo saben. De hecho, les parece divertido verte cavar agujeros en la tierra como un conejo escondiéndose. Apuesto a que hasta los fascina. —Sus dedos soltaron mi barbilla—. No tardarán en decidir atraparte con una camada, solo para impedir que huyas. ¿Sabías que estar embarazada del hijo de un licántropo te pone en un celo abominable durante todo el embarazo? Dicen que es el bebé buscando fuerza de sus padres para mantenerse fuerte. Así fue como Auguste me engañó para casarme con él. Así fue como Auguste me engañó para que me casara con él. Le salaud. El cabrón. Una apenas puede pensar con claridad cuando los tiene entre las piernas todo el tiempo, non?
Luego hizo una pausa.
—¿Has estado tomando los tónicos, niña?
¿Tónicos? Anticonceptivos. Me quedé muy quieta.
—No creí que... hiciera falta. Con la alta tasa de infertilidad... y no hemos... no desde... d-desde la transición...
Se rio.
—Nosotros también lo creíamos, hasta que tuvimos a Julie. Resulta que mis ovarios tan humanos decidieron que querían tener hijos de él. Con suerte, los tuyos serán distintos. Aun así, a menos que quieras empezar a parir bebés ahora mismo, te sugiero que te encargues de eso. Ellos no te lo van a decir, por supuesto. Está en su naturaleza querer llenarte y mantenerte hinchada y radiante.
Pedazos de mierda...
Fruncí el ceño.
—¿Julie? ¿No Quinlan?
Apenas entonces caí en la cuenta de que Violette era completamente humana y Quinlan era un licántropo pura sangre.
Violette sonrió con suavidad.
—No, niña. Quinlan podrá llamarme mamá, pero yo no lo di a luz. Aunque es mi hijo y lo quiero con la misma ferocidad con que quiero a Julie.
No pude evitar que la pregunta se me escapara de los labios.
—¿Y su madre?
Sus ojos se deslizaron hacia la cocina y había una mirada suave y triste en ellos.
—Muerta. Auguste la mató. —Su mirada se volvió de golpe hacia mí al oír mi brusca inhalación—. Ay, querida, se lo merecía. Yo misma la habría matado si él no lo hubiera hecho.
La risa de Quinlan atrajo mi mirada hacia la cocina. Mercer lo tenía sujeto bajo el brazo y forcejeaban como niños.
Tragué saliva.
—¿Qué pasó?
Hubo un largo silencio mientras veíamos a Soren agarrar a Jericho del cabello y hundirle la cara en un tazón de harina, y luego carcajearse encantado cuando Jericho le dio un puñetazo justo en el estómago.
—Pedí un préstamo al hombre equivocado para salvar al pedazo de mierda de mi exesposo y me encontré hundida en una deuda que no podía pagar. Me dieron a elegir entre pagar con carne o con sangre. —Su mirada se volvió distante—. Me llevaron a un burdel y allí conocí a Seraphine. Era una fuerza de la naturaleza. En ese entonces yo no sabía lo que eran los licántropos, ni siquiera que existían. Pero hasta yo sabía que esa mujer tenía una belleza de otro mundo.
»Era la mujer por la que los hombres pagaban fortunas para pasar la noche con ella, y el burdel era su pequeño reino.
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