Academia Greymoor · Capítulo 19

Una oportunidad imposible

1139 palabras · 5 min

Casi logré colarme de vuelta en mi habitación de la casa de la manada. Casi.

En cuanto abrí la puerta de mi habitación, mis mejores amigas se me echaron encima.

—¿Te hicieron daño? —dijo Regina, con las palabras teñidas de preocupación y miedo—. ¿Adónde te llevaron?

Me aclaré la garganta.

—Estábamos... eh... ¿entrenando?

Justo antes de que Mercer prácticamente me metiera a empujones en el vehículo, me había gruñido en la cara:

—Le convendría mantener esto oculto hasta que termine la transición, señorita Adams. Si alguien descubre lo que podría llegar a ser, su vida y la de sus seres queridos estarán en peligro. Tenemos enemigos, incluso entre sus compañeros. Espías de los renegados que no desean otra cosa que ponerle las manos encima a una hembra licántropa. O a una en ciernes. Si alguien pregunta, la llevamos con nosotros para entrenar. Tenemos la coartada perfecta de Combate y Defensa para que su historia cuadre. Úsela. O no. Si muriera, no tendríamos que ensuciarnos las manos matándola. —Había sonreído—. Hasta podría preferir esa opción.

—Entrenando —repitió Jenny, como si yo hubiera dicho algo verdaderamente escandaloso—. ¡Maisie, ese licántropo te dejó inconsciente y te secuestró!

—Era... —Volví a aclararme la garganta—. Parte del régimen. Integración de equipo. Están muy comprometidos con...

—Maisie Adeline Adams.

—... las experiencias de entrenamiento inmersivas...

—¡Maisie! —gruñó Regina, levantando una carta blanca. El emblema de Greymoor estaba estampado en azul marino en el frente. Lo reconocí antes de que dijera una palabra—. La Directora te estaba buscando. Desesperadamente. Quería disculparse en persona por su error y ofrecerte una asignación fija para compensar su equivocada decisión. No soy estúpida, Maisie. ¡¿Qué demonios está pasando?!

Se me cerró la garganta. Odiaba de verdad mentirle a Regina.

—Debió de darse cuenta de que todo fue un malentendido...

Regina me sacudió por los hombros.

—¿Entonces qué pasó hoy en la escuela? He visto todas las versiones de ti que existen. Te he visto llorar cuarenta y cinco minutos en un cubículo del baño por sacar un noventa y ocho por ciento. Te he visto darle todo tu sueldo a un estafador que fingía ser ciego, y hasta cuando descubriste que te habían engañado, dijiste: «Bueno, seguro que lo necesitaba». Nunca... —Se le quebró la voz—. Nunca te había visto así. Ibas a matar a tu hermana. Tus ojos se pusieron negros.

Me detuve.

—¿Se pusieron negros? —dije.

—Como... —Jenny dio un paso adelante y se señaló los ojos—, negros negros. Sin iris. Sin blanco. Como si alguien te hubiera cambiado los ojos por...

—Como los de un licántropo —dijo Regina. Ahora su voz era baja—. Maisie. Tus ojos se veían exactamente como los de un licántropo.

Tragué saliva, resistiendo el impulso de levantar los dedos y tocarme los ojos. Me reí con nerviosismo.

—Debiste de ver mal...

—Lanzaste a Cole Hayes al otro lado de un salón.

—Estaba alterada...

—Se estrelló contra la pared, Maisie. Ahora mismo hay una abolladura con forma de Cole en la pared de la cafetería, y créeme, la medí, joder. Es profunda —dijo Regina.

Abrí la boca.

Jenny, que se había quedado callada, soltó un sonido de admiración desde la dirección de mi armario.

—Uuuh, sexy. ¿Esto es... lencería?

Las dos nos volteamos.

Estaba de pie frente a la puerta abierta de mi armario, sosteniendo la caja que me habían dado en la boutique. La tapa estaba en el suelo y tenía los dedos pellizcando el encaje sedoso. La tanga, para ser precisos.

—Santo cielo, May —silbó Jenny—. Eso sí que es ponerle la F a Fetichista. ¿Quién es el afortunado?

Me puse roja de vergüenza.

—No es mía.

Jenny arqueó una ceja.

—Eh... sí, sí lo es. Aquí hay una tarjeta con el nombre de la señorita Adams... —Su voz se fue apagando mientras entrecerraba los ojos para mirar dentro de la caja.

Entonces chilló. De esos chillidos que te revientan los tímpanos.

—E-esto es de... —Abrió los ojos como platos—. ¡Esto es del príncipe Soren!

La habitación se quedó en completo silencio.

Regina me miró.

Jenny me miró.

Yo miré la lencería colgando y suspiré.

—Puedo explicarlo.


Cuando terminé de explicarlo, mis amigas tenían la mandíbula por el suelo.

—¡¿Te vas a convertir en licántropa?! —casi chilló Jenny, y yo di un salto y le tapé la boca con la mano antes de que pudiera gritarlo por toda la casa de la manada.

—O morir —grité en susurros—. ¡Pero no pueden decírselo a nadie!

Regina echaba humo, con los labios apretados.

—Y pensar que alguna vez fui fan de ellos. Imbéciles. Malditos imbéciles, todos ellos. —Sus ojos se clavaron en los míos y me apartó las manos de Jenny—. Esto es serio, May. ¡No podemos quedarnos sentadas esperando lo peor!

—No lo estamos haciendo —dije, removiéndome incómoda—. Me van a entrenar y a hacer más fácil la transición...

—¡No hay garantía de que sobrevivas, Maisie! —soltó Regina—. ¿Nunca te has preguntado por qué no hay registros de hombres lobo que se hayan convertido en licántropos? Es porque no pasa. ¡No voy a poner todos los huevos en la canasta de unos hombres que dejaron claro que eres un cabo suelto del que quieren deshacerse!

—Mercer —comentó Jenny—. Ya lo odio.

—Lo que pasó hoy en el comedor demuestra que ya empezó. El reloj está corriendo, Maisie, y tienes una bomba de tiempo dentro esperando a explotar, esperando a matarte. —Sus ojos atravesaron los míos—. Tal vez esto fue un error, pero, Maisie, es una oportunidad imposible.

Fruncí el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Ahora mismo eres un lastre. Una complicación que están tolerando. —Se sentó en el borde de la cama, inclinándose hacia adelante—. Tienes que cambiar lo que eres para ellos. Tienes que convertirte en algo que no puedan permitirse dejar ir. ¡Así es como te salvamos! —De pronto le brillaban los ojos—. Haz que te deseen, Maisie. No como un problema. No como un cabo suelto. ¡Esta era la pieza que le faltaba a nuestro plan! ¡Tenemos que hacer que los licántropos se enamoren de ti!

Jenny se incorporó despacio.

—No es por ser pesimista, pero empiezas a sonar como una loca, Regina. Los licántropos son territorio prohibido. Que uno de ellos se enamore de ella ya es una cosa, pero ¿cuatro? ¿Cuánto café tomaste?

Regina se giró hacia Jenny.

—La eligieron a ella, Jennifer. En todo un salón lleno de estudiantes, la eligieron a ella, incluso después de que reprobara la evaluación y la dejaran medio muerta a golpes. Dijeron que era caridad, pero lo que hizo que Quinlan intentara tirarse encima de ti definitivamente no fue caridad. Y la caridad no puede ser la razón por la que Soren te regaló una caja de lencería. Ni tampoco por la que Quinlan le gruñó a Cole cuando intentó impedir que te llevara...

Al instante me puse de pie.

—¡¿Que hizo qué?!

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