Academia Greymoor · Capítulo 261
La competencia IX
Maisie
Por primera vez, confié por completo en mi instinto.
Partí en dos las esposas que me rodeaban las muñecas y dejé de fingir.
No me importaba si la Reina descubría que la ceniza ya no me afectaba. No me importaba mi odio, no en ese momento. Las vidas de la gente en ese estadio, en el terreno de la escuela, mis amigos, Quinlan, Jericho… Mercer… Me importaban más que delatar ese secreto.
Los ojos grises de Bastian se abrieron con alarma, pero me moví más rápido que él y le lancé un puñetazo que lo mandó volando por la grava hasta estrellarse contra la camioneta.
Gritos de alarma resonaron entre las filas de guardias mientras yo salía disparada por el mismo pasillo estrecho por el que habíamos salido.
Una mano me atrapó la parte de atrás de la camiseta, pero me solté de un tirón, con los muslos ardiendo, y choqué contra la pared izquierda siguiendo el ruido que crecía dentro del estadio.
—¡Maisie! —La voz de Bastian retumbó muy atrás de mí—. ¡No me obligues a derribarte de un disparo!
Corrí más rápido. El hombro herido me gritaba y los pulmones me ardían, pero no me importaba.
Tenía que entrar. Tenía que advertirles.
Un guardia salió disparado del pasadizo lateral y me agaché bajo su brazo. Alguien más me atrapó por detrás. Le clavé el codo hacia atrás.
El guardia gritó y me soltó.
En cuanto mis botas tocaron el suelo, volví a correr. Y el corazón me dio un salto cuando irrumpí por el final del pasillo, justo dentro del estadio.
El estruendo me tragó entera, casi dejándome sorda.
—¡Chas-tain! ¡Chas-tain! ¡Chas-tain! —oí rugir a la multitud, mientras otra facción gritaba—: ¡De-neb! ¡De-neb! ¡De-neb!
Las transmisiones estaban fijas en el partido de lacrosse, muy agresivo, que se jugaba justo en el centro del estadio. La arena se había acondicionado y convertido en un campo, y el mundo a mi alrededor parecía completamente demente y ajeno a nuestra inminente perdición.
La Reina estaba al otro extremo y dudaba que los guardias me dejaran acercarme lo suficiente. No creía que decirles «Oigan, pues está lloviendo puto hielo allá afuera y tengo el presentimiento de que todos vamos a morir si no salimos de aquí ya» fuera a conseguirme una audiencia con ella.
Tenía que llegar a ese campo.
La idea ni siquiera se había asentado cuando oí movimiento detrás de mí. Los guardias me habían alcanzado. Mierda.
Bajé los escalones a toda velocidad, casi rompiéndome los dientes cuando tropecé, y me agaché, esquivando por poco que me atraparan, cambiando de dirección para evitar que me detuvieran los otros guardias que habían notado el alboroto.
O quizá Bastian había pedido refuerzos.
Empecé a saltar por encima de los asientos y emprendí la carrera entre las filas de estudiantes que gritaban. Reboté contra una rubia de Hellsgrave y ella cayó al suelo con un chillido.
—¡Perdón!
Seguí moviéndome. Otro estudiante me gritó cuando le golpeé el hombro.
—¡Oye!
Mi bota cayó sobre el pie de alguien.
—¡Perdón!
—Qué demonios… —¡Oye! —¡Fíjate! —¿Esa es…? —¡Au! —Quítate de encima. —¿Cuál es su problema? —Amigo, ¿en serio? —¡Mira por dónde vas!
Llegué a la primera fila después de lo que se sintió como una persecución mortal, solo para chocar contra una pared enorme y rebotar con fuerza sobre el trasero.
Levanté la vista.
Ryder Hunt me miraba desde arriba. Iba vestido como los demás, aunque era un poco más grande de lo que recordaba. Y tenía una cicatriz en un costado de la cara que antes no estaba ahí. Parecía una quemadura.
Y el deleite enfermizo en sus ojos me dijo que no dudaría en romperme el cuello si me ponía las manos encima.
Luego vi a los guardias entrando a raudales por ambos lados de las primeras filas, cerrándome el paso.
El estadio había empezado a darse cuenta, y no ayudó que un par de las pantallas grandes cambiaran la toma del partido al alboroto que yo estaba causando.
—Solo quiero hablar con la Reina —le dije a Ryder—. Es urgente…
Se abalanzó sobre mí, y yo me afiancé con fuerza en el suelo y me impulsé, deslizándome por el pequeño espacio entre sus piernas.
Las carcajadas estallaron en el estadio mientras por poco no me estampaba la cara contra su entrepierna.
El comentarista de los Juegos silbó mientras yo me incorporaba a trompicones detrás de él y echaba a correr.
—Parece que tenemos una interrupción inesperada de… Un momento. ¿No es esa…?
Otro intervino mientras yo corría por mi vida.
—Es ella. La Devorahombres Asesina en persona.
¿Eh?
No me permití pensarlo demasiado mientras los guardias me perseguían hasta el campo, interrumpiendo por completo el partido.
Y mi cara apareció por fin en las enormes pantallas delante de mí. Durante un segundo, me quedé mirándome. Mis ojos azules estaban muy abiertos de terror. Mi hombro sangraba y había dejado un rastro de sangre por todo el campo. Estaba pálida como la nieve.
Ahora todos me miraban.
Hice gestos desesperados a las cámaras.
—¡Todos tienen que salir de aquí!
Mi boca se movía. Mis brazos volaban por el aire. Señalé hacia el techo, hacia el cielo más allá.
—¡Algo se acerca! —Señalé hacia las salidas—. ¡Tienen que irse!
El comentarista volvió a hablar.
—¿Está… bailando?
Entonces me di cuenta de que nadie podía oírme. Bien podría haber estado haciendo una serie de movimientos estúpidos y vergonzosos delante de toda la escuela y de los Consejos presentes. Y de la Reina.
Muy original.
Luego la indignación se volvió contra mí cuando los estudiantes empezaron a gritar furiosos:
—¡Sáquenla del campo!
Alguien me agarró del brazo por detrás y miré hacia atrás; encontré a Quinlan mirándome desde arriba a través del casco. Estaba sudado, el uniforme se le pegaba al cuerpo y olía a sudor, y yo quería lamérselo de la piel…
—¿Qué carajos estás haciendo…? ¿Estás herida? —preguntó, quitándose el casco y tirándolo al suelo mientras miraba la sangre que me corría por el hombro.
Se le escapó un gruñido feroz.
—¿Quién te disparó?
Pero miró por encima de mi cabeza y supuse que los guardias por fin se habían hartado de mis carreras. Eran muchísimos.
Me empujó detrás de él de forma protectora, mirando directamente a Ryder, que avanzaba acechante.
Otra comentarista, una mujer esta vez, aplaudió emocionada.
—El partido está tomando un giro bastante interesante. Creo que estamos a punto de presenciar una competencia de a ver quién la tiene más grande.
Y fue entonces cuando me di cuenta de lo que necesitaba.
Un micrófono. Necesitaba el micrófono de los comentaristas.
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