Academia Greymoor · Capítulo 83

Duelo IV

1654 palabras · 7 min

Maisie

Oí su risa triunfal mientras volvía de golpe a mi cuerpo. Arqueé la columna con un jadeo mientras el poder me inundaba como si se hubiera roto una presa.

Era salvaje, y sentí que nos convertíamos en algo nuevo. Algo más. Algo mejor.

Debí de haberme ido apenas unos segundos, porque cuando volví a la superficie, Tessa seguía encima de mí, y la cara se me fue de lado, con la sangre salpicando de mi labio partido, cuando su puño me dio en el pómulo.

Parpadeé una vez y alcé las manos. Mi brazo roto se sacudió con violencia. Luego, con un crujido nauseabundo, los huesos se realinearon a una velocidad imposible.

Justo a tiempo para rodear su esbelto cuello con los dedos.

La luz triunfal de sus ojos chisporroteó y se apagó, reemplazada por la confusión. Los gritos de la multitud que pedían mi sangre se acallaron. Podía oír el viento, podía oler el humo de la madera quemándose, el sudor, la lujuria, la sangre. Podía ver el aura de Tessa, el halo plateado alrededor de su cuerpo.

Me puse de pie y bajé la mirada a mi cuerpo para evaluar el daño que me había hecho. Mi pie se enderezó solo. Mi cuello se arqueó y crujió. Mi mandíbula se desplazó. Mi nariz se enderezó.

Tessa colgaba del cuello, arañándome los dedos con las garras mientras yo la sostenía en el aire, sin prestarle apenas atención mientras resollaba y farfullaba.

—¿Qué… demonios… te pasa?

Alcé la mirada hacia la suya. Y vi mi reflejo en sus vidriosos ojos de obsidiana.

Donde mis ojos deberían haber sido negros como la noche, como los suyos, como los de todos los demás licántropos de esta reunión, eran rojos.

Fascinante, pensé, ladeando la cabeza mientras veía a Tessa retorcerse inútilmente en mi puño, ahogándose y arañando mientras mis dedos apretaban más fuerte y le aplastaban el cuello.

Empezó a brotarle pelaje de la piel mientras comenzaba a transformarse, y el hedor del miedo se le escapaba por los poros.

Me tenía miedo. Y eso que ni siquiera la había tocado todavía.

Mi licántropa ronroneó de placer y, antes de que Tessa pudiera terminar su transformación, la levanté y la estrellé contra la tierra.

Gritó, retorciéndose y pateando para zafarse de mi agarre. Lanzó un zarpazo y me arrojó un puñado de polvo a los ojos, que me ardieron y me nublaron la vista un momento.

Y en el segundo en que la solté, una bestia de pelaje plateado surgió en su lugar y se abalanzó sobre mí.

Era enorme, fácilmente el triple de mi peso, y cuando su poderoso cuerpo chocó contra el mío, lo hizo con la fuerza de una roca que se desploma.

El peso me sacó todo el aire de los pulmones cuando caímos al suelo. Durante un latido, quedé atrapada debajo de ella, con sus enormes patas aplastándome los hombros contra la tierra, su aliento caliente y sus colmillos goteantes a centímetros de mi cara.

Antes quizá habría entrado en pánico.

Pero sabía que la pelea seguía siendo mía. Sabía que transformarse no cambiaba el resultado ni el hecho de que iba a matarla.

Le rodeé con los brazos el cuello grueso y musculoso. Mis dedos se hundieron en el pelaje y en los tendones tensos. Luego, con una fuerza imposible, me giré y me quité a Tessa de encima de un empujón.

Cayó de costado y se levantó rápidamente.

Yo ya estaba ahí.

Moverme era extraño. Solo tenía que pensar que quería estar frente a ella, y ya lo estaba.

Una vez más, mi licántropa gruñó detrás de mis ojos.

Le hice caso.

Tessa cargó a ras del suelo y yo me deslicé de lado, le descargué ambas manos sobre la nuca como un martillo y se estrelló de cara contra el polvo. El impacto agrietó la tierra.

Rugió y aulló, se levantó en segundos y volvió a cargar. Me agaché más, la embestí desde abajo por el centro y la volteé limpiamente por encima de mí. Se estrelló de espaldas. Yo ya estaba sobre su garganta antes de que rebotara.

Me brotaron garras de los dedos y le rajé la garganta.

La sangre me salpicó la cara y levanté la mano para repetirlo, pero ella se encorvó de pronto y recibió el golpe con el antebrazo, protegiéndose el cuello.

Sus garras me desgarraron los brazos. El dolor era secundario frente al éxtasis que sentía.

Abrió las fauces para partirme por la mitad, y le di un puñetazo en el hocico que la estampó contra el suelo.

Sacudió la cabeza e intentó levantarse. La estampé contra el suelo.

Lo intentó de nuevo. La estampé más fuerte.

La tercera vez fue más lenta. Jadeaba, sangraba, retrocedía ante mí. No lo entendía. Era casi demasiado fácil.

No se estaba defendiendo con suficiente fuerza. No. No era lo bastante fuerte para estar a mi altura. Ni siquiera necesitaba transformarme para acabar con ella.

—Patética —escupí, devolviéndole sus propias palabras.

Gruñó y volvió a arremeter una vez más.

Solté una risita, casi borracha, y le reventé el cráneo con el puño. En el claro todos contuvieron el aliento, pero el sonido me llegaba lejano mientras la llevaba al suelo, con la rodilla inmovilizándole el hombro, y la golpeaba una y otra vez, devolviéndole el favor de cada paliza que me había dado.

Gimoteó y aulló cuando le rompí el hombro y las patas traseras. Su hermoso pelaje estaba empapado de sangre.

—Ya es suficiente —oí decir a la Reina con voz ronca.

La ignoré. Iba a destrozar a Tessa. Y después iba a darle a la Reina la paliza de su puta vida.

La sola idea me emocionó tanto que no me di cuenta de que Tessa había dejado de moverse debajo de mí hasta que empezó a volver a su forma humana.

Estaba inconsciente y desnuda debajo de mí, que la tenía a horcajadas, con los huesos rotos y la sangre brotando de varios tajos y heridas.

Pero el problema era que seguía respirando.

Más, exigió mi licántropa.

Levanté el puño.

—¡Alto!

Lo dejé caer.

—¡ALTO!

Alguien me tocó por detrás. Me lo quité de encima con facilidad. Tal vez era el juez. No me importaba demasiado mientras mi visión volvía a estrecharse en un túnel sobre Tessa.

Seguía respirando. Tenía que encargarme de eso.

Unos brazos me sujetaron por detrás y me apartaron a rastras, e incluso entonces peleé como una bestia, rugiendo, retorciéndome, con todo mi ser gritando que terminara el trabajo.

Me arrastraron hacia atrás de todos modos.

Tessa yacía inmóvil, con los ojos cerrados y la respiración superficial.

—May. Ya basta. Ganaste —me dijo Soren al oído, sosteniéndome contra su pecho mientras yo forcejeaba—. Está bien. Está bien.

Mi pecho subía y bajaba despacio. Mi licántropa se detuvo al oír esa voz tranquilizadora. La neblina roja se disipó lo suficiente para ver que todos me miraban como si fuera algo distinto.

Aterrador.

Una mujer corrió al círculo y levantó a Tessa del suelo, y la cabeza de esta cayó flácida sobre los muslos de la mujer. Cuando alzó la mirada hacia mí, vi que era una versión mayor de Tessa.

Me di cuenta de que debía de ser lady Graham, la madre de Tessa. Tenía la mirada dura y llena de odio, y no era difícil entender de dónde había sacado Tessa toda esa inmundicia.

—Se rinde —escupió a mis pies.

Abrí la boca para preguntarle si necesitaba que le arreglara la cara a ella también, pero de repente mi cuerpo se dobló sobre sí mismo.

Se me escapó un jadeo mientras me retorcía en los brazos de Soren y caía a cuatro patas en el suelo. Unas convulsiones violentas se apoderaron de mi cuerpo y me retorcí en el suelo, con el cuerpo sacudiéndose sin control.

El fuego brotó de mis entrañas y se derramó por mis venas como ácido. Los colmillos me perforaron las encías. Mis huesos empezaron a romperse, a realinearse, solo para volver a romperse.

Me estaba transformando. Y la agonía no se parecía a nada que hubiera sentido nunca. De pronto el fuego estaba en mi médula, recorriéndome la columna, quebrándome los huesos.

Me levantaron otra vez del suelo y me apretaron contra otro pecho. El de Quinlan.

—El duelo está ganado —oí decir a Soren en algún lugar por encima de mí—. Y el asunto de la sucesión está zanjado. Confío en que lord Graham no tenga más agravios ni dudas de que he hecho una excelente elección. Si no hay ninguno, aquí terminamos.

La voz de la Reina restalló sobre la reunión.

—Cuida ese tono, muchacho. Esa tonta demostración apenas prueba nada.

—Una tonta demostración a la que nadie más ha sido obligado a someterse, ni una sola vez en nuestra historia. —Había furia en su voz—. Ahora nos llevaremos a nuestra novia. Con tu permiso.

La última frase sonó como una amenaza. Parecía que, con o sin su permiso, iban a llevarme.

Otra oleada de agonía se estrelló contra mí. Grité, con el cuerpo convulsionando con fuerza contra el pecho de Quinlan. Se me escapó un gemido bajo y quebrado.

La voz de la Reina volvió a oírse, fría e imperiosa.

—Hay tradiciones que seguir una vez concluido este asunto. La consumación…

Los brazos de Quinlan se apretaron a mi alrededor mientras volvía a convulsionar, y un sonido gutural de dolor me desgarró la garganta.

La respuesta de Soren tenía filo de acero.

—La seguridad de nuestra Erasthai es lo primero. Está en transición. Mírala. Forzar ahora el resto de tu espectáculo arcaico podría matarla. La ayudaremos a pasar por esta transformación y por la vinculación que viene después en privado, donde podamos protegerla. Todo lo demás puede esperar.

Mis garras se clavaron en el hombro de Quinlan sin querer mientras se me escapaba otro gemido de agonía.

—Llévensela.

Apenas registré las palabras antes de que el mundo se volviera negro.

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